sábado, 31 de marzo de 2012

Del cristianismo


Hay un defecto muy serio en el carácter moral de Cristo, y es que creía en el infierno. No creo que ninguna persona profundamente humana pueda creer en un castigo eterno. Cristo, tal como lo pintan los Evangelios, sí creía en el castigo eterno, y uno halla repetidamente una furia vengativa contra los que no escuchaban sus sermones, actitud común en los predicadores y que dista mucho de la excelencia superlativa. No se halla, por ejemplo, esa actitud en Sócrates. Es amable con la gente que no le escucha; y eso es, a mi entender, más digno de un sabio que la indignación. Probablemente todos recuerdan las cosas que dijo Sócrates al morir y lo que decía generalmente a la gente que no estaba de acuerdo con él.

Se hallará en el Evangelio que Cristo dijo: «¡Serpientes, raza de víboras! ¿Cómo será posible que evitéis el ser condenados al fuego del infierno?» Se lo decía a la gente que no escuchaba sus sermones. A mi entender este no es realmente el mejor tono, y hay muchas cosas como éstas acerca del infierno. Hay, claro está, el conocido texto acerca del pecado contra el Espíritu Santo: «Pero quien hablase contra el Espíritu Santo, despreciando su gracia, no se le perdonará ni en esta vida ni en la otra». Ese texto ha causado una indecible cantidad de miseria en el mundo. No creo que ninguna persona un poco misericordiosa ponga en el mundo miedos y terrores de esta clase.

Luego, Cristo dice: «Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y quitarán de su reino a todos los escandalosos y a cuantos obran la maldad; y los arrojarán en el horno del fuego: allí será el llanto y el crujir de dientes.» Y continúa extendiéndose con los gemidos y el rechinar de dientes. Esto se repite en un versículo tras otro, y el lector se da cuenta de que hay un cierto placer en la contemplación de los gemidos y el rechinar de dientes, pues de lo contrario no se repetiría con tanta frecuencia. Debo declarar que toda esta doctrina, que el fuego del infierno es un castigo del pecado, es una doctrina de crueldad. Es una doctrina que llevó la crueldad al mundo y dio al mundo generaciones de cruel tortura; y el Cristo de los Evangelios, si se le acepta tal como le representan sus cronistas, tiene que ser considerado en parte responsable de eso. Yo no puedo pensar que, ni en virtud ni en sabiduría, Cristo esté tan alto como otros personajes históricos. En estas cosas, pongo por encima de Él a Buda y a Sócrates.

No creo que la verdadera razón por la cual la gente acepta la religión tenga nada que ver con la argumentación. Se acepta la religión emocionalmente. Con frecuencia se nos dice que es muy malo atacar la religión porque la religión hace virtuosos a los hombres. Eso dicen; yo no lo he advertido. La idea es que todos seríamos malos si no tuviéramos la religión cristiana. A mi me parece que la gente que la tiene es, en su mayoría, extremadamente mala. Existe este hecho curioso: cuanto más intensa ha sido la religión de cualquier periodo, y más profunda la creencia dogmática, han sido mayor la crueldad y peores las circunstancias. En las llamadas edades de la fe, cuando los hombres realmente creían en la religión cristiana en toda su integridad hubo la Inquisición con sus torturas; hubo muchas desdichadas mujeres quemadas por brujas; y toda clase de crueldades practicadas en toda clase de gente en nombre de la religión.

Uno halla, al considerar el mundo, que todo el progreso del sentimiento humano, que toda mejora de la ley penal, que todo paso hacia la disminución de la guerra, que todo paso hacia un mejor trato de las razas de color, que toda mitigación de la esclavitud, que todo progreso moral realizado en el mundo, ha sido obstaculizado constantemente por las iglesias organizadas del mundo. Digo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en sus iglesias ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo.

Se puede pensar que voy demasiado lejos cuando digo que aún sigue siendo así. Yo no lo creo. Basta un ejemplo. Serán más indulgentes conmigo si lo menciono. No es un hecho agradable, pero las iglesias le obligan a uno a mencionar hechos que no son agradables. Supongamos que en el mundo actual una joven sin experiencia se casa con un sifilítico; en tal caso, la Iglesia Católica dice: «Este es un sacramento indisoluble. Hay que estar juntos durante toda la vida.» Y la mujer no puede dar ningún paso para no traer al mundo hijos sifilíticos. Eso es lo que dice la Iglesia Católica. Yo digo que ésa es una diabólica crueldad, y nadie cuya compasión natural no haya sido alterada por el dogma, o cuya naturaleza moral no sea absolutamente insensible al sufrimiento, puede mantener que es bueno y conveniente que continúe ese estado de cosas.

Este no es más que un ejemplo. Hay muchos modos por los cuales, en el momento actual, la Iglesia, por su insistencia en lo que ha decidido en llamar moralidad, inflige a la gente toda clase de sufrimientos inmerecidos e innecesarios. Y claro está, como es sabido, en su mayor parte se opone al progreso y al perfeccionamiento en todos los medios de disminuir el sufrimiento del mundo, porque ha decidido llamar moralidad a ciertas estrechas reglas de conducta que no tienen nada que ver con la felicidad humana; y cuando se dice que se debe hacer esto o lo otro, porque contribuye a la dicha humana, estima que es algo completamente extraño al asunto. «¿Qué tiene que ver con la moral la felicidad humana? El objeto de la moral no es hacer feliz a la gente.»

La religión se basa, principalmente, a mi entender, en el miedo. Es en parte el miedo a lo desconocido, y en parte, como dije, el deseo de pensar que se tiene un hermano mayor que va a defenderlo a uno en todas sus cuitas y disputas. El miedo es la base de todo: el miedo de lo misterioso, el miedo de la derrota, el miedo de la muerte. El miedo es el padre de la crueldad y, por lo tanto, no es de extrañar que la crueldad y la religión vayan de la mano. Se debe a que el miedo es la base de estas dos cosas. En este mundo, podemos ahora comenzar a entender un poco las cosas y a dominarlas un poco con ayuda de la ciencia, que se ha abierto paso frente a la religión cristiana, frente a las iglesias, y frente a la oposición de todos los antiguos preceptos. La ciencia puede ayudarnos a librarnos de ese miedo cobarde en el cual la humanidad ha vivido durante tantas generaciones. La ciencia puede enseñarnos a no buscar ayudas imaginarias, a no inventar aliados celestiales, sino más bien a hacer con nuestros esfuerzos que este mundo sea un lugar habitable, en lugar de ser lo que han hecho de él las iglesias en todos estos siglos.

Tenemos que mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara: sus cosas buenas, sus cosas malas, sus bellezas y sus fealdades; ver el mundo tal cual es y no tener miedo de él. Conquistarlo mediante la inteligencia y no sólo sometiéndose al terror que emana de él. Todo el concepto de Dios es un concepto derivado del antiguo despotismo oriental. Es un concepto indigno de los hombres libres. Cuando se oye en la iglesia a la gente humillarse y proclamarse miserables pecadores, etc., parece algo despreciable e indigno de seres humanos que se respetan. Debemos mantenernos de pie y mirar al mundo a la cara. Tenemos que hacer el mundo lo mejor posible, y si no es tan bueno como deseamos, después de todo será mejor que lo que esos otros han hecho de él en todos estos siglos. Un mundo bueno necesita conocimiento, bondad y valor; no necesita el pesaroso anhelo del pasado, ni el aherrojamiento de la inteligencia libre mediante las palabras proferidas hace mucho por hombres ignorantes. Necesita un criterio sin temor y una inteligencia libre. Necesita la esperanza del futuro, no el mirar hacia un pasado muerto, que confiamos será superado por el futuro que nuestra inteligencia puede crear.

Bertrand Russell, Por qué no soy un cristiano

domingo, 22 de enero de 2012

De la religión de los antiguos




Pensando de donde puede surgir que en los tiempos antiguos los pueblos fueran más amantes de la libertad que en estos, creo que la causa es la misma que hace hoy a los hombres menos fuertes, es decir la diversidad de la educación nuestra respecto de la antigua. Porque nuestra religión nos hace estimar menos los honores del mundo, y los Gentiles, que los estimaban mucho, y habían cifrado en ellos el bien sumo, eran más feroces en sus actos.

Ello se puede considerar en muchas de las instituciones, empezando por la magnificencia de sus sacrificios y la humildad de los nuestros, donde hay alguna pompa delicada más que magnífica, pero ninguna acción feroz o valiente. La religión antigua no beatificaba sino a los hombres lleno de gloria mundana, como eran los capitanes de ejércitos y los jefes de las repúblicas. Nuestra religión ha beatificado más a los hombres humildes y contemplativos que a los activos. Además, ha puesto el bien sumo en la humildad, en el envilecimiento y en el desprecio por las cosas humanas, mientras la otra lo ponía en la grandeza de ánimo, en la fortaleza del cuerpo y en todas las otras cosas aptas a hacer fortísimos a los hombres. Y si nuestra religión quiere que tú tengas en ti mismo fortaleza, quiere que seas apto para padecer más que para hacer algo fuerte.

Este modo de vivir parece entonces que hubiera vuelto débil al mundo, dándolo como presa a los hombres malvados que lo pueden manejar fácilmente viendo como, por ir al Paraíso, la generalidad de los hombres piensa más en soportar sus golpes que en vengarlos. Y aunque parezca que el mundo se ha afeminado y el cielo se ha desarmado, sin duda ello nace más de la vileza de los hombres, que han interpretado nuestra religión según el ocio y no según la virtud. Porque, si consideran que ella nos permite la exaltación y la defensa de la patria, verían que quiere que la amemos y la honremos, y que nos preparemos para ser tales que la podamos defender. Esta educación y estas tan falsas interpretaciones hacen entonces que en el mundo no se vean tantas repúblicas como se veían antiguamente, y en consecuencia, tampoco se ve como antes en los pueblos tanto amor a la libertad.

Niccolò Machiavelli, Discursos sobre la primera década de Tito Livio

martes, 8 de noviembre de 2011

De las leyes y costumbres de Atenas



Our constitution does not copy the laws of neighboring states; we are rather a pattern to others than imitators ourselves. Its administration favors the many instead of the few; this is why it is called a democracy. If we look to the laws, they afford equal justice to all in their private differences; if to social standing, advancement in public life falls to reputation for capacity, class considerations not being allowed to interfere with merit; nor again does poverty bar the way, if a man is able to serve the state, he is not hindered by the obscurity of his condition.

The freedom which we enjoy in our government extends also to our ordinary life. There, far from exercising a jealous surveillance over each other, we do not feel called upon to be angry with our neighbor for doing what he likes, or even to indulge in those injurious looks which cannot fail to be offensive, although they inflict no positive penalty. But all this ease in our private relations does not make us lawless as citizens. Against this fear is our chief safeguard, teaching us to obey the magistrates and the laws, particularly such as regard the protection of the injured, whether they are actually on the statute book, or belong to that code which, although unwritten, yet cannot be broken without acknowledged disgrace.

If we turn to our military policy, there also we differ from antagonists. We throw open our city to the world, and never by alien acts exclude foreigners from any opportunity of learning or observing, although the eyes of an enemy may occasionally profit by our liberality; trusting less in system and policy than to the native spirit of our citizens; while in education, where our rivals from their very cradles by a painful discipline seek after manliness, at Athens we live exactly as we please, and yet are just as ready to encounter every legitimate danger. And yet if with habits not of labor but of ease, and courage not of art but of nature, we are still willing to encounter danger, we have the double advantage of escaping the experience of hardships in anticipation and of facing them in the hour of need as fearlessly as those who are never free from them.

We cultivate refinement without extravagance and knowledge without effeminacy; wealth we employ more for use than for show, and place the real disgrace of poverty not in owning to the fact but in declining the struggle against it. Our public men have, besides politics, their private affairs to attend to, and our ordinary citizens, though occupied with the pursuits of industry, are still fair judges of public matters; for, unlike any other nation, regarding him who takes no part in these duties not as unambitious but as useless, we Athenians are able to judge at all events if we cannot originate, and instead of looking on discussion as a stumbling-block in the way of action, we think it an indispensable preliminary to any wise action at all.

Again, in our enterprises we present the singular spectacle of daring and deliberation, each carried to its highest point, and both united in the same persons; although usually decision is the fruit of ignorance, hesitation of reflection. But the palm of courage will surely be adjudged most justly to those, who best know the difference between hardship and pleasure and yet are never tempted to shrink from danger.

In generosity we are equally singular, acquiring our friends by conferring not by receiving favors. Yet, of course, the doer of the favor is the firmer friend of the two, in order by continued kindness to keep the recipient in his debt; while the debtor feels less keenly from the very consciousness that the return he makes will be a payment, not a free gift. And it is only the Athenians who, fearless of consequences, confer their benefits not from calculations of expediency, but in the confidence of liberality.

In short, I say that as a city we are the school of Hellas. And that this is no mere boast thrown out for the occasion, but plain matter of fact, the power of the state acquired by these habits proves. For Athens alone of her contemporaries is found when tested to be greater than her reputation, and alone gives no occasion to her assailants to blush at the antagonist by whom they have been worsted, or to her subjects to question her title by merit to rule.

Rather, the admiration of the present and succeeding ages will be ours, since we have not left our power without witness, but have shown it by mighty proofs; and far from needing a Homer for our panegyrist, or other of his craft whose verses might charm for the moment only for the impression which they gave to melt at the touch of fact, we have forced every sea and land to be the highway of our daring, and everywhere, whether for evil or for good, have left imperishable monuments behind us.

Such is the Athens for which these men, in the assertion of their resolve not to lose her, nobly fought and died; and well may very one of their survivors be ready to suffer in her cause. Indeed if I have dwelt at some length upon the character of our country, it has been to show that our stake in the struggle is not the same as theirs who have no such blessings to lose. For the Athens that I have celebrated is only what the heroism of these and their like have made her, men whose fame, unlike at of most Hellenes, will be found to be only commensurate with their deserts.

But none of these allowed either wealth with its prospect of future enjoyment to unnerve his spirit, or poverty with its hope of a day of freedom and riches to tempt him to shrink from danger. No, holding that vengeance upon their enemies was more to be desired than any personal blessings, and reckoning this to be the most glorious of hazards, they joyfully determined to accept the risk, to make sure of their vengeance and to let their wishes wait; and while committing to hope the uncertainty of final success, in the business before them they thought fit to act boldly and trust in themselves. Thus choosing to die resisting, rather than to live submitting, they fled only from dishonor, but met danger face to face, and after one brief moment, while at the summit of their fortune, escaped, not from their fear, but from their glory.

So died these men as became Athenians. You, their survivors, must determine to have as unaltering a resolution in the field, though you may pray that it may have a happier issue. And not contented with ideas derived only from words of the advantages which are bound up with the defence of your country, though these would furnish a valuable text to a speaker even before an audience so alive to them as the present, you must yourselves realize the power of Athens, and feed your eyes upon her from day to day, till love of her fills your hearts; and then when all her greatness shall break upon you, you must reflect that it was by courage, sense of duty, and a keen feeling of honor in action that men were enabled to win all this, and that no personal failure in an enterprise could make them consent to deprive their country of their valor, but they laid it at her feet as the most glorious contribution that they could offer.

For this offering of their lives made in common by them all they each of them individually received that renown which never grows old, and for a sepulchre, not so much that in which their bones have been deposited, but that noblest of shrines wherein their glory is laid up to be eternally remembered upon every occasion on which deed or story shall fall for its commemoration. For heroes have the whole earth for their tomb; and in lands far from their own, where the column with its epitaph declares it, there is enshrined in every breast a record unwritten with no tablet to preserve it, except that of the heart.

These take as your model, and judging happiness to be the fruit of freedom and freedom of valor, never decline the dangers of war. For it is not the miserable that would most justly be unsparing of their lives; these have nothing to hope for: it is rather they to whom continued life may bring reverses as yet unknown, and to whom a fall, if it came, would be most tremendous in its consequences. And surely, to a man of spirit, the degradation of cowardice must be immeasurably more grievous than the unfelt death which strikes him in the midst of his strength and patriotism.

Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

domingo, 11 de septiembre de 2011

De la adolescencia en Samoa



Un factor importante en la educación samoana que conduce a actitudes distintas es el papel del trabajo y el juego en la vida de los niños. Los niños samoanos no aprenden a trabajar aprendiendo a jugar, no gozan de un período de falta de responsabilidad como el que gozan nuestros niños. Desde los cuatro o cinco años de edad ejecutan tareas definidas, graduadas de acuerdo con su fuerza e inteligencia, que no obstante tienen un sentido en la estructura de la sociedad entera. Esto no significa que dispongan de menos tiempo para el juego que los niños norteamericanos, encerrados en las escuelas todos los días. El tiempo que el niño samoano emplea en llevar recados, barrer la casa, traer agua y cuidar al más chico, era posiblemente menor que el que el que el escolar americano dedica a sus estudios.

La diferencia no reside en la proporción de tiempo durante el cual cumplen sus actividades o se hallan libres, sino más bien en la actitud. Con la profesionalización de la educación y la especialización de las tareas industriales, que han quitado al hogar individual su antigua variedad de actividades, sucede que a nuestros niños no se les hace sentir que el tiempo que dedican a una actividad fiscalizada esté funcionalmente relacionado con el mundo de la actividad adulta. Aunque esta falta de conexión es más aparente que real, resulta sin embargo suficientemente vívida como para ser un determinante poderoso de la actitud del niño. La joven samoana que cuida chiquillos, trae agua y barre el piso, o el muchachito que cava la tierra en busca de lombrices o recoge cocos, no enfrentan tal dificultad. La naturaleza necesaria de sus tareas es obvia. La práctica de adjudicar a un niño una tarea que puede realizar bien y no permitir nunca una intervención pueril e ineficaz en el aparato de los adultos, tal como la que nosotros permitimos a nuestros niños, que golpean sin objeto y destructivamente las máquinas de escribir de sus padres, origina una actitud diferente hacia el trabajo. Los niños norteamericanos pasan horas en las escuelas aprendiendo tareas cuya relación visible con las actividades del padre y la madre es a menudo absolutamente imposible de reconocer. Su participación en las actividades de los adultos se establece basada en juguetes, juegos de té, muñecas y automóviles de juguete.

Así pues, nuestros niños construyen un falso conjunto de categorías; trabajo, juego y escuela; trabajo para los adultos, juegos para el placer de los niños y la escuela como una molestia inexplicable con ciertas compensaciones. Estas falsas distinciones se prestan para producir toda clase de actitudes extrañas, una posición de apatía frente a una escuela que no guarda relación conocida con la vida, una falsa dicotomía entre el trabajo y el juego, que puede causar miedo al trabajo al creer que implica una responsabilidad tediosa, o un posterior desprecio hacia el juego, por considerarlo pueril.

La diversión incluye el baile, el canto, los deportes, el tejido de guirnaldas de flores, coqueterías, discreteos, todas las formas de actividad sexual. Pero evidentemente faltan las distinciones entre el trabajo como algo que uno debe hacer aunque le disguste y la diversión como algo que uno quiere hacer; entre el trabajo como ocupación principal de los adultos y la diversión como privilegio principal de los niños. La diversión de los niños se parece a la de los adultos, por su esencia, interés y la proporción que guarda con el trabajo.

La inteligibilidad de la vida de un niño entre nosotros se mide sólo en función de la conducta de otros niños. Si todos los demás van a la escuela, el chico que no va se siente discordante con ellos. Pero tan agudo es nuestro sentido de la diferencia entre los intereses de los niños y los de los adultos, que aquéllos no aprenden a juzgar su propia conducta en relación con la vida de éstos. Por tanto, a menudo se acostumbran a considerar la diversión como algo esencialmente poco serio, y cuando adultos pierden lastimosamente sus pocos momentos de ocio. Pero el niño samoano mide sus actos de trabajo o de diversión en relación en función de toda su comunidad; cada aspecto de la conducta es honrado en razón de su relación verificada con el único modelo que conoce: la vida de una aldea samoana. Nos pondremos con ahínco a idear modos de participación para los niños; y los medios de coordinar su vida escolar con el resto de la existencia les conferirán la misma dignidad que Samoa les ofrece a sus niños.

Margaret Mead, Adolescencia, sexo y cultura en Samoa

domingo, 30 de enero de 2011

De la razón


Existe la idea de que la racionalidad, si se la deja libre, mata las emociones más profundas. Esta creencia me parece que se debe a un concepto completamente equivocado de las funciones de la razón en la vida humana. No corresponde a la razón el engendrar emociones, y una parte de su función debiera ser el encontrar la manera de evitarlas cuando son un obstáculo al bienestar. Una parte de las funciones de la psicología racional es el encontrar procedimientos para disminuir el odio y la envidia. Pero es equivocado suponer que al disminuir estas pasiones disminuiremos al mismo tiempo la intensidad de las pasiones que la razón no condena. En el amor apasionado, en el cariño paternal, en la amistad, en la benevolencia, en la devoción por el arte y por la ciencia, la razón no quiere quitar nada. El hombre racional, cuando siente una o todas estas emociones, se alegra de sentirlas y no hace nada para disminuir su intensidad. Mucha gente irracional siente tan sólo las pasiones más insignificantes.

Bertrand Russell, La conquista de la felicidad

miércoles, 26 de enero de 2011

Máximas (III)


En nada hay menos sinceridad que en el modo de pedir y dar consejos. El que los pide afecta una respetuosa deferencia a los sentimientos de su amigo, aunque no piense sino en hacerle aprobar los suyos y garante de su conducta: y el que los da paga la confianza que se le manifiesta con un celo ardiente y desinteresado, aunque no busque ordinariamente sino su propio interés o gloria.

La envidia se destruye por la verdadera amistad, y la coquetería por el verdadero amor.

Hay en los celos mas amor propio que amor.

La debilidad es mas opuesta a la virtud que el vicio.

El trabajo del cuerpo libera de las penas del ánimo, y es el que hace a los pobres felices.

Bastan pocas cosas para hacer feliz al sabio: a un necio nada le satisface. Esta es la razon por que casi todos los hombres son miserables.

François de La Rochefoucald, Reflexiones o sentencias y máximas morales.

viernes, 14 de enero de 2011

Máximas (II)


En vano nos fatigamos buscando fuera de nosotros el reposo que no hallamos dentro de nosotros mismos.

Es más vergonzoso desconfiar de los amigos que ser traicionado por ellos.

Gustan los viejos de dar buenos consejos, para consolarse de no estar ya en estado de dar malos ejemplos.

Si resistimos á nuestras pasiones, mas es por su debilidad que por nuestra fuerza.

La mayor parte de la gente juzga de los hombres por la aceptacion que tienen, o por su fortuna.

El perfecto valor consiste en hacer sin testigos lo que se hiciera delante de todo el mundo.

François de La Rochefoucald, Reflexiones o sentencias y máximas morales.