jueves, 9 de septiembre de 2010

Ética y psicoanálisis


La idea de que la falta de interés sea una condición para reconocer la verdad es errónea. Difícilmente ha habido un descubrimiento o un conocimiento importante que no tenga por motor el interés de un sujeto pensante. En efecto, el pensamiento desinteresado se torna estéril y de corto alcance. Lo que importa no es si existe o no interés sino qué clase de interés existe y cual será su relación con la verdad. Todo pensamiento productivo es estimulado por el interés del observador. Nunca es un interés per se lo que deforma las ideas, sino aquellos intereses que son incompatibles con la verdad, con el descubrimiento de la naturaleza del objeto sometido a la observación.

También el término igualdad ha cambiado de significado. La idea de que todos los hombres fueron creados iguales implica que todos tienen el mismo derecho fundamental de ser considerados como fines en sí mismos y no como medios. Hoy día, igualdad ha llegado a ser equivalente de intercambiabilidad y es la negación misma de la individualidad. La igualdad, en vez de ser la condición para el desarrollo de las peculiaridades de cada hombre, significa la indiferenciación, la extinción de la individualidad. La igualdad iba unida a la diferencia, pero ha llegado a ser sinónima de in-diferencia, y es ciertamente la indiferencia lo que caracteriza la relación del hombre moderno consigo mismo y con sus semejantes.

Erich Fromm, Ética y psicoanálisis

domingo, 15 de agosto de 2010

La conciencia intelectual


La mayoría de los hombres carece de conciencia intelectual. Quiero decir con esto que no juzgan despreciable creer tal o cual cosa y vivir según esa creencia, sin haber adquirido conciencia previa de las razones últimas y ciertas que la abonan como verdad, ni siquiera haberse tomado el trabajo de buscar tales razones. ¿Qué importan el buen corazón, la sagacidad y el genio cuando el hombre que posee estas virtudes se conforma con la tibieza de sentimientos respecto a la fe y al juicio, sin que la necesidad de la certeza sea para él el más profundo de los deseos y la más íntima de las necesidades?

Friedrich Nietzsche, La gaya ciencia

viernes, 16 de julio de 2010

Consolación de la filosofía

La Filosofía no podía consentir que quedara solo en su camino el inocente; ¿iba a temer ser acusada?; ¿iba a temblar de espanto, como si hubiera de suceder lo nunca visto?

¿Crees que sea ésta la primera vez que una sociedad depravada pone a prueba la sabiduría? ¿Acaso entre los antiguos no he tenido que sostener duros combates contra los desatinados ataques de los necios? Viviendo Platón, ¿no triunfó su maestro Sócrates, gracias a mi asistencia, de una muerte injusta?

Y lo que condujo a éstos a la ruina fue el haber sido formados en nuestra doctrina, razón por la cual jamás se mostraron conformes con el gusto e inclinaciones de los malvados.

Aquel que sin perder el equilibrio de su espíritu sabe hollar con altivez los implacables decretos del destino, tanto en la adversidad como en la bienandanza puede contemplar impasible los vaivenes de la movible fortuna. Nada esperes, nada temas y dejarás impotente a tu más airado enemigo; pero si trepidas por el miedo o vacilas por una esperanza, ya has perdido tu firmeza, has vendido tu independencia, has abandonado tu escudo; y, desalojando tus posiciones, has atado a tu cuello una cadena que para siempre te arrastrará.

Boecio, Consolación de la filosofía

lunes, 5 de julio de 2010

Naturaleza de la virtud ética


Al ser la virtud de dos clases, una del entendimiento y otra de las costumbres, la primera se incrementa por la doctrina y la enseñanza, y por lo mismo le es necesario experiencia y tiempo; mientras que la segunda, en cambio, procede de la costumbre. Las virtudes no residen en nosotros por naturaleza ni por oposición a ella, sino a causa de estar dotados de una disposición natural para adquirirlas y perfeccionarlas luego por medio de la costumbre.

Adquirimos primero la potencia y luego su ejercicio. Esto es evidente en el caso de los sentidos; es decir, no adquirimos los sentidos por ver u oír muchas veces, sino que, por el contrario, tenerlos es causa del usar de ellos, y no el usar de ellos la causa de tenerlos.

En cambio, las virtudes se adquieren como resultado de los ejercicios y de las prácticas conducentes y es necesario obrar primero. Éste es el caso de las demás artes; es decir, lo que hay que hacer después de haber aprendido, lo aprendemos haciéndolo. Así nos hacemos constructores construyendo casas, y citaristas tocando la cítara. De un modo semejante, ejercitando la justicia nos hacemos justos; ejercitando la moderación, moderados; y ejercitando la virilidad, viriles. Esto viene confirmado por lo que ocurre en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos haciéndoles adquirir ciertos hábitos, y ésta es la voluntad de todo legislador; pero los legisladores que no lo hacen bien se equivocan gravemente y con eso se distinguen las buenas formas de gobierno de las malas.

Además, toda virtud se origina como consecuencia y por medio de las acciones; lo mismo que las artes; ya que tocando la cítara se hacen tanto los buenos como los malos citaristas y, de manera análoga, los constructores de casas concluyendo bien serán buenos constructores y construyendo mal serán malos. Si no fuera así no habría necesidad de maestros o aprendizajes, sino que todos, por razón de su nacimiento, serían buenos y malos en lo que les correspondiera obrar. Éste es el caso también de las virtudes: en la interacción con los demás hombres es que nos hacemos justos o injustos; en nuestra actuación en los peligros, habituándonos a sentir miedo o coraje, nos hacemos valientes o cobardes. Lo mismo ocurre con los apetitos y la ira: unos se vuelven moderados y mansos; otros, licenciosos e iracundos, de acuerdo con el comportamiento de cada uno.

Los hábitos surgen a partir de las acciones correspondientes. De ahí la necesidad de llevar a cabo determinado género de acciones, puesto que las diferentes acciones se corresponden con los diferentes hábitos. Así adquirir, ya sea un hábito u otro, desde los primeros años, es un asunto de muchísima importancia o, mejor, de una importancia total.

La presente investigación no persigue un fin teórico. Investigamos no para saber qué es la virtud, sino para ser buenos, ya que de otro modo ningún provecho extraeríamos de ella.

El vigor se origina por ingerir mucho alimento y tolerar muchos trabajos, y el hombre robusto y vigoroso es quien mejor puede hacer ambas cosas. De igual manera ocurre con la valentía: acostumbrados a tener en poco a los peligros y esperarlos, es que nos hacemos valientes; y una vez que lo somos, nos sentimos más capaces de hacer frente a las cosas temibles.

Con respecto a las virtudes, el conocimiento de ellas nada hace a su adquisición, ya que lo más importante o, mejor, lo que en verdad posee una importancia capital consiste en el ejercitarse muchas veces en las acciones justas y moderadas. Sin el ejercicio de estas acciones, por mucho que lo considere, ningún hombre se hará bueno. Muchos hombres se abstienen de hacer y, conformándose con sólo tratar las teorías, creen que son filósofos y que por esa vía serán virtuosos. A éstos les ocurre lo mismo que a los enfermos que escuchan con atención al médico, pero que luego no hacen nada de lo que les prescriben. Y así como éstos, que curándose de esta manera nunca tendrán su cuerpo sano, tampoco aquellos, filosofando de este modo, nunca tendrán el alma bien dispuesta.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Los sentimientos y el efecto que los juicios ejercen en ellos


Se nos dice que nos dejemos llevar de nuestro corazón o de nuestros sentimientos. Pero resulta que los sentimientos no son algo definitivo ni originario, tras ellos se encuentran juicios y apreciaciones que nos son transmitidas en forma de sentimientos (preferencias, antipatías). La inspiración que surge de un sentimiento es nieta de un juicio (y muchas veces de un juicio falso), y, en cualquier caso, de un juicio que no es nuestro. Dejarnos llevar por nuestros sentimientos equivale a obedecer a nuestro abuelo, a nuestra abuela y a los abuelos de éstos, y no a esos dioses que habitan en nosotros y que son nuestra razón y nuestra experiencia.

Friedrich Nietzsche, Aurora

sábado, 29 de mayo de 2010

Esplendor de la fortaleza


Mas si esta grandeza de ánimo, que se muestra en los trabajos y peligros, no está acompañada de la justicia y si se interesa por asuntos particulares en lugar de emplearse en servicio del bien común, no es virtud, sino vicio, pues no sólo no es propio esto de la virtud, sino de la ferocidad y barbarie, que se despoja de todos los sentimiento de humanidad. Y así definen exactamente los estoicos a la fortaleza cuando dicen que es una virtud que combate por la justicia. Por lo cual ninguno que ha adquirido reputación de hombre fuerte consigue semejante gloria por engaños y malicias, por cuanto nada puede haber honesto en faltando a la justicia. A este propósito dijo muy bien Platón, que así como a la ciencia que no está acompañada de justicia le cuadra mejor el nombre de astucia que el de sabiduría, del mismo modo el ánimo que se expone al peligro, si se mueve por sus propios intereses y no por el bien común, merece más bien el nombre de atrevido que de esforzado. Y así a los hombres magnánimos los queremos también buenos, sencillos, amigos de la verdad, nada engañosos y falsos, que son las principales cualidades de la justicia.

Pero la lástima es que en esta valentía y grandeza de ánimo suele con facilidad engendrarse una pertinacia inflexible y un inmoderado deseo de reinar. Porque al modo que dijo Platón que toda la educación de los lacedemonios se encaminaba a inspirar en sus corazones un ardentísimo deseo de vencer, asimismo el que llega a sobresalir en valentía de espíritu es el que más pretende ser el primero de entre los hombres, o mandarlos a todos. Y es sumamente difícil, queriendo aventajarse a los demás, guardar la igualdad, que es la base de la justicia. De aquí proviene que estos hombres no pueden sufrir el quedar vencidos en la disputa, ni sujetos a derecho alguno público o legítimo, y de aquí nace también el que se levanten en la república prodigalidades y facciones por extender algunos su poder y ser más superiores por fuerza que iguales por justicia a los demás ciudadanos. Pero cuanto es más difícil, tanto más ilustre y glorioso, porque no hay instante ni circunstancia en que no tenga su lugar y sus derechos la justicia. Por esto han de ser tenidos por hombres fuertes y magnánimos no los que hacen la injuria, sino los que nos defienden de ella. Los que poseen la sabia y verdadera grandeza de ánimo creen que la honestidad (que tan conforme es a nuestra naturaleza) consiste en las acciones virtuosas, no en la gloria de la reputación, y aspiran más bien a sobresalir entre los demás hombres que a parecer sobresalientes. Porque no debe contarse entre los de grande ánimo el que depende de la opinión del vulgo, las más veces errada. El amor de la gloria, en el que es dotado de ánimo generoso, suele inducir a algunas pretensiones injustas. Mas este punto es muy delicado, pues apenas se hallará quien después de haber emprendido muchos trabajos y peligros no aspire a la gloria como a una justa recompensa de sus buenas obras.
Cicerón, De los oficios

miércoles, 17 de marzo de 2010

De las tres transformaciones


Voy a hablaros de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león y finalmente el león en niño.

Muchas cargas soporta el espíritu cuando está poseído de reverencia, el espíritu vigoroso y sufrido. Su fortaleza pide que se le cargue con los pesos más formidables.

"¿Qué es lo más pesado?", se pregunta el espíritu sufrido. Y se arrodilla, como el camello, en espera de que le carguen.

"¿Qué es lo más pesado, oh héroes?", se pregunta el espíritu sufrido para cargar con ello, y que le regocije su fortaleza.

Lo más pesado, ¿no es arrodillarse, para humillar la soberbia? ¿Hacer que la locura resplandezca, para burlarse de la propia sabiduría?

¿O bien separarse de los suyos, cuando todos celebran la victoria? ¿O escalar las elevadas montañas, para tentar al tentador?

¿O acaso alimentarse de las bellotas y los yerbajos del conocimiento, y padecer hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso el estar enfermo y mandar a paseo a quienes intentan consolarnos, para trabar amistad con los sordos, con aquellos que jamás oyen lo que uno desea?

¿O tal vez zambullirse bajo el agua sucia, cuando es ésta el agua de la verdad, sin apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos? ¿O tal vez amar a quienes nos desprecian, y tender la mano a cuantos fantasmas se proponen asustarnos?

Todas esas pesadísimas cargas toma sobre sí el espíritu sufrido; a semejanza del camello, que camina cargado por el desierto, así marcha él hacia su desierto. Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere ser amigo de su señor y su Dios, a fin de luchar victorioso contra el dragón.

¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese gran dragón no es otro que el "tú debes". Frente al mismo, e espíritu del león dice: yo quiero.

El "tú debes" le sale al paso como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas brilla con letras doradas el "tú debes".

Milenarios valores brillan en esas escamas, y el más prepotente de todos los dragones habló así:

"Todos los valores de las cosas brillan en mí. Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, ¡no debe seguir habiendo un yo quiero!". Así habló aquel dragón.

Hermanos míos, ¿para qué es necesario en el espíritu un león así? ¿No basta acaso con el animal sufrido, que es respetuoso, y a todo renuncia?

Crear valores nuevos no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está propiciarse libertad para creaciones nuevas.

Para crearse libertad, y oponer un sagrado no al deber -para eso hace falta el león.

Crearse el derecho a valores nuevos, ésa es la más tremenda conquista para el espíritu sufrido y reverente. En verdad, para él eso equivale a una rapiña, a algo propio de animales de presa.

Como su cosa más santa, el espíritu amó en su tiempo al tú debes. Hasta en lo más santo tiene ahora que encontrar ilusión y capricho, para robar el quedar libre de su amor: para ese robo es necesario el león.

Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero?

Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir "sí": el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: os he mostrado cómo el espíritu se transforma en camello, luego el camello en león, y finalmente el león en niño.

Así habló Zarathustra.

Friedrich Nietzche, Así habló Zaratustra

sábado, 13 de marzo de 2010

Fascismo

Podemos pensar lo que queramos del señor Thyssen, o de Krupp, o de Henry Ford. Pero habrá que admitir que estas personas saben defender sus negocios; ignoramos sus condiciones para la música o para la natación, pero nadie puede razonablemente poner en duda su habilidad comercial. Y bien: todas estas personas apoyaron al fascismo y hasta lo financiaron; lo que significa que, a pesar de los esplendorosos rótulos contra el capitalismo, veían en esta banda de forajidos una barrera contra el comunismo, una nueva y más sutil forma de aprovechar el descontento de las masas en favor de sus propios usufructuarios.

Mientras el nazismo no fue una amenaza contra algunos imperios, contó con el apoyo de banqueros y estadistas no alemanes. Es lícito, pues, sostener que, lejos de ser un movimiento anticapitalista, el fascismo se inició como la manifestación más brutal y cínica del régimen en bancarrota.

El fascismo empleó un lenguaje anticapitalista y vociferó que luchaba contra los países plutócratas, como si no hubiera plutócratas en todas partes o como si el señor Thyssen fuera un profesor de esgrima o un ensayista. Desvió la esencia del problema, haciendo creer al pueblo que capitalismo y judaísmo eran la misma cosa y que, por lo tanto, matar judíos era una operación equivalente a suprimir la banca privada. Aprovechó la confusión vulgar de revolución con violencia, la reforzó e hizo olvidar que las más nítidas contrarrevoluciones han sido bárbaras y violentas (la represión de la Comuna, la represión del movimiento chino).

No veo sobre qué base puede supònerse que Henry Ford haya dejado de ser antisemita y antisocialista. Y en tanto pesen en los Estados Unidos hombres como Ford subsistirán los peores peligros para el pueblo norteamericano, para el mundo entero y, en particular, para nuestros países -apéndices económicos. No veo tampoco de qué manera individuos como Ford han de favorecer una real democracia en nuestros países.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

Expansión del universo

Supongamos que un ictiólogo quiere estudiar los peces del mar. Con ese fin, arroja su red al agua y extrae una cantidad de peces diferentes; repite la operación muchas veces, inspecciona su pesca, la clasifica; procediendo en la forma usual en la ciencia, generaliza sus resultados en forma de leyes:

-No hay pez que tenga menos de cinco centímetros de largo.

Esta afirmación es correcta en lo que se refiere a su pesca y supondrá que seguirán siéndolo cada vez que se repita la operación. El reino de los peces es el mundo físico, el ictiólogo es el hombre de ciencia, la red el aparato cognoscente.

Dos espectadores observan al pescador sin decir nada, hasta que ha formulado su ley. Entonces uno hace el siguiente comentario:

-Usted afirma en su ley que no hay peces que tengan menos de cinco centímetros. Creo que esa conclusión es una mera consecuencia de la red que emplea para pescar; el cuadro de la red no es apto para pescar peces más cortos, pero de ahí usted no puede concluir que no hay peces más cortos.

El ictiólogo ha escuchado esta manifestación con desprecio, porque pertenece a la nueva clase de hombres de ciencia: opina que la ciencia debe ocuparse únicamente de lo que se puede observar. Responde:

- Cualquier cosa que no sea pescable con mi red está ipso facto fuera del conocimiento ictiológico y no me interesa. En otras palabras: llamo pez a lo que es capaz de pescar mi red, y no cabe duda de que a esa clase de seres le viene muy bien mi ley. Los "peces" a los que usted hace referencia son peces metafísicos. No me competen.

Hasta este momento, el físico de laboratorio no verá con alarma estas manifestaciones. Por el contrario, mirará con simpatía su opinión de que la ciencia debe ser construida con el solo uso de los entes observables. Pero, desde este momento, tendrá excelentes motivos de indignación, pues entra en escena el segundo espectador:

- He oído su conversación con el otro espectador y me apresuro a manifestarle mi simpatía. Creo, en efecto, ocioso discutir sobre peces no pescables, sobre todo si se trata de ictiología y no de metafísica. Ahora bien: usted establece sus leyes mediante el tradicional método de examinar la pesca. ¿Puedo sugerirle un método más efectivo?

- No tengo inconveniente, aunque dudo de que exista -responde el ictiólogo, con desconfianza.

- ¿No le parece que podría haber establecido la primera ley con sólo examinar la red? ¿No ha observado que el cuadro tiene justamente cinco centímetros? En esas condiciones, usted puede afirmar a priori y de una vez por todas que jamás tendrá peces de menos de cinco centímetros.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

Divulgación


Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.
-No he entendido una sola palabra -me dice, estupefacto.
Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.
-Ya entiendo casi todo -me dice mi amigo, con bastante alegría-. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas...
Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.
-¡Ahora sí, ahora entiendo la relatividad! -exclama mi amigo con alegría.
-Sí -le respondo amargamente-, pero ahora no es más la relatividad.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

lunes, 8 de marzo de 2010

Filósofo

El filósofo es el amante de la sabiduría, es decir, de la verdad. Todos los filósofos han sido siempre ejemplo de este doble carácter. En la antigüedad no existió uno sólo que no fuera modelo de virtud para los hombres y maestro de verdades morales. Puede que algunos hayan tenido conceptos erróneos en lo que hace a la física; pero ésta es tan poco necesaria para conducirse en la vida que los filósofos no han tenido necesidad de ella. Se requirió el paso de muchos siglos para que el hombre pudiera acceder a algunas leyes de la naturaleza, mientras que un sabio sólo necesitó un día para conocer los deberes del hombre.

El filósofo no tiene nada de fanático, ni se erige tampoco como profeta, jamás se considera inspirado por los dioses. Los que se anunciaron como hijos de los dioses fueron los padres de la calumnia.

¿Qué sino, bastante bochornoso para los pueblos occidentales, nos obliga a tener que ir hasta Extremo Oriente para encontrar un sabio simple, sin pompa, sin afectación, que instruía a los hombres sobre cómo tener una vida feliz, seiscientos años antes de nuestra era, en una época en que en todo el norte se desconocía el uso de las letras, y en el que los griegos recién comenzaban a distinguirse por la sabiduría? Estoy hablando de Confucio, quien, destacándose entre los antiguos legisladores, jamás intentó engañar a los hombres. ¿Qué principio de acción más noble que éste ha cobrado vida en nuestra tierra?

"Dirige el estado al igual que se dirige una familia; no hay otra forma de gobernar bien a la familia que dándole ejemplo"

"La virtud debe ser común al campesino y al monarca."

"Esfuérzate por prevenir los crímenes, disminuye así la necesidad de castigarlos."

"Bajo los reyes buenos Yao y Xu los chinos fueron buenos; bajo los reyes malos Kie y Chu, fueron malos."

"Sé con el otro como contigo mismo."

"Ama a los hombres en general, pero ama más aún a las buenas personas. Deja pasar las injurias, pero jamás los favores."

"Me he topado con hombres incapaces de saber, pero nunca con hombres incapaces de virtud."

En verdad no hubo nunca un legislador que enunciara verdades tan provechosas para el género humano.

Más tarde, hubo muchísimos filósofos griegos que enseñaron una moral igualmente pura. Si sólo se hubieran dedicado a sus absurdos sistemas físicos, sus nombres no se pronunciarían más que para burlarse de ellos. Si en la actualidad todavía se los juzga dignos de respeto es porque fueron justos y porque enseñaron a los hombres a serlo.

No se pueden leer ciertos párrafos de Platón, y sobre todo el magnífico exordio de los reyes de Zeleuco, sin percibir en el corazón el amor a las acciones virtuosas y generosas.

¿Quién de nosotros se privaría, como Juliano, Antonino, Marco Aurelio, de todos los refinamientos de nuestra mórbida y afeminada vida? ¿Quién querría imponerse su mesura? ¿Quién contendría como ellos sus pasiones? Entre nosotros tenemos devotos; ¿pero donde encontrar a los sabios? ¿Donde encontrar almas firmes, justas y tolerantes?

Voltaire, Diccionario filosófico

Entusiasmo


Esta palabra griega quiere decir conmoción de las entrañas, revuelta interior. ¿Inventaron los griegos esta palabra para expresar las agitaciones que se experimentan en los nervios, la dilatación y la contracción de los intestinos, las violentas convulsiones del corazón, el flujo atolondrado de los espíritus de fuego, que suben desde las entrañas al cerebro, cuando uno está profundamente afectado?

¿Qué entendemos por entusiasmo? ¿Cuantos matices de nuestras emociones?

Consentimiento, sensibilidad, turbación, inquietud, sobrecogimiento, pasión, arrebato, demencia, furor, rabia; esos son todos los estados que puede atravesar el alma humana.

Lo extraño es encontrar la razón unida al entusiasmo; la razón consiste en ver siempre las cosas como son. El que ve objetos dobles en la embriaguez, es porque carece de razón.

El entusiasmo es exactamente igual que el vino, puede provocar tantas perturbaciones en los vasos sanguíneos, y tan violentas vibraciones en los nervios, que la razón llega a derrumbarse completamente. También puede ocurrir que sólo cause pequeñas sacudidas que sólo proporcionan al cerebro pequeños momentos de mayor actividad. Es lo que ocurre en los grandes arrebatos de elocuencia, y sobre todo en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es patrimonio de los grandes poetas.

Ese entusiasmo razonable es la perfección de su arte; es lo que hizo creer en tiempos antiguos que estaban inspirados por los dioses, y es lo que nunca se ha dicho de los demás artistas.

Voltaire, Diccionario Filosófico

Fanatismo


El fanatismo es a la superstición lo que el delirio a la fiebre y lo que la rabia a la cólera. El que sufre éxtasis y visiones, el que no puede distinguir entre sueños y realidad y toma las imaginaciones por profecías está mal de la cabeza; el que confirma su locura con un crimen es un fanático.

El más abominable ejemplo de fanatismo es el de los burgueses de París que fueron a asesinar, a degollar, a arrojar por las ventanas y a descuartizar, en la noche de San Bartolomé, a aquellos vecinos que no iban a misa.

No hay más cura para esta enfermedad epidémica que el espíritu filosófico, que, estando cada vez más difundido, suaviza, finalmente, las costumbres de los hombres y previene el acceso del mal; pues en cuanto este mal avanza no queda otra salida que retirarse a un lugar apartado y esperar a que el aire se purifique.

Sólo ha existido una religión en el mundo que no se ha denigrado por el fanatismo, es la de los letrados de China. Las sectas de los filósofos no sólo estaban libres de este mal, sino que ellas mismas eran su propio remedio; pues el resultado de la práctica filosófica es que el alma recupera su tranquilidad, y el fanatismo es incompatible con esa tranquilidad.

Voltaire, Diccionario filosófico

jueves, 4 de marzo de 2010

Carácter

Se advierte a un criador: "hay demasiados peces en ese vivero y no prosperarán; hay demasiados animales en tus prados, la hierba es escasa y morirán de hambre". Pero hete aquí que tras esta exhortación los esturiones se comen a la mitad de las carpas, y los lobos a la mitad de las ovejas; el resto engorda. ¿Hay que alabarlo, entonces, por su tipo de economía? Este campesino eres tú mismo; una de tus pasiones ha devorado a las otras y piensas que te has superado. No vaya a ser que resultemos nosotros como aquel general que, ya anciano, contando noventa años, un día, descubrió a unos jóvenes oficiales haciendo escándalo con unas mujeres, e hirviendo en cólera les dijo: "Señores, ¿es ése el ejemplo que yo les doy?".

Voltaire, Diccionario filosófico

De la gloria


Los filósofos afirmaban que toda la gloria del mundo no merecía que un hombre de entendimiento moviese ni un solo dedo para adquirirla.

El desdén de la gloria era uno de los principales dogmas de Epicuro. El precepto de su secta "Oculta tu vida" que prohíbe a los hombres ocuparse de los asuntos y oficios públicos, entraña necesario menosprecio de la gloria, la cual consiste en la aprobación que da el mundo a los actos que ponemos en evidencia. Quien nos manda ocultarnos y sólo atender a nosotros mismos, sin que seamos conocidos de nadie, más nos mandará que no seamos honrados ni glorificados. La virtud es vana y frívola si se sigue con afán de gloria.

Cuanta gloria pretendo de mi vida es haberla vivido tranquila, y no tranquila según la opinión de Metrodoro, Aristipo o Arcesilao, sino según la mía. Puesto que la filosofía no ha sabido encontrar un camino bueno y común a la tranquilidad, que cada uno la busque a su modo.

¿Qué se gana con aconsejar que no se exponga el que no es visto, ni se arriesgue sin tener testigos de su valor? Porque siempre se presentan mil oportunidades de obrar bien sin ser notados.

"No en la gloria, sino en sus buenos hechos, sitúa un alma realmente grande el honor que es fin principal de nuestra naturaleza" (Cicerón, de Of.)

Quien tiene su muerte por mal empleada si no es en ocasión notoria, en vez de ilustrar su muerte, oscurece adrede su vida, dejando escapar varias justas ocasiones para arriesgarse. Toda ocasión justa es bastante insigne y nuestra conciencia nos lo dice a voces a cada uno. El que sólo es bravo para que se sepa y para que cuando ello se sepa se le estime más; quien sólo obra bien a condición de que su virtud llegue al conocimiento humano, no es persona de quien se pueda sacar mucho servicio. Se ha de ser valiente por uno mismo y por la ventaja de tener el valor alojado en asiento firme y seguro contra los embates de la fortuna.

Nuestra alma no debe actuar para exhibirse, sino para satisfacernos en nuestro interior, allí donde sólo nuestros propios ojos nos miran. Ella debe protegernos del temor de la muerte, de los dolores, y hasta de la vergüenza. Este provecho es más digno de ser deseado y esperado que el honor y la gloria, lo cual no es otra cosa que un juicio favorable que se hace de nosotros. Lo más difícil e importante de todo, que es el juicio de nuestros actos e inclinaciones, lo dejamos a la voz del común y la turba, madre siempre de ignorancia, inconsistencia e injusticia. ¿Es razonable hacer depender la vida de un sabio del juicio de los tontos?

¿Hay cosa más necia que estimar, reunidos, a los que despreciamos por separado? (Cicerón, Tusc. qaest.)

No nos propongamos fin tan fluctuante y movedizo, busquemos la razón, y síganos en eso la aprobación pública si quiere, porque, pues depende de la fortuna, tanta razón hay que esperemos esa aprobación por este sendero como por otro. Aunque no siga yo el camino recto porque sea tal, lo seguiré porque la experiencia me prueba que comúnmente es, a fin de cuentas, el más feliz y útil.

No me preocupa tanto saber lo que soy para los demás como saber lo que soy para mí mismo. Quiero ser rico por lo mío, y no de prestado. Los extraños sólo ven los hechos y apariencias externas, y todos podemos poner buena cara estando por dentro llenos de fiebre y espanto. No se nos ve el corazón; se nos ve el rostro. Los actos virtuosos son harto nobles por sí mismos para buscar otra cosa que su propio valor, y muy especialmente para buscar su pago en la vanidad de los humanos juicios.

Michel de Montaigne, Ensayos

lunes, 1 de marzo de 2010

El camino de la felicidad


Durante más de dos mil años, los más serios de los moralistas han tenido la costumbre de desacreditar la felicidad como algo degradante y sin valor. Los estoicos, durante siglos, atacaron a Epicuro, que predicaba la felicidad; decían que su filosofía era una filosofía de cerdos, y demostraban su virtud superior inventando mentiras escandalosas sobre él. Uno de ellos, Cleanto, quiso perseguir a Aristarco por defender el sistema astronómico de Copérnico; otro, Marco Aurelio, persiguió a los cristianos; uno de los más famosos, Séneca, apoyó las abominaciones de Nerón, amasó una inmensa fortuna y prestó dinero a Boadicea a un tanto por ciento tan exorbitante de interés que la obligó a lanzarse a la rebelión. Esto por lo que se refiere a la antigüedad. Saltándonos los dos mil años siguientes, llegamos a los profesores alemanes que inventaron las desastrosas teorías que han llevado a Alemania a la bancarrota y al resto del mundo a su peligroso estado actual; todos esos sabios despreciaron la felicidad, como hizo su imitador británico, Carlyle, que no se cansó nunca de decirnos que debemos renunciar a la felicidad en aras de la beatitud. Encontraba beatitud en casos bastante extraños: en las matanzas irlandesas de Cromwell, en la sed de sangre de Federico el Grande y en la brutalidad jamaicana del gobernador Eyre. De hecho, la hostilidad hacia la felicidad es, por lo general, hostilidad hacia la felicidad de los demás, y constituye un pretexto elegante para odiar a la raza humana. Incluso cuando un hombre sacrifica sinceramente su propia felicidad en aras de algo que considera más noble, propende a envidiar a los que gozan de un menor grado de nobleza , y esta envidia hace, con demasiada frecuencia, a los que se creen santos, crueles y destructores.

La gente que profesa teorías referentes a cómo se debería vivir tiende a olvidar las limitaciones de la naturaleza. Si su modo de vida implica una restricción constante del instinto, en aras de algún objetivo supremo que usted mismo se ha propuesto, es posible que el objetivo se vaya haciendo cada vez más fastidioso, debido a los esfuerzos que exige; el instinto, al que se le niegan sus satisfacciones normales, buscará otras, probablemente negativas; el placer, si usted no se permite ninguno en absoluto, se disociará de la corriente principal de su vida y se hará algo báquico y frívolo. Semejante placer no proporciona ninguna felicidad, sino sólo una desesperación más profunda.

Entre los moralistas, es un lugar común que no se puede alcanzar la felicidad si se la persigue. Eso es verdad únicamente cuando se la persigue injustamente. Los tahúres en Montecarlo persiguen el dinero y la mayoría de ellos lo que consiguen es perderlo; pero hay otros modos de buscar dinero que, a menudo, tienen éxito. Lo mismo sucede con la felicidad. Si se la persigue por medio de la bebida, es porque uno se olvida de los desagradables efectos de la postembriaguez. Epicuro la buscaba viviendo en medio de una sociedad simpática y comiendo únicamente pan seco, acompañado, los días de fiesta, con un poco de queso. En su caso, este método resultó bien; pero hay que tener en cuenta que era un valetudinario y que la mayoría de las personas necesitarían algo más sustancioso. Para la mayoría de la gente, la búsqueda de la felicidad, a no ser que se complemente de diversas maneras, es demasiado abstracta y teórica para ser adecuada como norma personal de vida. Pero creo que, cualquiera que sea la norma personal de vida que se pueda elegir, no debería ser incompatible, excepto en algún raro caso de heroísmo, con la felicidad.

Hay muchísimas personas en las que se dan las condiciones materiales para la felicidad, como, por ejemplo, salud y medios económicos suficientes, y que, sin embargo, son profundamente desgraciados. Esto es especialmente cierto en América. En casos semejantes, parece que la responsabilidad debería recaer en alguna teoría incorrecta acerca de cómo vivir. En cierto sentido, podemos decir que cualquier teoría que se refiera a cómo se debe vivir es equivocada. Nos imaginamos más alejados de los animales de lo que lo estamos en realidad. Los animales viven de acuerdo con sus instintos y son felices, en la medida que las condiciones externas son favorables. Las necesidades están basadas en el instinto. En las sociedades civilizadas, especialmente en las sociedades de habla inglesa, esto se olvida con facilidad. La gente se propone algún objetivo supremo, y reprime todos los instintos que no se encaminen a él. Un hombre de negocios puede estar tan ávido por llegar a ser rico, que sacrifique a este fin su salud y sus afectos personales. Cuando por fin llega a ser rico, el único placer de que puede gozar es el de incitar a otras personas para que imiten su noble ejemplo. Muchas señoras ricas, aunque no hayan sido dotadas por la naturaleza con la facultad de gozar espontáneamente de la literatura o el arte, deciden ser tenidas por cultas y malgastan horas, mortalmente aburridas, para aprender lo que hay que decir acerca de los últimos libros de moda. No se les ocurre pensar que los libros se escriben para proporcionar placer, y no para ofrecer oportunidades a un esnobismo fastidioso.

Si usted observa a los hombres y a las mujeres que, en torno suyo, merecen el nombre de felices, comprobará que todos ellos presentan ciertas características comunes. La más importante de ellas es una actividad que, la mayoría de las veces, proporciona un placer por sí misma y que, además, va creando gradualmente algo cuyo nacimiento y desarrollo resulta agradable de ver. Las mujeres que experimentan un placer instintivo con sus niños (placer que no experimentan muchas mujeres, especialmente las educadas intelectualmente) pueden obtener este tipo de satisfacción formando una familia. Los artistas, escritores y hombres de ciencia consiguen ser felices de esta forma, si están satisfechos de su obra respectiva. Pero, además de éstas, existen muchas otras variantes, más humildes, de esta clase de placer. Muchos hombres que pasan su vida laboriosa en la City, consagran sus fines de semana a un trabajo abrumador, voluntario y no remunerado en sus jardines y, a la llegada de la primavera, experimentan todas las alegrías de los creadores de la belleza.

Es imposible ser feliz sin tener ninguna actividad; pero, asimismo, es imposible ser feliz si la actividad es excesiva o repelente. La actividad resulta agradable cuando está encaminada, con toda evidencia, al fin que se desea y no es contraria, en sí, al instinto. Un perro perseguirá a los conejos al extremo del agotamiento, y será feliz durante todo el tiempo; pero, si se le pone en un molino sin fin y, después de media hora, se le da una buena comida, no será feliz hasta que consiga la comida, pues, hasta tanto, no habrá estado dedicado a una actividad natural. Uno de los defectos den nuestro tiempo es que, en la compleja sociedad moderna, pocas de las actividades que es necesario hacer poseen la naturalidad de la caza. Como consecuencia, la mayoría de las personas, en las comunidades técnicamente avanzadas, tienen que buscar su felicidad al margen del trabajo con el que se ganan la vida. Y, si su trabajo es agotador, sus placeres tenderán a ser pasivos. Contemplar un partido de fútbol o ir al cine produce después poca satisfacción y no fomenta, de ninguna manera, los instintos creadores. La satisfacción de los jugadores, que son activos, es de una especie completamente diferente.

El deseo de ser respetado por sus vecinos y el temor a su repulsa lleva a los hombres y a las mujeres a estilos de conducta que no están dictados por impulsos espontáneos. La persona que es siempre "correcta" es siempre aburrida o casi siempre. Destroza el corazón ver cómo las madres enseñan a sus hijos a refrenan su alegría de vivir y a convertirse en títeres formalitos, por temor a que se piense que pertenecen a una clase social inferior a la que sus padres aspiran.

La persecución del éxito social, en forma de prestigio o de poder o de ambos, es el obstáculo más importante para la felicidad en una sociedad de competencia. No niego que el éxito constituya un ingrediente de la felicidad -para algunos, un ingrediente de gran importancia. Pero, por sí solo, no es suficiente para satisfacer a la mayoría de la gente. Se puede ser rico y admirado; pero, si no se tienen amigos, ni intereses, ni placeres superfluos espontáneos, se es un miserable. Vivir para el éxito social es una de las formas de vivir para una teoría, y vivir para una teoría es algo fastidiosos y deprimente.

El tema global de la felicidad ha sido tratado, en mi opinión, con demasiada solemnidad. Se ha creído que los hombres no pueden ser felices sin una teoría de la vida o de la religión. Es posible que los que han llegado a ser desgraciados por culpa de una mala teoría necesiten una mejor, que les ayude a reponerse, lo mismo que se necesita un tónico cuando se está enfermo. Pero, en circunstancias normales, un hombre puede estar sano, sin necesidad de tónicos, y ser feliz, sin necesidad de teorías. Lo realmente importante son las cosas sencillas. Si un hombre es feliz con su mujer y sus hijos, tiene éxito en el trabajo y encuentra un placer en el cambio del día a la noche, de la primavera al otoño, será feliz, sea cual fuere su filosofía. Si, por el contrario, considera a su mujer como odiosa, insoportable el ruido que hacen sus hijos y su trabajo como una pesadilla; si, durante el día, anhela la noche, y por la noche suspira por la luz del día; entonces lo que necesita no es una nueva filosofía, sino un nuevo régimen, una dieta diferente o más ejercicio o lo que le sea preciso. El hombre es un animal y su felicidad depende de su fisiología más de lo que le gusta creer. La conclusión es humilde, pero no tengo más remedio que creer en ella. Muchos hombres de negocios desgraciados incrementarían más su felicidad, estoy convencido de ello, caminando seis millas todos los días, que por medio del cambio de filosofía más radical que se pueda concebir. De paso, digamos que esta era la opinión de Jefferson que, a ese respecto, lamentaba la existencia de los caballos. Si hubiera podido prever el automóvil, se hubiera quedado sin habla.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

jueves, 25 de febrero de 2010

El significado de la democracia


Todo el conjunto que forman las palabras de las controversias políticas, a pesar de que cada uno posee un significado definitivo en el diccionario tienen, en el uso, significados que varían según la filiación política del que las emplea y que sólo coinciden en su capacidad para producir violentas emociones. La palabra "libertad" significó, en su origen, principalmente, la ausencia de dominación extranjera; más adelante, vino a querer decir las restricciones al poder real; después, en la época de los "derechos del hombre", equivalió a diferentes consideraciones en las que se creía que todo individuo debería quedar libre de la intervención gubernamental; y, por último, en las manos de Hegel, llegó a ser la "libertad verdadera" que se reducía a poco más que el gracioso permiso de obedecer a la policía. En nuestra época, la palabra "democracia" está experimentando una transformación similar: se utilizó para designar al gobierno que representaba a la mayoría, junto con alguna libertad personal escasa e indefinida; más adelante, llegó a significar las aspiraciones del partido político que representaba a los intereses de los pobres, en razón de que los pobres son, en todas partes, la mayoría. En la etapa siguiente, representó las aspiraciones de los dirigentes de ese partido. Los hombres que se han acostumbrado a oír una palabra determinada, con cierta emoción, durante mucho tiempo, propenden a sentir la misma emoción cuando oyen esa misma palabra, aunque su significado haya cambiado. Una parte de la educación debería estar dedicada, como se hace en la ciencia y en la filosofía científica, a enseñar a los jóvenes el empleo de las palabras, en su significado preciso, y no rodeadas de una vaga neblina emocional.

La experiencia en la práctica de despojar a las palabras de contenido emocional, sustituyéndolo por un significado lógico claro, mantendrá al hombre en una posición firme, cuando desee conservar la cabeza en medio de la inundación de la propaganda excitada. En 1917, Wilson proclamó el gran principio de la autodeterminación, según el cual toda nación tenía derecho a regir sus propios destinos; pero, desgraciadamente, se olvidó de añadir a ese principio la definición de la palabra "nación". ¿Era Irlanda una nación? Claro que sí. ¿Era Ulster una nación? Los protestantes decían que sí y los católicos que no, y el diccionario no decía nada. Hasta hoy la cuestión sigue estando indecisa y las controversias con referencia a ella están sujetas a la influencia de la política de los Estados Unidos en la Gran Bretaña. En Petrogrado cierta casa aislada se proclamó nación, luchando justamente por su libertad y pidiendo al presidente Wilson la concesión de un parlamento independiente. En este caso, sin embargo, se consideró que se iba demasiado lejos. Si el presidente Wilson hubiese tenido una preparación en lógica exacta, habría añadido una nota a pie de página, advirtiendo que una nación debería contener un mínimo determinado de individuos para ser considerada como tal. Pero esto habría introducido arbitrariedad en su principio y le habría despojado de su fuerza retórica.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

La historia como arte


Entro, en mi tema central, que tratará de lo que puede hacer la historia, y de lo que debe hacer, por el lector corriente. No me refiero a lo que pueda hacer la historia por los historiadores; me refiero a la historia considerada como una parte esencial del bagaje intelectual de un espíritu culto. No creemos que la poesía deba ser leída sólo por los poetas o que la música deba ser oída sólo por los compositores. Del mismo modo, la historia no debe ser conocida sólo por los historiadores. Pero se comprende que este tipo de historia, que debe contribuir a nutrir la vida mental de los que no son historiadores, tenga que poseer determinadas cualidades, que no son necesarias en obras de carácter más profesional y, contrariamente, que no necesitar reunir algunos de los requisitos que se exigirían a una monografía erudita. Lo que intentaré explicar -a pesar de que me doy cuenta de su gran dificultad- es lo que creo que, personalmente, he extraído de la lectura de la historia. En primer lugar, y lo que es más importante, algo así como una nueva dimensión para la vida individual, el sentido de ser una gota de agua en el seno de un gran río, en lugar de ser una entidad aislada y rigurosamente delimitada. El hombre cuyas preocupaciones estén limitadas por el corto instante que va desde su nacimiento a su muerte, sufre una visión miope y una estrechez de miras, que no tienen más remedio que rebajar la altura de sus esperanzas y sus deseos. Y, lo que sirve para los individuos, sirve también para la comunidad.

La historia nos hace conscientes de que no existe ninguna finalidad en los asuntos humanos; de que no hay una perfección estática ni una sabiduría inmejorable a la que se pueda aspirar. Por grande que sea la sabiduría que se pueda alcanzar, sólo será un grano de arena en comparación con lo que queda por alcanzar. Por muy queridas que nos sean las creencias que tenemos, incluso las que más importantes nos parezcan, no están destinadas a durara eternamente, y si nos imaginamos que esas creencias encarnan verdades eternas, es muy posible que el futuro se burle de nosotros. La certeza a machacamartillo es uno de los peores males de nuestro mundo actual y es algo de lo que debería curarnos la contemplación de la historia, no sólo, o principalmente, porque nos enseñe que también hubo hombres cuerdos en el pasado, sino porque nos enseña cuanto de lo que se creía cuerdo ha resultado locura; lo que sugiere que mucho de lo que consideramos cuerdo ahora no tendrá mejor destino.

No intento mantener que deberíamos abandonarnos a un escepticismo perezoso. Debemos sustentar nuestras creencias, y sustentarlas con vigor. No se consigue nada grande sin pasión; pero, en la médula de esa pasión, debería haber siempre una amplia concepción impersonal, que atempere los actos que nuestra pasión nos inspire.

Bertrand Russel, Retratos de memoria y otros ensayos

El conocimiento científico y la sabiduría

Me parece que existen varios factores que constituyen la sabiduría. Entre todos ellos, elegiría, en primer lugar, cierto sentido de la proporción: la capacidad de tener en cuenta todos los factores importantes de un problema y de asignar a cada uno la importancia que merece. La búsqueda de conocimiento puede llegar a ser dañina, si no está entremezclada con la sabiduría; y la sabiduría, en el sentido de visión comprensiva, no se encuentra necesariamente en los especialistas.

Ha de existir también cierta conciencia de los fines de la vida humana. Quizás se pudiese ampliar la comprensividad que constituye la sabiduría, para incluir en ella, no sólo al intelecto, sino también al sentimiento. No es raro, de ninguna manera, encontrar hombres cuyos conocimientos son amplios, pero cuyos sentimientos son mezquinos. Semejantes hombres no poseen lo que yo llamo sabiduría.

 La sabiduría es necesaria, no sólo en la vida pública, sino también, igualmente, en la vida privada. Es necesaria para elegir los objetivos que se han de seguir y para desembarazarnos de los prejuicios personales. Incluso un objetivo, que sería noble procurar si fuera realizable, puede ser perseguido sin ninguna sabiduría si, en sí, es imposible de conseguir. 

Creo que la esencia de la sabiduría consiste en emanciparse, en la medida de lo posible, de la tiranía del aquí y del ahora. No podemos evitar el egoísmo de nuestros sentidos. El ver, el oír y el tocar están ligados a nuestros propios cuerpos y no pueden ser impersonales. Nuestras emociones, asimismo, arrancan de nosotros mismos. Un niño siente hambre, e incomodidad, y no le afecta nada aparte de sus propias condiciones físicas. Gradualmente, con los años, su horizonte se amplía y, en la medida en que sus pensamientos y sus sentimientos van haciéndose menos personales y menos relacionados con su inmediato estado físico, van consiguiendo adquirir sabiduría. Naturalmente, esto es una cuestión de aproximación. Nadie es capaz de concebir el mundo con plena imparcialidad. Pero es posible llegar a aproximarse, continuamente, a la imparcialidad: conociendo, por un lado, cosas algo alejadas en el tiempo o en el espacio, y concediendo, por otro, a tales cosas su debida importancia en nuestros sentimientos. Es esta aproximación hacia la imparcialidad lo que constituye el desarrollo de la sabiduría.

¿Puede ser enseñada la sabiduría, en este sentido? Y, si puede ser enseñada, ¿debería convertirse su enseñanza en uno de los objetivos de la educación? Yo contestaría a ambas preguntas afirmativamente. Los domingos, se nos dice que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Los otros seis días de la semana, se nos exhorta a odiarle. Se puede creer que es justo odiar a los que hacen daño. Yo no lo creo así. El odio al mal es, en sí mismo, una especie de sometimiento al mal. La solución estriba en la comprensión, no en el odio. No estoy proponiendo la pasividad. Pero sí digo que la resistencia, si ha de ser eficaz para impedir la extensión del mal, debería estar compuesta por la mayor dosis posible de comprensión y por la menor dosis posible de fuerza, que sea compatible con la conservación de todo lo bueno que deseamos conservar.

 Por lo general, se coacciona con el razonamiento de que el punto de vista que yo defiendo es incompatible con la energía que requiere la acción. No creo que la historia dé la razón a esas opiniones. La reina Isabel I de Inglaterra y Enrique IV de Francia vivieron en un mundo en el que casi todos fueron fanáticos, tanto en el bando protestante como en el católico. Ambos se mantuvieron libres de los errores de su época y ambos, por esa razón, se beneficiaron y no cayeron, ciertamente, en la ineficacia.

 He dicho que, en parte, puede enseñarse la sabiduría. Me parece que esta enseñanza debería tener elementos intelectuales más amplios que la educación moral, o lo que se nos enseña como tal, a que estamos acostumbrados. No creo que el conocimiento técnico y la moral deban estar demasiado distantes. Es cierto que el tipo de conocimiento especializado que exigen las diversas técnicas, tiene muy poco que ver con la sabiduría. Pero éste debería ser completado, en la educación, con estudios más amplios, encaminados a situar ese conocimiento especializado en su lugar, dentro de la totalidad de las actividades humanas. Incluso los mejores técnicos deberían ser buenos ciudadanos; y, al decir "ciudadanos", me refiero a ciudadanos del mundo y no ciudadanos de esta o aquella secta o nación. A cada incremento de conocimiento y técnica, se hace más necesaria la sabiduría; pues cada uno de nuestros incrementos aumentan nuestra capacidad para llevar a cabo nuestros propósitos, y, por consiguiente, aumentan también nuestra capacidad para el mal, en el caso de que nuestros propósitos sean insensatos.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

martes, 23 de febrero de 2010

La amistad, necesaria para la felicidad


Suele discutirse también si el hombre feliz tiene necesidad o no de amigos, porque dicen algunos que los prósperos y bien afortunados se bastan a sí mismos, y que por esta razón no tienen esa necesidad, ya que poseen todos los bienes que pueden desear; bastándose a sí mismos, no tienen necesidad de ninguna otra cosa, mientras que el amigo, que es nuestro otro ser, provee a un hombre lo que éste no puede proveerse por propio esfuerzo. Y por esto dicen comúnmente: "Cuando Dios da bienes, qué necesidad hay de amigos".

Sin embargo, resulta absurdo atribuirle al hombre afortunado todos los bienes y que se le quiten los amigos, cuando éstos parecen constituir el mayor de los bienes exteriores. Porque si la mayor perfección de la amistad reside en hacer el bien más que en recibirlo, y es propio del hombre bueno y de la virtud favorecer a otros con buenas obras, más noble resulta hacer el bien a los amigos que a los extranjeros. El hombre bueno tendrá necesidad de amigos a los que prodigarle favores. Y por esto, también se discute si los amigos se necesitan más en los tiempos de prosperidad o de infortunio, casi dando a entender que el que está puesto en adversidad tiene necesidad de amigos que le hagan bien, porque los desdichados requieren de benefactores y, en cambio, quienes se encuentran en la próspera fortuna requieren de amigos a quien favorecer con sus obras. También parece absurdo hacer del hombre afortunado un hombre solitario, puesto que nadie desearía poseer todas las cosas si es a expensas de la soledad, ya que el hombre es un animal social y naturalmente formado para vivir en asociación y en la convivencia.

Esta condición también la hallamos en el hombre feliz, ya que tiene las cosas que son buenas por naturaleza, y está manifiesto que es mejor vivir en compañía de amigos y hombres de bien que en compañía de extraños o con hombres de condiciones diversas. Y por lo que hemos declarado, quien se encuentra en posición de prosperidad también tiene necesidad de amigos.

¿Qué quieren decir aquellos primeros que hemos mencionado o qué dicen en verdad? ¿Será que la mayoría llama amigos a quienes les reportan algún provecho? Porque de estos amigos, por cierto, el hombre feliz no tiene ninguna necesidad ya que, en sí mismo, tiene todos los bienes. Y tampoco tendrá necesidad de los amigos por causa del placer, porque como la vida del hombre feliz es afortunada y apacible no necesita deleites extraños. Como no tiene necesidad de tales amigos cree, entonces, no necesitar amigos. Pero por cierto, esto no es verdad, y a las cosas propias también se las considera dentro de las cosas apacibles, y si más fácilmente podemos contemplar a nuestros amigos que a nosotros mismos y los hechos de ellos más fácilmente que los nuestros, los hechos de los buenos siendo amigos resultarán, por cierto, a los buenos apacibles (porque unos y otros tienen cosas que son naturalmente deleitosas); se infiere de aquí que el hombre próspero y bien afortunado tendrá necesidad de amigos semejantes, porque le complace contemplar tanto los hechos propios como los buenos hechos. Así serán los hechos del hombre bueno siendo su amigo. Además, todos acuerdan en que el hombre feliz ha de vivir una vida agradable, pero que el solitario lleva una vida trabajosa, porque es algo muy difícil, estando a solas, ejercitarse en una actividad continua; pero en compañía de otros y para con otros, es cosa fácil.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Bienhechores y favorecidos


Aparentemente, los benefactores aman más a quienes favorecen con sus obras de lo que estos últimos aman a los que los han favorecido. Este hecho resulta algo paradójico. La mayor parte supone que su razón reside en que unos son deudores y los otros acreedores. Del mismo modo que cuando nos referimos a los préstamos, los deudores aspiran a que sus acreedores desaparezcan de la tierra, mientras que los acreedores cuidan por la salvaguardia de los deudores; también, quienes han hecho favores a otros desean que éstos vivan para recibir de ellos las recompensas; mientras quienes las han recibido no tienen mucho cuidado en corresponderlos. Epicarmo diría que quienes así opinan lo hacen sólo considerando lo malo, pero ese comportamiento parece estar conforme con la condición humana, puesto que la mayoría de los hombres son olvidadizos y más desean recibir buenas obras que hacerlas.

Asimismo, puede pensarse que la causa de esto reside en la naturaleza misma de las cosas y que no existe relación alguna con aquellos que prestan dinero. En éstos no hay afecciones, sino que pretenden la salvación de los otros con miras a cobrar la deuda; mientras que los benefactores quieren bien y aman a los que las recibieron, aunque de parte de ellos no reciban ningún provecho en el presente ni tampoco en tiempos venideros. Esto mismo parece ocurrir con los artistas; en efecto, todos aman su propia obra más de lo que ésta los amaría, si ella fuera algo animado. Y esto sucede de una manera más señalada en los poetas, que aman de un modo extraordinario sus composiciones con la misma afición que los padres aman a sus hijos. Tal parece ocurrir con los benefactores, porque el que recibe los favores es como si fuera una obra de ellos y así, el benefactor ama más a su obra que la obra a su hacedor. La causa de esto reside en que la existencia constituye el objeto de elección y de amor, porque ella consiste en el ejercicio de obrar; el vivir y el obrar es lo que preserva nuestra existencia (por ejemplo, el hecho de vivir y actuar). Y la obra, en cierta medida es el creador en acto y, por esto mismo, el creador ama su obra porque ama también la existencia.

Además de esto, para el benefactor, es noble todo lo que tiene que ver con su obra, de modo que se complace en las personas que resultar ser el objeto de su acción; mientras que para el favorecido, nada hay de noble en estas acciones, excepto la utilidad que le reporta y lo útil resulta ser siempre menos amable y placentero. La obra del que practica la actividad es algo permanente (ya que lo noble es lo duradero) mientras que la utilidad del que la recibe se desvanece con rapidez. Si la evocación de lo que es noble es grata, el recuerdo de lo útil no lo es; y si acaso suele serlo, no lo es en gran medida; lo contrario ocurre, en cambio, con la esperanza.

Asimismo, querer se aproxima en mucho a una actividad, mientras que ser querido se asemeja más a una pasividad; precisamente, en los hombres activos es donde más se manifiesta la amistad y las cosas referidas al amor. Por otro lado, la mayoría de los hombres muestran más aprecio hacia las cosas que han costado mucho trabajo obtener; del mismo modo que se aprecia más el dinero que se ha ganado que el que se hereda; porque recibir obras de otros no cuesta trabajo ni es penoso; mientras que hacerlas cuesta mucho.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Amistad entre iguales


Las [amistades] que se fundan sólo en el provecho se hallan expuestas a quejas y reprensiones o, al menos, en una mayor medida que en las otras formas de amistad. Esto es razonable porque los que fundan su amistad en la virtud están dispuestos a procurar el bien los unos a los otros, porque éste es el ejercicio propio de este tipo de amistad.

Aunque en este favorecerse el uno al otro suelen rivalizar en ocasiones, sin embargo, no están expuestos a quejas ni a contiendas, porque nadie se enfada con quien lo quiere bien y lo beneficia, sino que, si es agradecido, procura devolverle el bien. El que aventaja al otro en procurarle un bien y alcanza así lo que deseaba, no se quejará por eso de su amigo, porque uno y otro apetecen lo que es bueno. Tampoco se encuentran muchas quejas en aquella amistad que se funda en el placer, puesto que los involucrados alcanzan lo que desean si se complacen en el trato recíproco; resultaría absurdo que alguien se quejara de otro si no le causa placer su compañía, ya que está en su mano no convivir con él.

Por el contrario, la amistad que se funda en el provecho está muy expuesta a quejas, porque como se sirven uno del otro en razón de los beneficios, siempre tienen necesidad de más y les parece que tienen menos de lo que habrían menester y se quejan de no haber alcanzado todo lo que habrían necesitado, siendo merecedores de ello; y aquellos que prodigan los favores se sienten incapaces de cumplir con las necesidades de quienes lo solicitan.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Naturaleza de la amistad


Consideraremos la amistad porque es una virtud, o, al menos, está acompañada de virtud y es necesaria para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque dispusiera en abundancia de todos los demás bienes. Los ricos y los que ejercen el gobierno del mundo parecen tener mayor necesidad de amigos, porque ¿de qué sirve semejante prosperidad si no se acompaña de hacer el bien, lo cual, principalmente y de la forma más elogiable, se ejercita con los amigos? ¿O cómo se podría salvaguardar y preservar semejante estado sin amigos? Porque cuanto mayor es la prosperidad, a mayores peligros queda sujeta; y en el estado de la pobreza y en las demás desdichas todos tienen por seguro y cierto el refugio en los amigos.

Los jóvenes tienen necesidad de amigos para no errar en las cosas; los viejos, para tener quien los asista y supla lo que ellos, por su debilidad, no pueden hacer por sí mismos; y los de mediana edad, para las acciones ilustres, porque yendo dos marchando en compañía, como dice Homero, mejor podrán entender las cosas y actuar.
Aristóteles, Ética a Nicómaco

lunes, 22 de febrero de 2010

Sobre la libertad (III)


La llamada moral cristiana tiene todos los caracteres de una reacción; en gran parte es una protesta contra el paganismo. Su ideal es negativo más bien que positivo, pasivo más que activo, se propone más la inocencia que la grandeza, más la abstinencia del mal que la búsqueda esforzada del bien; en sus preceptos, como se ha dicho muy bien, el "no harás" domina con exceso al "debes hacer". En su horror a la sensualidad ha hecho un ídolo del ascetismo, y después, por un compromiso gradual, de la legalidad. Tiene por móviles de una vida virtuosa la esperanza del cielo y el temor al infierno; queda en esto muy por debajo de los sabios de la antigüedad, y hace lo preciso para dar a la moral humana un carácter esencialmente egoísta, separando los sentimientos del deber en cada hombre de los intereses de sus semejantes, excepto cuando un motivo egoísta lleva a tomarlos en consideración.

Es esencialmente una doctrina de obediencia pasiva; inculca la sumisión a todas las autoridades constituidas; en verdad, no se las debe obedecer de un modo activo cuando ellas ordenan lo que la religión prohíbe, pero no se debe resistir su mandato, y menos aún rebelarse contra ellas, por injustas que sean. En tanto que, en la moral de las mejores naciones paganas, los deberes del ciudadano hacia el Estado ocupan un lugar desproporcionado y minan el terreno de la libertad individual, en la pura moral cristiana apenas se menciona o reconoce gran porción de nuestros deberes. En el Corán, y no en el Nuevo Testamento, es donde leemos esta máxima: "Cuando un gobernante designa a un hombre para el empleo, habiendo en el Estado otro hombre más capaz que él para desempeñarlo, este gobernante peca contra Dios y contra el Estado". Si la idea de obligación hacia el público ha llegado a imponerse en la moral moderna, sus raíces hay que buscarlas entre los griegos y los romanos, no en el cristianismo. Del mismo modo, lo que podamos encontrar, en la moral privada, de magnanimidad, de elevación de espíritu, de dignidad personal, yo diría también de sentido del honor, proviene, no de la parte religiosa, sino de la parte puramente humana de nuestra educación, y jamás hubiera podido ser el fruto de una doctrina moral que no concede valor más que a la obediencia.

Ningún servicio se presta a la verdad con olvidar el hecho, bien conocido aún por aquellos que sólo conocen superficialmente de historia literaria, de que gran parte de la enseñanza moral más noble y más elevada ha sido obra, no solamente de hombres que no conocían la fe cristiana, sino de hombres que la conocían y la rechazaban.

Los hombres no obran mal porque sus deseos sean ardientes, sino por debilidad de conciencia. No existe ninguna relación natural entre los impulsos fuertes y una conciencia débil. La relación natural es de otra clase. Decir que los sentimientos y los deseos de una persona son más fuertes y más diversos que los de otra, no supone más que afirmar que aquella posee mayor dosis de materia prima de naturaleza humana, y que, en consecuencia, será capaz de quizá de mayor cantidad de mal y también de mayor cantidad de bien. Los impulsos fuertes no son otra cosa que energía humana con otro nombre, eso es todo. La energía, naturalmente, puede ser empleada en el mal, pero una naturaleza enérgica será siempre más capaz para el bien que otra que sea indolente y apática. Aquellos que cuentan con un mayor número de sentimientos naturales son también los que pueden desarrollar en mayor grado sentimientos cultivados. Las mismas fuertes susceptibilidades que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud, del más estricto dominio de uno mismo. Cultivándolas, la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con que se hacen los héroes. Se suele decir que una persona tiene carácter cuando sus deseos e impulsos le pertenecen en propiedad, cuando son expresión de su propia naturaleza, tal como la ha desarrollado y modificado por su propia cultura.

Un ser humano que no tenga ni deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor. Si, por el contrario, un hombre con impulsos fuertes, los mantiene bajo control de una voluntad poderosa, ese hombre posee un carácter enérgico. Quien quiera que piense que no debe fomentarse la individualidad de deseos e impulsos, deberá sostener, del mismo modo, que la sociedad no tiene necesidad de naturalezas fuertes, que no es mejor por el hecho de contener en su seno un gran número de personas con carácter, y que no es deseable el que hombres de tipo medio posean gran cantidad de energía.

De esa forma el espíritu humano se curva bajo el peso del yugo; incluso en las cosas que los hombres hacen por puro placer, la conformidad con la costumbre es su primer pensamiento; su elección recae siempre sobre las cosas que se hacen siguiendo lo acostumbrado; se evita, como si fuera un crimen, toda singularidad de gusto, cualquier originalidad de conducta, si bien, a fuerza de no seguir el dictamen de su modo natural de ser, no posean ya ningún modo de ser que seguir; sus humanas capacidades se resecan y agotan así: quedan los hombres incapacitados para sentir ningún vivo deseo, ningún placer natural; no poseen ya generalmente ni opiniones ni deseos que les sean propios. Entonces, ¿puede esto pasar por una sana condición de las cosas humanas?

John Stuart Mill, Sobre la libertad

Sobre la libertad (II)


Cuando ha pasado una creencia al estado de hereditaria y se la recibe pasiva y no activamente, cuando ya no se encuentra obligado el espíritu, con igual fuerza que al principio, a concentrar todas sus facultades en las cuestiones que ella le sugiere, se tiene una tendencia creciente a no retener más que las fórmulas de la creencia o a concederle un asentimiento inerte e indiferente, como si el mero hecho de aceptarla como materia de fe dispensara de albergarla en la conciencia o de comprobarla mediante la experiencia personal, llegando por fin un momento en que casi desaparece toda relación entre la creencia y la vida interior del ser humano. Se ve, entonces, lo que es casi general hoy día, que la creencia religiosa queda constreñida al exterior del espíritu, enquistada, petrificada contra todas las influencias que se dirigen a las partes más elevadas de nuestra naturaleza, y manifiesta su poder impidiendo que toda nueva y viva convicción penetre en ella, sin hacer por la mente y el corazón otra cosa que montar la guardia a fin de mantenerlos vacíos.

Cuando se observa como profesa el cristianismo la mayoría de sus fieles, se llega a pensar que doctrinas capaces de producir la más profunda impresión en el alma pueden permanecer como creencias muertas, sin que jamás las comprendan la imaginación, los sentimientos o el entendimiento. Entiendo aquí por cristianismo lo que consideran como tal todas las iglesias y todas las sectas; las máximas y los preceptos contenidos en el Nuevo Testamento. Todos los cristianos profesos las consideran como sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, es la pura verdad, no hay quizá un cristiano entre mil que dirija o que juzgue su conducta individual según estas leyes. La norma a que cada uno de ellos se atiene es la costumbre de su nación, de su clase o de su secta religiosa. Así, de un lado, hay una colección de máximas morales que la sabiduría divina, según él, ha querido transmitirle como regla de conducta; y de otro, un conjunto de juicios y de prácticas rutinarios que se compaginan bastante bien con algunas de esas máximas, menos bien con algunas otras, que se oponen directamente a otras, y que en suma constituyen un compromiso entre las creencias cristianas y los intereses y las incitaciones de la vida mundana. A las primeras debe el cristiano su culto; a los segundos, su obediencia verdadera.

En el sentido de la fe viva que determina la conducta a seguir, sólo creen en tales doctrinas hasta el punto que se acostumbra a obrar de acuerdo con ellas. Las doctrinas, en su integridad, sirven para acallar a los adversarios, y se comprende que sean propuestas (en tanto que sea posible) como los verdaderos motivos de todo aquello que hacen los hombres dignos de alabanza. Pero si alguien les recordase que tales máximas requieren una multitud de cosas que jamás piensan ejecutar, ese alguien no ganaría con ello más que el ser clasificado entre esa clase impopular de gentes que afectan ser mejores que los demás. No tienen las doctrinas nada que hacer con los creyentes ordinarios, ni poseen ningún poder sobre sus mentes. Tienen ellos un respeto habitual para el sonido de las palabras que las enuncian, pero carecen del sentimiento que penetra en el fondo de las cosas y que fuerza al espíritu a tomarlas en consideración; y obran conforme a fórmulas. Siempre que de conducta se trata, los hombres dirigen la mirada en derrededor suyo para saber hasta qué punto deben obedecer a Cristo. Un autor contemporáneo ha descrito muy bien el profundo sueño de la opinión establecida.
John Stuart Mill, Sobre la libertad

Sobre la libertad

La sociedad puede ejecutar, y ejecuta de hecho, sus propios decretos; y si ella dicta decretos imperfectos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no se debería mezclar, ejerce entonces una tiranía social mucho más formidable que la opresión legal; pues, si bien esta tiranía no tiene a su servicio tan fuertes sanciones, deja, en cambio, menos medios de evasión; pues penetra mucho más a fondo en los detalles de la vida, llegando hasta a encadenar el alma. No basta, pues, con una simple protección contra la tiranía del magistrado. Se requiere, además, protección contra la tiranía de las opiniones y pasiones dominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer como reglas de conducta sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas, empleando para ello medios que no son precisamente las penas civiles; contra su tendencia a obstruir el desarrollo e impedir, en lo posible, la formación de individualidades diferentes, y a modelar, en fin, los caracteres con el troquel del suyo propio. Existe un límite para la acción legítima de la opinión colectiva sobre la independencia individual: encontrar este límite y defenderlo contra toda usurpación es tan indispensable para la buena marcha de las cosas humanas como la protección contra el despotismo político.

Tal estado de cosas supone que la mayoría de los espíritus activos y curiosos consideran que es prudente guardar, dentro de sí mismos, los verdaderos motivos y los principios generales de sus convicciones, y que es prudente esforzarse, cuando hablan en público, por adaptar en lo posible su manera de pensar a premisas que ellos rechazan interiormente; todo lo cual no puede producir esos caracteres francos y valientes, esas inteligencias consistentes y lógicas que adornaron en otro tiempo el mundo del pensamiento. Ésta es la especie de hombre que se puede esperar, bajo semejante régimen: o puros esclavos del lugar común, o servidores circunspectos de la verdad, cuyos argumentos sobre las grandes cuestiones serán los que convengan a las características de su auditorio, sin que sean precisamente los que llevan grabados en su pensamiento. Los hombres que evitan esta alternativa procuran limitar su pensamiento y su interés a aquellas cosas de las cuales se puede hablar sin aventurarse en la región de los principios; es decir, se limitan a un pequeño número de materias prácticas que se arreglarían por si mismas con tal de que la inteligencia humana tomara fuerza y se extendiese, pero que no se arreglarán jamás en tanto que se tenga abandonado lo que da fuerza y alas al espíritu humano, el libre y valiente examen de los problemas más importantes.

Allí donde se ha convenido tácitamente que los principios no deben ser discutidos; allí donde la discusión de los grandes problemas que pueden ocupar a la humanidad se ha considerado como terminada, allí, digo, no debemos esperar que se encuentre en un grado intelectual elevado esa actividad que ha hecho tan brillantes a algunas épocas de la historia. Jamás se ha conmovido hasta su más íntimo ser el espíritu de un pueblo, ni se ha dado el impulso necesario para elevar a los hombres de inteligencia más común hasta la máxima dignidad de los seres que piensan, allí donde se ha procurado no discutir problemas vastos y lo suficientemente importantes como para producir el entusiasmo de las gentes.

En general, las opiniones contrarias a las tradicionales sólo llegan a hacerse escuchar si emplean un lenguaje de una moderación estudiada y evitan con sumo cuidado cualquier ofensa inútil; no pueden desviarse de esta línea de conducta, ni aún en el menor grado, sin que con ello pierdan terreno; mientras que, por el contrario, los denuestos dirigidos desde el lado de la opinión tradicional a los que sustentan opiniones contrarias apartan realmente a los hombres de esas últimas y de escuchar a quienes las profesan.
John Stuart Mill, Sobre la libertad

viernes, 19 de febrero de 2010

Dichos vaticanos


El amor al dinero, si es ganado injustamente, es impío, y si es ganado justamente es vergonzoso; pues es inapropiado ser avaro aún con la justicia de nuestro lado.

El sabio que se ha acostumbrado a las necesidades conoce mejor cómo compartir con otros que cómo despojarles, tan grande es el tesoro de autosuficiencia que ha encontrado.

El estudio de la naturaleza no crea hombres acostumbrados a jactarse y parlotear, o que presumen de la cultura para impresionar a la multitud, sino hombres que son fuertes y autónomos, y que se enorgullecen de sus cualidades personales y no en aquellas que dependen de circunstancias externas.

No es la pretensión sino la búsqueda real de la filosofía lo que es necesario; no necesitamos la apariencia de la salud, sino la salud verdadera.

Deberíamos encontrar consuelo para el infortunio en la feliz memoria de lo que ha sucedido, y en el conocimiento de lo que ha sido no puede ser deshecho.

Epicuro, Dichos vaticanos

Doctrinas principales

Algunos hombres y mujeres desean ser famosos y bien conocidos porque piensan que esto hará que sus vidas estén a salvo de riesgos. Si la fama acarrea la seguridad, es bueno y correcto desear ser famoso; pero si una vida famosa trae más problemas que una vida oscura, es tonto desear lo que es realmente malo para nosotros.

La riqueza requerida por la naturaleza es limitada y fácil de procurarse; pero la riqueza requerida por ideales vanos se extiende hasta el infinito.

De todos los medios que la sabiduría adquiere para asegurar la felicidad a lo largo de toda la vida, por lejos el más importante es la amistad.

Epicuro, Doctrinas principales

jueves, 18 de febrero de 2010

Carta a Meneceo

Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven. 

Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir. Debemos meditar, por tanto, sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo poseemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible para obtenerla.

De los deseos, unos son naturales, los otros vanos; y entre los naturales hay algunos que son necesarios y otros tan sólo naturales. De los necesarios, unos son indispensables para conseguir la felicidad; otros, para el bienestar del cuerpo; otros, para la propia vida. De modo que, si los conocemos bien, sabremos relacionar cada elección o cada negativa con la salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo de una vida feliz, y con vistas a él realizamos todos nuestros actos, para no sufrir ni sentir turbación. Tan pronto como lo alcanzamos, cualquier tempestad del alma se serena, y al hombre ya no le queda más que desear ni busca otra cosa para colmar el bien del alma y del cuerpo. Pues el placer lo necesitamos cuando su ausencia nos causa dolor, pero, cuando no experimentamos dolor, tampoco sentimos necesidad de placer. Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor.

Y, puesto que éste es el bien primero y connatural, por ese motivo no elegimos todos los placeres, sino que en ocasiones renunciamos a muchos cuando de ellos se sigue un trastorno aún mayor. Y muchos dolores los consideramos preferibles a los placeres si obtenemos un mayor placer cuanto más tiempo hayamos soportado el dolor. Cada placer, por su propia naturaleza, es un bien, pero no hay que elegirlos todos. De modo similar, todo dolor es un mal, pero no siempre hay que rehuir del dolor. Según las ganancias y los perjuicios hay que juzgar sobre el placer y el dolor, porque algunas veces el bien se torna en mal, y otras veces el mal es un bien.

La autarquía la tenemos por un gran bien, no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que, si no tenemos mucho, con este poco nos baste. Estar acostumbrado a una comida frugal y sin complicaciones es saludable, y ayuda a que el hombre sea diligente en las ocupaciones de la vida; y, si de modo intermitente participamos de una vida más lujosa, nuestra disposición frente a esta clase de vida es mejor y nos mostramos menos temerosos respecto a la suerte.

El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio -de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin ser feliz. Pues las virtudes son connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente se acompaña siempre de virtud. El sabio cree que es mejor guardar la sensatez y ser desafortunado que tener fortuna con insensatez.

Epicuro, Carta a Meneceo

El imperio de la belleza es mayor

De la misma forma que nos paseamos por la naturaleza con curiosidad y satisfacción, tratando de sorprender en cada cosa su belleza particular, como en flagrante delito; de la misma forma que, unas veces con sol y otras veces bajo un cielo de tormenta, nos esforzamos en ver un lugar concreto de la costa, con sus rocas, sus ensenadas, sus pinos y olivares, con su aspecto de perfección y de maestría; así también, digo, deberíamos pasearnos entre los hombres, explorando e interrogando, haciéndoles bien y mal para que se manifieste la belleza que les caracteriza, belleza que en uno está llena de sol, en otro es tormentosa y en un tercero se muestra a media luz y bajo un cielo lluvioso. ¿Es que no se puede gozar ante un hombre malo, como se goza ante un paisaje salvaje que tiene sus propias líneas atrevidas y sus efectos de luz, cuando ese mismo hombre, en cuanto se le toma por bueno y conforme a la ley, aparece a nuestra vista como un dibujo equivocado, como una caricatura, y nos hace sufrir como una mancha de la naturaleza? Bien es cierto que esto está prohibido, pues hasta hoy se ha pensado que lo único lícito es buscar la belleza en lo moralmente bueno, lo que explica suficientemente que se han descubierto tan pocas cosas y que haya habido que perseguir bellezas imaginarias, que no eran de carne y hueso. Del mismo modo que en los malos se dan cien tipos de felicidad, que los buenos no pueden sospechar, hay en ellos cien clases de belleza, muchas de las cuales todavía están por descubrir.

Friedrich Nietzsche, Aurora

Libre de escepticismo


A: Otros abandonan un escepticismo moral generalizado aburridos y débiles, roídos, carcomidos y medio corroídos, pero yo salgo más valiente y más sano que nunca, con los instintos reconquistados. Cuando corta la brisa, sube la marea y no hay peligros pequeños que vencer, empiezo a sentirme a gusto. No me he convertido en gusano, aunque muchas veces haya tenido que actuar y roer como gusano. B: Si niegas, es porque has dejado de ser escéptico. A: Y por eso mismo he aprendido nuevamente a afirmar.

Friedrich Nietzsche, Aurora

En qué medida ama el pensador a su enemigo


No te ocultes ni te dejes de decir a ti mismo nada de lo que pueda oponerse a tus ideas. Promételo, porque esto forma parte de la honradez que hay que exigir, ante todo, al pensador. También es preciso que hagas diariamente campaña contra ti mismo. Una victoria o la conquista de un reducto no te pertenecen a ti, así como tampoco es cosa tuya la derrota.

Friedrich Nietzsche, Aurora

martes, 16 de febrero de 2010

De la amistad

En la amistad perfecta de la que hablo, los beneficios y ayudas que nutren las otras amistades no entran en cuenta, merced a la plena fusión de las voluntades. Porque así como la amistad que a mí mismo me tengo no aumenta con el socorro que me doy en caso necesario, según dicen los estoicos, y así como no reparo en ningún grado de servicio que me hago, así la unión de dos amigos como los que digo es verdaderamente perfecta, haciéndoles perder el sentimiento de los aludidos deberes, y odiar y rechazar entre ellos las palabras de división y diferencia, como beneficio, obligación, reconocimiento, ruego, gracia, y otras análogas.

Si, en la amistad de que hablo, uno pudiese dar algo al otro, aquél sería quien recibiera el beneficio que obligase a su compañero, porque buscando los dos, más que ninguna otra cosa, al beneficiarse mutuamente, el que presta de ello materia y ocasión es el que obra como liberal, ofreciendo al amigo la satisfacción de efectuar lo que más desee. Cuando el filósofo Diógenes estaba necesitado de dinero, afirmaba, no que lo pedía, sino que lo exigía a sus amigos. Y para mostrar ejemplo de esto citaré otro caso antiguo. El corintio Eudamidas tenía dos amigos: Carixeno y Areteo. Murió Eudamidas pobre, mientras sus amigos eran ricos, e hizo así su testamento: "Lego a Areteo el mantener a mi madre y cuidarla en su vejez; y a Carixeno, el casar a mi hija y darle la mayor dote que pueda. Y en caso de que uno de ellos faltase, lego estas dos obligaciones al que quede". Los que primero vieron el testamento se burlaron; pero, sabiendo los herederos aquella última voluntad, se regocijaron de ella, y habiendo Carixeno muerto cinco días después, sustituyóle, según el testamento, Areteo, quien mantuvo con mucha solicitud a la anciana que le encomendaban y distribuyó por igual su fortuna.

Michel de Montaigne, Ensayos

De la pedantería

Creo que vale más decir que todo el mal viene de la mala manera de estudiar las ciencias, y que, dado el modo que se tiene de instruirnos, no es de maravillar que ni alumnos ni maestros se hagan diestros, aunque se hagan doctos. El cuidado y gasto de nuestros padres no tiende más que a llenarnos la cabeza de ciencia, pero poco de cordura y virtud. Si pasando dos hombres ante nosotros decimos de uno "Es un sabio", y de otro "Es un hombre bueno", todos los respetos y miradas irán al primero. Nos apresuramos a preguntar si éste o aquel saben griego o latín, y si escribe en verso o en prosa; pero de si es hombre de buen o mal juicio, que es lo principal, solemos olvidarnos de interrogarlo. Sólo nos esforzamos en llenar la memoria, dejando vacíos el entendimiento y la conciencia.

Dionisio se burlaba de los gramáticos que, absortos en saber los males de Ulises, ignoran los propios; de los músicos que atemperan sus flautas y no sus costumbres; de los oradores que procuran decir cosas justas y no hacerlas. Si nuestra alma no tiene temple mejor, si nuestro juicio no es más sano, preferible hubiera sido que nuestro preceptor pasara el tiempo jugando con nosotros a la pelota, con lo que nuestro cuerpo, al menos, hubiera ganado agilidad.

Michel de Montaigne, Ensayos

De cómo por medios diversos se llega a un fin semejante

La manera más común de ablandar los corazones de aquellos a quienes hemos ofendido y a cuya merced estamos, por tener ellos en la mano la venganza, suele ser moverlos a conmiseración y piedad mediante nuestra sumisión. Empero, a veces, la resolución, la valentía y la constancia han servido para el mismo efecto.

Uno y otro de estos dos medios me arrastrarían fácilmente, porque siento una maravillosa debilidad por la misericordia y la mansedumbre. Tanto, que creo que preferiría la compasión a la estimación, a pesar de ser la piedad pasión viciosa a juicio de los estoicos, quienes quieren que se socorra a los afligidos, mas no que se comparta su angustia. Cabe decir que entregar el ánimo a la conmiseración es efecto de una fácil sencillez y blandura, por lo que quienes se hallan más proclives a ello son las mujeres, los niños y el vulgo. Pero desdeñar lágrimas y llantos y conmoverse ante la santa imagen de la virtud, es propio de un alma fuerte e inflexible, posesora, en materia de obras y honor, de un vigor varonil y tenaz.

Michel de Montaigne, Ensayos