jueves, 25 de febrero de 2010

El significado de la democracia


Todo el conjunto que forman las palabras de las controversias políticas, a pesar de que cada uno posee un significado definitivo en el diccionario tienen, en el uso, significados que varían según la filiación política del que las emplea y que sólo coinciden en su capacidad para producir violentas emociones. La palabra "libertad" significó, en su origen, principalmente, la ausencia de dominación extranjera; más adelante, vino a querer decir las restricciones al poder real; después, en la época de los "derechos del hombre", equivalió a diferentes consideraciones en las que se creía que todo individuo debería quedar libre de la intervención gubernamental; y, por último, en las manos de Hegel, llegó a ser la "libertad verdadera" que se reducía a poco más que el gracioso permiso de obedecer a la policía. En nuestra época, la palabra "democracia" está experimentando una transformación similar: se utilizó para designar al gobierno que representaba a la mayoría, junto con alguna libertad personal escasa e indefinida; más adelante, llegó a significar las aspiraciones del partido político que representaba a los intereses de los pobres, en razón de que los pobres son, en todas partes, la mayoría. En la etapa siguiente, representó las aspiraciones de los dirigentes de ese partido. Los hombres que se han acostumbrado a oír una palabra determinada, con cierta emoción, durante mucho tiempo, propenden a sentir la misma emoción cuando oyen esa misma palabra, aunque su significado haya cambiado. Una parte de la educación debería estar dedicada, como se hace en la ciencia y en la filosofía científica, a enseñar a los jóvenes el empleo de las palabras, en su significado preciso, y no rodeadas de una vaga neblina emocional.

La experiencia en la práctica de despojar a las palabras de contenido emocional, sustituyéndolo por un significado lógico claro, mantendrá al hombre en una posición firme, cuando desee conservar la cabeza en medio de la inundación de la propaganda excitada. En 1917, Wilson proclamó el gran principio de la autodeterminación, según el cual toda nación tenía derecho a regir sus propios destinos; pero, desgraciadamente, se olvidó de añadir a ese principio la definición de la palabra "nación". ¿Era Irlanda una nación? Claro que sí. ¿Era Ulster una nación? Los protestantes decían que sí y los católicos que no, y el diccionario no decía nada. Hasta hoy la cuestión sigue estando indecisa y las controversias con referencia a ella están sujetas a la influencia de la política de los Estados Unidos en la Gran Bretaña. En Petrogrado cierta casa aislada se proclamó nación, luchando justamente por su libertad y pidiendo al presidente Wilson la concesión de un parlamento independiente. En este caso, sin embargo, se consideró que se iba demasiado lejos. Si el presidente Wilson hubiese tenido una preparación en lógica exacta, habría añadido una nota a pie de página, advirtiendo que una nación debería contener un mínimo determinado de individuos para ser considerada como tal. Pero esto habría introducido arbitrariedad en su principio y le habría despojado de su fuerza retórica.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

La historia como arte


Entro, en mi tema central, que tratará de lo que puede hacer la historia, y de lo que debe hacer, por el lector corriente. No me refiero a lo que pueda hacer la historia por los historiadores; me refiero a la historia considerada como una parte esencial del bagaje intelectual de un espíritu culto. No creemos que la poesía deba ser leída sólo por los poetas o que la música deba ser oída sólo por los compositores. Del mismo modo, la historia no debe ser conocida sólo por los historiadores. Pero se comprende que este tipo de historia, que debe contribuir a nutrir la vida mental de los que no son historiadores, tenga que poseer determinadas cualidades, que no son necesarias en obras de carácter más profesional y, contrariamente, que no necesitar reunir algunos de los requisitos que se exigirían a una monografía erudita. Lo que intentaré explicar -a pesar de que me doy cuenta de su gran dificultad- es lo que creo que, personalmente, he extraído de la lectura de la historia. En primer lugar, y lo que es más importante, algo así como una nueva dimensión para la vida individual, el sentido de ser una gota de agua en el seno de un gran río, en lugar de ser una entidad aislada y rigurosamente delimitada. El hombre cuyas preocupaciones estén limitadas por el corto instante que va desde su nacimiento a su muerte, sufre una visión miope y una estrechez de miras, que no tienen más remedio que rebajar la altura de sus esperanzas y sus deseos. Y, lo que sirve para los individuos, sirve también para la comunidad.

La historia nos hace conscientes de que no existe ninguna finalidad en los asuntos humanos; de que no hay una perfección estática ni una sabiduría inmejorable a la que se pueda aspirar. Por grande que sea la sabiduría que se pueda alcanzar, sólo será un grano de arena en comparación con lo que queda por alcanzar. Por muy queridas que nos sean las creencias que tenemos, incluso las que más importantes nos parezcan, no están destinadas a durara eternamente, y si nos imaginamos que esas creencias encarnan verdades eternas, es muy posible que el futuro se burle de nosotros. La certeza a machacamartillo es uno de los peores males de nuestro mundo actual y es algo de lo que debería curarnos la contemplación de la historia, no sólo, o principalmente, porque nos enseñe que también hubo hombres cuerdos en el pasado, sino porque nos enseña cuanto de lo que se creía cuerdo ha resultado locura; lo que sugiere que mucho de lo que consideramos cuerdo ahora no tendrá mejor destino.

No intento mantener que deberíamos abandonarnos a un escepticismo perezoso. Debemos sustentar nuestras creencias, y sustentarlas con vigor. No se consigue nada grande sin pasión; pero, en la médula de esa pasión, debería haber siempre una amplia concepción impersonal, que atempere los actos que nuestra pasión nos inspire.

Bertrand Russel, Retratos de memoria y otros ensayos

El conocimiento científico y la sabiduría

Me parece que existen varios factores que constituyen la sabiduría. Entre todos ellos, elegiría, en primer lugar, cierto sentido de la proporción: la capacidad de tener en cuenta todos los factores importantes de un problema y de asignar a cada uno la importancia que merece. La búsqueda de conocimiento puede llegar a ser dañina, si no está entremezclada con la sabiduría; y la sabiduría, en el sentido de visión comprensiva, no se encuentra necesariamente en los especialistas.

Ha de existir también cierta conciencia de los fines de la vida humana. Quizás se pudiese ampliar la comprensividad que constituye la sabiduría, para incluir en ella, no sólo al intelecto, sino también al sentimiento. No es raro, de ninguna manera, encontrar hombres cuyos conocimientos son amplios, pero cuyos sentimientos son mezquinos. Semejantes hombres no poseen lo que yo llamo sabiduría.

 La sabiduría es necesaria, no sólo en la vida pública, sino también, igualmente, en la vida privada. Es necesaria para elegir los objetivos que se han de seguir y para desembarazarnos de los prejuicios personales. Incluso un objetivo, que sería noble procurar si fuera realizable, puede ser perseguido sin ninguna sabiduría si, en sí, es imposible de conseguir. 

Creo que la esencia de la sabiduría consiste en emanciparse, en la medida de lo posible, de la tiranía del aquí y del ahora. No podemos evitar el egoísmo de nuestros sentidos. El ver, el oír y el tocar están ligados a nuestros propios cuerpos y no pueden ser impersonales. Nuestras emociones, asimismo, arrancan de nosotros mismos. Un niño siente hambre, e incomodidad, y no le afecta nada aparte de sus propias condiciones físicas. Gradualmente, con los años, su horizonte se amplía y, en la medida en que sus pensamientos y sus sentimientos van haciéndose menos personales y menos relacionados con su inmediato estado físico, van consiguiendo adquirir sabiduría. Naturalmente, esto es una cuestión de aproximación. Nadie es capaz de concebir el mundo con plena imparcialidad. Pero es posible llegar a aproximarse, continuamente, a la imparcialidad: conociendo, por un lado, cosas algo alejadas en el tiempo o en el espacio, y concediendo, por otro, a tales cosas su debida importancia en nuestros sentimientos. Es esta aproximación hacia la imparcialidad lo que constituye el desarrollo de la sabiduría.

¿Puede ser enseñada la sabiduría, en este sentido? Y, si puede ser enseñada, ¿debería convertirse su enseñanza en uno de los objetivos de la educación? Yo contestaría a ambas preguntas afirmativamente. Los domingos, se nos dice que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Los otros seis días de la semana, se nos exhorta a odiarle. Se puede creer que es justo odiar a los que hacen daño. Yo no lo creo así. El odio al mal es, en sí mismo, una especie de sometimiento al mal. La solución estriba en la comprensión, no en el odio. No estoy proponiendo la pasividad. Pero sí digo que la resistencia, si ha de ser eficaz para impedir la extensión del mal, debería estar compuesta por la mayor dosis posible de comprensión y por la menor dosis posible de fuerza, que sea compatible con la conservación de todo lo bueno que deseamos conservar.

 Por lo general, se coacciona con el razonamiento de que el punto de vista que yo defiendo es incompatible con la energía que requiere la acción. No creo que la historia dé la razón a esas opiniones. La reina Isabel I de Inglaterra y Enrique IV de Francia vivieron en un mundo en el que casi todos fueron fanáticos, tanto en el bando protestante como en el católico. Ambos se mantuvieron libres de los errores de su época y ambos, por esa razón, se beneficiaron y no cayeron, ciertamente, en la ineficacia.

 He dicho que, en parte, puede enseñarse la sabiduría. Me parece que esta enseñanza debería tener elementos intelectuales más amplios que la educación moral, o lo que se nos enseña como tal, a que estamos acostumbrados. No creo que el conocimiento técnico y la moral deban estar demasiado distantes. Es cierto que el tipo de conocimiento especializado que exigen las diversas técnicas, tiene muy poco que ver con la sabiduría. Pero éste debería ser completado, en la educación, con estudios más amplios, encaminados a situar ese conocimiento especializado en su lugar, dentro de la totalidad de las actividades humanas. Incluso los mejores técnicos deberían ser buenos ciudadanos; y, al decir "ciudadanos", me refiero a ciudadanos del mundo y no ciudadanos de esta o aquella secta o nación. A cada incremento de conocimiento y técnica, se hace más necesaria la sabiduría; pues cada uno de nuestros incrementos aumentan nuestra capacidad para llevar a cabo nuestros propósitos, y, por consiguiente, aumentan también nuestra capacidad para el mal, en el caso de que nuestros propósitos sean insensatos.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

martes, 23 de febrero de 2010

La amistad, necesaria para la felicidad


Suele discutirse también si el hombre feliz tiene necesidad o no de amigos, porque dicen algunos que los prósperos y bien afortunados se bastan a sí mismos, y que por esta razón no tienen esa necesidad, ya que poseen todos los bienes que pueden desear; bastándose a sí mismos, no tienen necesidad de ninguna otra cosa, mientras que el amigo, que es nuestro otro ser, provee a un hombre lo que éste no puede proveerse por propio esfuerzo. Y por esto dicen comúnmente: "Cuando Dios da bienes, qué necesidad hay de amigos".

Sin embargo, resulta absurdo atribuirle al hombre afortunado todos los bienes y que se le quiten los amigos, cuando éstos parecen constituir el mayor de los bienes exteriores. Porque si la mayor perfección de la amistad reside en hacer el bien más que en recibirlo, y es propio del hombre bueno y de la virtud favorecer a otros con buenas obras, más noble resulta hacer el bien a los amigos que a los extranjeros. El hombre bueno tendrá necesidad de amigos a los que prodigarle favores. Y por esto, también se discute si los amigos se necesitan más en los tiempos de prosperidad o de infortunio, casi dando a entender que el que está puesto en adversidad tiene necesidad de amigos que le hagan bien, porque los desdichados requieren de benefactores y, en cambio, quienes se encuentran en la próspera fortuna requieren de amigos a quien favorecer con sus obras. También parece absurdo hacer del hombre afortunado un hombre solitario, puesto que nadie desearía poseer todas las cosas si es a expensas de la soledad, ya que el hombre es un animal social y naturalmente formado para vivir en asociación y en la convivencia.

Esta condición también la hallamos en el hombre feliz, ya que tiene las cosas que son buenas por naturaleza, y está manifiesto que es mejor vivir en compañía de amigos y hombres de bien que en compañía de extraños o con hombres de condiciones diversas. Y por lo que hemos declarado, quien se encuentra en posición de prosperidad también tiene necesidad de amigos.

¿Qué quieren decir aquellos primeros que hemos mencionado o qué dicen en verdad? ¿Será que la mayoría llama amigos a quienes les reportan algún provecho? Porque de estos amigos, por cierto, el hombre feliz no tiene ninguna necesidad ya que, en sí mismo, tiene todos los bienes. Y tampoco tendrá necesidad de los amigos por causa del placer, porque como la vida del hombre feliz es afortunada y apacible no necesita deleites extraños. Como no tiene necesidad de tales amigos cree, entonces, no necesitar amigos. Pero por cierto, esto no es verdad, y a las cosas propias también se las considera dentro de las cosas apacibles, y si más fácilmente podemos contemplar a nuestros amigos que a nosotros mismos y los hechos de ellos más fácilmente que los nuestros, los hechos de los buenos siendo amigos resultarán, por cierto, a los buenos apacibles (porque unos y otros tienen cosas que son naturalmente deleitosas); se infiere de aquí que el hombre próspero y bien afortunado tendrá necesidad de amigos semejantes, porque le complace contemplar tanto los hechos propios como los buenos hechos. Así serán los hechos del hombre bueno siendo su amigo. Además, todos acuerdan en que el hombre feliz ha de vivir una vida agradable, pero que el solitario lleva una vida trabajosa, porque es algo muy difícil, estando a solas, ejercitarse en una actividad continua; pero en compañía de otros y para con otros, es cosa fácil.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Bienhechores y favorecidos


Aparentemente, los benefactores aman más a quienes favorecen con sus obras de lo que estos últimos aman a los que los han favorecido. Este hecho resulta algo paradójico. La mayor parte supone que su razón reside en que unos son deudores y los otros acreedores. Del mismo modo que cuando nos referimos a los préstamos, los deudores aspiran a que sus acreedores desaparezcan de la tierra, mientras que los acreedores cuidan por la salvaguardia de los deudores; también, quienes han hecho favores a otros desean que éstos vivan para recibir de ellos las recompensas; mientras quienes las han recibido no tienen mucho cuidado en corresponderlos. Epicarmo diría que quienes así opinan lo hacen sólo considerando lo malo, pero ese comportamiento parece estar conforme con la condición humana, puesto que la mayoría de los hombres son olvidadizos y más desean recibir buenas obras que hacerlas.

Asimismo, puede pensarse que la causa de esto reside en la naturaleza misma de las cosas y que no existe relación alguna con aquellos que prestan dinero. En éstos no hay afecciones, sino que pretenden la salvación de los otros con miras a cobrar la deuda; mientras que los benefactores quieren bien y aman a los que las recibieron, aunque de parte de ellos no reciban ningún provecho en el presente ni tampoco en tiempos venideros. Esto mismo parece ocurrir con los artistas; en efecto, todos aman su propia obra más de lo que ésta los amaría, si ella fuera algo animado. Y esto sucede de una manera más señalada en los poetas, que aman de un modo extraordinario sus composiciones con la misma afición que los padres aman a sus hijos. Tal parece ocurrir con los benefactores, porque el que recibe los favores es como si fuera una obra de ellos y así, el benefactor ama más a su obra que la obra a su hacedor. La causa de esto reside en que la existencia constituye el objeto de elección y de amor, porque ella consiste en el ejercicio de obrar; el vivir y el obrar es lo que preserva nuestra existencia (por ejemplo, el hecho de vivir y actuar). Y la obra, en cierta medida es el creador en acto y, por esto mismo, el creador ama su obra porque ama también la existencia.

Además de esto, para el benefactor, es noble todo lo que tiene que ver con su obra, de modo que se complace en las personas que resultar ser el objeto de su acción; mientras que para el favorecido, nada hay de noble en estas acciones, excepto la utilidad que le reporta y lo útil resulta ser siempre menos amable y placentero. La obra del que practica la actividad es algo permanente (ya que lo noble es lo duradero) mientras que la utilidad del que la recibe se desvanece con rapidez. Si la evocación de lo que es noble es grata, el recuerdo de lo útil no lo es; y si acaso suele serlo, no lo es en gran medida; lo contrario ocurre, en cambio, con la esperanza.

Asimismo, querer se aproxima en mucho a una actividad, mientras que ser querido se asemeja más a una pasividad; precisamente, en los hombres activos es donde más se manifiesta la amistad y las cosas referidas al amor. Por otro lado, la mayoría de los hombres muestran más aprecio hacia las cosas que han costado mucho trabajo obtener; del mismo modo que se aprecia más el dinero que se ha ganado que el que se hereda; porque recibir obras de otros no cuesta trabajo ni es penoso; mientras que hacerlas cuesta mucho.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Amistad entre iguales


Las [amistades] que se fundan sólo en el provecho se hallan expuestas a quejas y reprensiones o, al menos, en una mayor medida que en las otras formas de amistad. Esto es razonable porque los que fundan su amistad en la virtud están dispuestos a procurar el bien los unos a los otros, porque éste es el ejercicio propio de este tipo de amistad.

Aunque en este favorecerse el uno al otro suelen rivalizar en ocasiones, sin embargo, no están expuestos a quejas ni a contiendas, porque nadie se enfada con quien lo quiere bien y lo beneficia, sino que, si es agradecido, procura devolverle el bien. El que aventaja al otro en procurarle un bien y alcanza así lo que deseaba, no se quejará por eso de su amigo, porque uno y otro apetecen lo que es bueno. Tampoco se encuentran muchas quejas en aquella amistad que se funda en el placer, puesto que los involucrados alcanzan lo que desean si se complacen en el trato recíproco; resultaría absurdo que alguien se quejara de otro si no le causa placer su compañía, ya que está en su mano no convivir con él.

Por el contrario, la amistad que se funda en el provecho está muy expuesta a quejas, porque como se sirven uno del otro en razón de los beneficios, siempre tienen necesidad de más y les parece que tienen menos de lo que habrían menester y se quejan de no haber alcanzado todo lo que habrían necesitado, siendo merecedores de ello; y aquellos que prodigan los favores se sienten incapaces de cumplir con las necesidades de quienes lo solicitan.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Naturaleza de la amistad


Consideraremos la amistad porque es una virtud, o, al menos, está acompañada de virtud y es necesaria para la vida. Sin amigos nadie querría vivir, aunque dispusiera en abundancia de todos los demás bienes. Los ricos y los que ejercen el gobierno del mundo parecen tener mayor necesidad de amigos, porque ¿de qué sirve semejante prosperidad si no se acompaña de hacer el bien, lo cual, principalmente y de la forma más elogiable, se ejercita con los amigos? ¿O cómo se podría salvaguardar y preservar semejante estado sin amigos? Porque cuanto mayor es la prosperidad, a mayores peligros queda sujeta; y en el estado de la pobreza y en las demás desdichas todos tienen por seguro y cierto el refugio en los amigos.

Los jóvenes tienen necesidad de amigos para no errar en las cosas; los viejos, para tener quien los asista y supla lo que ellos, por su debilidad, no pueden hacer por sí mismos; y los de mediana edad, para las acciones ilustres, porque yendo dos marchando en compañía, como dice Homero, mejor podrán entender las cosas y actuar.
Aristóteles, Ética a Nicómaco

lunes, 22 de febrero de 2010

Sobre la libertad (III)


La llamada moral cristiana tiene todos los caracteres de una reacción; en gran parte es una protesta contra el paganismo. Su ideal es negativo más bien que positivo, pasivo más que activo, se propone más la inocencia que la grandeza, más la abstinencia del mal que la búsqueda esforzada del bien; en sus preceptos, como se ha dicho muy bien, el "no harás" domina con exceso al "debes hacer". En su horror a la sensualidad ha hecho un ídolo del ascetismo, y después, por un compromiso gradual, de la legalidad. Tiene por móviles de una vida virtuosa la esperanza del cielo y el temor al infierno; queda en esto muy por debajo de los sabios de la antigüedad, y hace lo preciso para dar a la moral humana un carácter esencialmente egoísta, separando los sentimientos del deber en cada hombre de los intereses de sus semejantes, excepto cuando un motivo egoísta lleva a tomarlos en consideración.

Es esencialmente una doctrina de obediencia pasiva; inculca la sumisión a todas las autoridades constituidas; en verdad, no se las debe obedecer de un modo activo cuando ellas ordenan lo que la religión prohíbe, pero no se debe resistir su mandato, y menos aún rebelarse contra ellas, por injustas que sean. En tanto que, en la moral de las mejores naciones paganas, los deberes del ciudadano hacia el Estado ocupan un lugar desproporcionado y minan el terreno de la libertad individual, en la pura moral cristiana apenas se menciona o reconoce gran porción de nuestros deberes. En el Corán, y no en el Nuevo Testamento, es donde leemos esta máxima: "Cuando un gobernante designa a un hombre para el empleo, habiendo en el Estado otro hombre más capaz que él para desempeñarlo, este gobernante peca contra Dios y contra el Estado". Si la idea de obligación hacia el público ha llegado a imponerse en la moral moderna, sus raíces hay que buscarlas entre los griegos y los romanos, no en el cristianismo. Del mismo modo, lo que podamos encontrar, en la moral privada, de magnanimidad, de elevación de espíritu, de dignidad personal, yo diría también de sentido del honor, proviene, no de la parte religiosa, sino de la parte puramente humana de nuestra educación, y jamás hubiera podido ser el fruto de una doctrina moral que no concede valor más que a la obediencia.

Ningún servicio se presta a la verdad con olvidar el hecho, bien conocido aún por aquellos que sólo conocen superficialmente de historia literaria, de que gran parte de la enseñanza moral más noble y más elevada ha sido obra, no solamente de hombres que no conocían la fe cristiana, sino de hombres que la conocían y la rechazaban.

Los hombres no obran mal porque sus deseos sean ardientes, sino por debilidad de conciencia. No existe ninguna relación natural entre los impulsos fuertes y una conciencia débil. La relación natural es de otra clase. Decir que los sentimientos y los deseos de una persona son más fuertes y más diversos que los de otra, no supone más que afirmar que aquella posee mayor dosis de materia prima de naturaleza humana, y que, en consecuencia, será capaz de quizá de mayor cantidad de mal y también de mayor cantidad de bien. Los impulsos fuertes no son otra cosa que energía humana con otro nombre, eso es todo. La energía, naturalmente, puede ser empleada en el mal, pero una naturaleza enérgica será siempre más capaz para el bien que otra que sea indolente y apática. Aquellos que cuentan con un mayor número de sentimientos naturales son también los que pueden desarrollar en mayor grado sentimientos cultivados. Las mismas fuertes susceptibilidades que hacen vivos y poderosos los impulsos personales son también la fuente del más apasionado amor de la virtud, del más estricto dominio de uno mismo. Cultivándolas, la sociedad cumple con su deber y protege sus intereses; no lo cumple cuando desecha la madera con que se hacen los héroes. Se suele decir que una persona tiene carácter cuando sus deseos e impulsos le pertenecen en propiedad, cuando son expresión de su propia naturaleza, tal como la ha desarrollado y modificado por su propia cultura.

Un ser humano que no tenga ni deseos ni impulsos no posee más carácter que una máquina de vapor. Si, por el contrario, un hombre con impulsos fuertes, los mantiene bajo control de una voluntad poderosa, ese hombre posee un carácter enérgico. Quien quiera que piense que no debe fomentarse la individualidad de deseos e impulsos, deberá sostener, del mismo modo, que la sociedad no tiene necesidad de naturalezas fuertes, que no es mejor por el hecho de contener en su seno un gran número de personas con carácter, y que no es deseable el que hombres de tipo medio posean gran cantidad de energía.

De esa forma el espíritu humano se curva bajo el peso del yugo; incluso en las cosas que los hombres hacen por puro placer, la conformidad con la costumbre es su primer pensamiento; su elección recae siempre sobre las cosas que se hacen siguiendo lo acostumbrado; se evita, como si fuera un crimen, toda singularidad de gusto, cualquier originalidad de conducta, si bien, a fuerza de no seguir el dictamen de su modo natural de ser, no posean ya ningún modo de ser que seguir; sus humanas capacidades se resecan y agotan así: quedan los hombres incapacitados para sentir ningún vivo deseo, ningún placer natural; no poseen ya generalmente ni opiniones ni deseos que les sean propios. Entonces, ¿puede esto pasar por una sana condición de las cosas humanas?

John Stuart Mill, Sobre la libertad

Sobre la libertad (II)


Cuando ha pasado una creencia al estado de hereditaria y se la recibe pasiva y no activamente, cuando ya no se encuentra obligado el espíritu, con igual fuerza que al principio, a concentrar todas sus facultades en las cuestiones que ella le sugiere, se tiene una tendencia creciente a no retener más que las fórmulas de la creencia o a concederle un asentimiento inerte e indiferente, como si el mero hecho de aceptarla como materia de fe dispensara de albergarla en la conciencia o de comprobarla mediante la experiencia personal, llegando por fin un momento en que casi desaparece toda relación entre la creencia y la vida interior del ser humano. Se ve, entonces, lo que es casi general hoy día, que la creencia religiosa queda constreñida al exterior del espíritu, enquistada, petrificada contra todas las influencias que se dirigen a las partes más elevadas de nuestra naturaleza, y manifiesta su poder impidiendo que toda nueva y viva convicción penetre en ella, sin hacer por la mente y el corazón otra cosa que montar la guardia a fin de mantenerlos vacíos.

Cuando se observa como profesa el cristianismo la mayoría de sus fieles, se llega a pensar que doctrinas capaces de producir la más profunda impresión en el alma pueden permanecer como creencias muertas, sin que jamás las comprendan la imaginación, los sentimientos o el entendimiento. Entiendo aquí por cristianismo lo que consideran como tal todas las iglesias y todas las sectas; las máximas y los preceptos contenidos en el Nuevo Testamento. Todos los cristianos profesos las consideran como sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, es la pura verdad, no hay quizá un cristiano entre mil que dirija o que juzgue su conducta individual según estas leyes. La norma a que cada uno de ellos se atiene es la costumbre de su nación, de su clase o de su secta religiosa. Así, de un lado, hay una colección de máximas morales que la sabiduría divina, según él, ha querido transmitirle como regla de conducta; y de otro, un conjunto de juicios y de prácticas rutinarios que se compaginan bastante bien con algunas de esas máximas, menos bien con algunas otras, que se oponen directamente a otras, y que en suma constituyen un compromiso entre las creencias cristianas y los intereses y las incitaciones de la vida mundana. A las primeras debe el cristiano su culto; a los segundos, su obediencia verdadera.

En el sentido de la fe viva que determina la conducta a seguir, sólo creen en tales doctrinas hasta el punto que se acostumbra a obrar de acuerdo con ellas. Las doctrinas, en su integridad, sirven para acallar a los adversarios, y se comprende que sean propuestas (en tanto que sea posible) como los verdaderos motivos de todo aquello que hacen los hombres dignos de alabanza. Pero si alguien les recordase que tales máximas requieren una multitud de cosas que jamás piensan ejecutar, ese alguien no ganaría con ello más que el ser clasificado entre esa clase impopular de gentes que afectan ser mejores que los demás. No tienen las doctrinas nada que hacer con los creyentes ordinarios, ni poseen ningún poder sobre sus mentes. Tienen ellos un respeto habitual para el sonido de las palabras que las enuncian, pero carecen del sentimiento que penetra en el fondo de las cosas y que fuerza al espíritu a tomarlas en consideración; y obran conforme a fórmulas. Siempre que de conducta se trata, los hombres dirigen la mirada en derrededor suyo para saber hasta qué punto deben obedecer a Cristo. Un autor contemporáneo ha descrito muy bien el profundo sueño de la opinión establecida.
John Stuart Mill, Sobre la libertad

Sobre la libertad

La sociedad puede ejecutar, y ejecuta de hecho, sus propios decretos; y si ella dicta decretos imperfectos, o si los dicta a propósito de cosas en las que no se debería mezclar, ejerce entonces una tiranía social mucho más formidable que la opresión legal; pues, si bien esta tiranía no tiene a su servicio tan fuertes sanciones, deja, en cambio, menos medios de evasión; pues penetra mucho más a fondo en los detalles de la vida, llegando hasta a encadenar el alma. No basta, pues, con una simple protección contra la tiranía del magistrado. Se requiere, además, protección contra la tiranía de las opiniones y pasiones dominantes; contra la tendencia de la sociedad a imponer como reglas de conducta sus ideas y costumbres a los que difieren de ellas, empleando para ello medios que no son precisamente las penas civiles; contra su tendencia a obstruir el desarrollo e impedir, en lo posible, la formación de individualidades diferentes, y a modelar, en fin, los caracteres con el troquel del suyo propio. Existe un límite para la acción legítima de la opinión colectiva sobre la independencia individual: encontrar este límite y defenderlo contra toda usurpación es tan indispensable para la buena marcha de las cosas humanas como la protección contra el despotismo político.

Tal estado de cosas supone que la mayoría de los espíritus activos y curiosos consideran que es prudente guardar, dentro de sí mismos, los verdaderos motivos y los principios generales de sus convicciones, y que es prudente esforzarse, cuando hablan en público, por adaptar en lo posible su manera de pensar a premisas que ellos rechazan interiormente; todo lo cual no puede producir esos caracteres francos y valientes, esas inteligencias consistentes y lógicas que adornaron en otro tiempo el mundo del pensamiento. Ésta es la especie de hombre que se puede esperar, bajo semejante régimen: o puros esclavos del lugar común, o servidores circunspectos de la verdad, cuyos argumentos sobre las grandes cuestiones serán los que convengan a las características de su auditorio, sin que sean precisamente los que llevan grabados en su pensamiento. Los hombres que evitan esta alternativa procuran limitar su pensamiento y su interés a aquellas cosas de las cuales se puede hablar sin aventurarse en la región de los principios; es decir, se limitan a un pequeño número de materias prácticas que se arreglarían por si mismas con tal de que la inteligencia humana tomara fuerza y se extendiese, pero que no se arreglarán jamás en tanto que se tenga abandonado lo que da fuerza y alas al espíritu humano, el libre y valiente examen de los problemas más importantes.

Allí donde se ha convenido tácitamente que los principios no deben ser discutidos; allí donde la discusión de los grandes problemas que pueden ocupar a la humanidad se ha considerado como terminada, allí, digo, no debemos esperar que se encuentre en un grado intelectual elevado esa actividad que ha hecho tan brillantes a algunas épocas de la historia. Jamás se ha conmovido hasta su más íntimo ser el espíritu de un pueblo, ni se ha dado el impulso necesario para elevar a los hombres de inteligencia más común hasta la máxima dignidad de los seres que piensan, allí donde se ha procurado no discutir problemas vastos y lo suficientemente importantes como para producir el entusiasmo de las gentes.

En general, las opiniones contrarias a las tradicionales sólo llegan a hacerse escuchar si emplean un lenguaje de una moderación estudiada y evitan con sumo cuidado cualquier ofensa inútil; no pueden desviarse de esta línea de conducta, ni aún en el menor grado, sin que con ello pierdan terreno; mientras que, por el contrario, los denuestos dirigidos desde el lado de la opinión tradicional a los que sustentan opiniones contrarias apartan realmente a los hombres de esas últimas y de escuchar a quienes las profesan.
John Stuart Mill, Sobre la libertad

viernes, 19 de febrero de 2010

Dichos vaticanos


El amor al dinero, si es ganado injustamente, es impío, y si es ganado justamente es vergonzoso; pues es inapropiado ser avaro aún con la justicia de nuestro lado.

El sabio que se ha acostumbrado a las necesidades conoce mejor cómo compartir con otros que cómo despojarles, tan grande es el tesoro de autosuficiencia que ha encontrado.

El estudio de la naturaleza no crea hombres acostumbrados a jactarse y parlotear, o que presumen de la cultura para impresionar a la multitud, sino hombres que son fuertes y autónomos, y que se enorgullecen de sus cualidades personales y no en aquellas que dependen de circunstancias externas.

No es la pretensión sino la búsqueda real de la filosofía lo que es necesario; no necesitamos la apariencia de la salud, sino la salud verdadera.

Deberíamos encontrar consuelo para el infortunio en la feliz memoria de lo que ha sucedido, y en el conocimiento de lo que ha sido no puede ser deshecho.

Epicuro, Dichos vaticanos

Doctrinas principales

Algunos hombres y mujeres desean ser famosos y bien conocidos porque piensan que esto hará que sus vidas estén a salvo de riesgos. Si la fama acarrea la seguridad, es bueno y correcto desear ser famoso; pero si una vida famosa trae más problemas que una vida oscura, es tonto desear lo que es realmente malo para nosotros.

La riqueza requerida por la naturaleza es limitada y fácil de procurarse; pero la riqueza requerida por ideales vanos se extiende hasta el infinito.

De todos los medios que la sabiduría adquiere para asegurar la felicidad a lo largo de toda la vida, por lejos el más importante es la amistad.

Epicuro, Doctrinas principales

jueves, 18 de febrero de 2010

Carta a Meneceo

Que nadie, mientras sea joven, se muestre remiso en filosofar, ni, al llegar a viejo, de filosofar se canse. Porque, para alcanzar la salud del alma, nunca se es demasiado viejo ni demasiado joven. 

Quien afirma que aún no le ha llegado la hora o que ya le pasó la edad, es como si dijera que para la felicidad no le ha llegado aún el momento, o que ya lo dejó atrás. Así pues, practiquen la filosofía tanto el joven como el viejo; uno, para que aún envejeciendo, pueda mantenerse joven en su felicidad gracias a los recuerdos del pasado; el otro, para que pueda ser joven y viejo a la vez mostrando su serenidad frente al porvenir. Debemos meditar, por tanto, sobre las cosas que nos reportan felicidad, porque, si disfrutamos de ella, lo poseemos todo y, si nos falta, hacemos todo lo posible para obtenerla.

De los deseos, unos son naturales, los otros vanos; y entre los naturales hay algunos que son necesarios y otros tan sólo naturales. De los necesarios, unos son indispensables para conseguir la felicidad; otros, para el bienestar del cuerpo; otros, para la propia vida. De modo que, si los conocemos bien, sabremos relacionar cada elección o cada negativa con la salud del cuerpo o la tranquilidad del alma, ya que éste es el objetivo de una vida feliz, y con vistas a él realizamos todos nuestros actos, para no sufrir ni sentir turbación. Tan pronto como lo alcanzamos, cualquier tempestad del alma se serena, y al hombre ya no le queda más que desear ni busca otra cosa para colmar el bien del alma y del cuerpo. Pues el placer lo necesitamos cuando su ausencia nos causa dolor, pero, cuando no experimentamos dolor, tampoco sentimos necesidad de placer. Por este motivo afirmamos que el placer es el principio y fin de una vida feliz, porque lo hemos reconocido como un bien primero y congénito, a partir del cual iniciamos cualquier elección o aversión y a él nos referimos al juzgar los bienes según la norma del placer y del dolor.

Y, puesto que éste es el bien primero y connatural, por ese motivo no elegimos todos los placeres, sino que en ocasiones renunciamos a muchos cuando de ellos se sigue un trastorno aún mayor. Y muchos dolores los consideramos preferibles a los placeres si obtenemos un mayor placer cuanto más tiempo hayamos soportado el dolor. Cada placer, por su propia naturaleza, es un bien, pero no hay que elegirlos todos. De modo similar, todo dolor es un mal, pero no siempre hay que rehuir del dolor. Según las ganancias y los perjuicios hay que juzgar sobre el placer y el dolor, porque algunas veces el bien se torna en mal, y otras veces el mal es un bien.

La autarquía la tenemos por un gran bien, no porque debamos siempre conformarnos con poco, sino para que, si no tenemos mucho, con este poco nos baste. Estar acostumbrado a una comida frugal y sin complicaciones es saludable, y ayuda a que el hombre sea diligente en las ocupaciones de la vida; y, si de modo intermitente participamos de una vida más lujosa, nuestra disposición frente a esta clase de vida es mejor y nos mostramos menos temerosos respecto a la suerte.

El principio de todo esto y el bien máximo es el juicio, y por ello el juicio -de donde se originan las restantes virtudes- es más valioso que la propia filosofía, y nos enseña que no existe una vida feliz sin que sea al mismo tiempo juiciosa, bella y justa, ni es posible vivir con prudencia, belleza y justicia sin ser feliz. Pues las virtudes son connaturales a una vida feliz, y el vivir felizmente se acompaña siempre de virtud. El sabio cree que es mejor guardar la sensatez y ser desafortunado que tener fortuna con insensatez.

Epicuro, Carta a Meneceo

El imperio de la belleza es mayor

De la misma forma que nos paseamos por la naturaleza con curiosidad y satisfacción, tratando de sorprender en cada cosa su belleza particular, como en flagrante delito; de la misma forma que, unas veces con sol y otras veces bajo un cielo de tormenta, nos esforzamos en ver un lugar concreto de la costa, con sus rocas, sus ensenadas, sus pinos y olivares, con su aspecto de perfección y de maestría; así también, digo, deberíamos pasearnos entre los hombres, explorando e interrogando, haciéndoles bien y mal para que se manifieste la belleza que les caracteriza, belleza que en uno está llena de sol, en otro es tormentosa y en un tercero se muestra a media luz y bajo un cielo lluvioso. ¿Es que no se puede gozar ante un hombre malo, como se goza ante un paisaje salvaje que tiene sus propias líneas atrevidas y sus efectos de luz, cuando ese mismo hombre, en cuanto se le toma por bueno y conforme a la ley, aparece a nuestra vista como un dibujo equivocado, como una caricatura, y nos hace sufrir como una mancha de la naturaleza? Bien es cierto que esto está prohibido, pues hasta hoy se ha pensado que lo único lícito es buscar la belleza en lo moralmente bueno, lo que explica suficientemente que se han descubierto tan pocas cosas y que haya habido que perseguir bellezas imaginarias, que no eran de carne y hueso. Del mismo modo que en los malos se dan cien tipos de felicidad, que los buenos no pueden sospechar, hay en ellos cien clases de belleza, muchas de las cuales todavía están por descubrir.

Friedrich Nietzsche, Aurora

Libre de escepticismo


A: Otros abandonan un escepticismo moral generalizado aburridos y débiles, roídos, carcomidos y medio corroídos, pero yo salgo más valiente y más sano que nunca, con los instintos reconquistados. Cuando corta la brisa, sube la marea y no hay peligros pequeños que vencer, empiezo a sentirme a gusto. No me he convertido en gusano, aunque muchas veces haya tenido que actuar y roer como gusano. B: Si niegas, es porque has dejado de ser escéptico. A: Y por eso mismo he aprendido nuevamente a afirmar.

Friedrich Nietzsche, Aurora

En qué medida ama el pensador a su enemigo


No te ocultes ni te dejes de decir a ti mismo nada de lo que pueda oponerse a tus ideas. Promételo, porque esto forma parte de la honradez que hay que exigir, ante todo, al pensador. También es preciso que hagas diariamente campaña contra ti mismo. Una victoria o la conquista de un reducto no te pertenecen a ti, así como tampoco es cosa tuya la derrota.

Friedrich Nietzsche, Aurora

martes, 16 de febrero de 2010

De la amistad

En la amistad perfecta de la que hablo, los beneficios y ayudas que nutren las otras amistades no entran en cuenta, merced a la plena fusión de las voluntades. Porque así como la amistad que a mí mismo me tengo no aumenta con el socorro que me doy en caso necesario, según dicen los estoicos, y así como no reparo en ningún grado de servicio que me hago, así la unión de dos amigos como los que digo es verdaderamente perfecta, haciéndoles perder el sentimiento de los aludidos deberes, y odiar y rechazar entre ellos las palabras de división y diferencia, como beneficio, obligación, reconocimiento, ruego, gracia, y otras análogas.

Si, en la amistad de que hablo, uno pudiese dar algo al otro, aquél sería quien recibiera el beneficio que obligase a su compañero, porque buscando los dos, más que ninguna otra cosa, al beneficiarse mutuamente, el que presta de ello materia y ocasión es el que obra como liberal, ofreciendo al amigo la satisfacción de efectuar lo que más desee. Cuando el filósofo Diógenes estaba necesitado de dinero, afirmaba, no que lo pedía, sino que lo exigía a sus amigos. Y para mostrar ejemplo de esto citaré otro caso antiguo. El corintio Eudamidas tenía dos amigos: Carixeno y Areteo. Murió Eudamidas pobre, mientras sus amigos eran ricos, e hizo así su testamento: "Lego a Areteo el mantener a mi madre y cuidarla en su vejez; y a Carixeno, el casar a mi hija y darle la mayor dote que pueda. Y en caso de que uno de ellos faltase, lego estas dos obligaciones al que quede". Los que primero vieron el testamento se burlaron; pero, sabiendo los herederos aquella última voluntad, se regocijaron de ella, y habiendo Carixeno muerto cinco días después, sustituyóle, según el testamento, Areteo, quien mantuvo con mucha solicitud a la anciana que le encomendaban y distribuyó por igual su fortuna.

Michel de Montaigne, Ensayos

De la pedantería

Creo que vale más decir que todo el mal viene de la mala manera de estudiar las ciencias, y que, dado el modo que se tiene de instruirnos, no es de maravillar que ni alumnos ni maestros se hagan diestros, aunque se hagan doctos. El cuidado y gasto de nuestros padres no tiende más que a llenarnos la cabeza de ciencia, pero poco de cordura y virtud. Si pasando dos hombres ante nosotros decimos de uno "Es un sabio", y de otro "Es un hombre bueno", todos los respetos y miradas irán al primero. Nos apresuramos a preguntar si éste o aquel saben griego o latín, y si escribe en verso o en prosa; pero de si es hombre de buen o mal juicio, que es lo principal, solemos olvidarnos de interrogarlo. Sólo nos esforzamos en llenar la memoria, dejando vacíos el entendimiento y la conciencia.

Dionisio se burlaba de los gramáticos que, absortos en saber los males de Ulises, ignoran los propios; de los músicos que atemperan sus flautas y no sus costumbres; de los oradores que procuran decir cosas justas y no hacerlas. Si nuestra alma no tiene temple mejor, si nuestro juicio no es más sano, preferible hubiera sido que nuestro preceptor pasara el tiempo jugando con nosotros a la pelota, con lo que nuestro cuerpo, al menos, hubiera ganado agilidad.

Michel de Montaigne, Ensayos

De cómo por medios diversos se llega a un fin semejante

La manera más común de ablandar los corazones de aquellos a quienes hemos ofendido y a cuya merced estamos, por tener ellos en la mano la venganza, suele ser moverlos a conmiseración y piedad mediante nuestra sumisión. Empero, a veces, la resolución, la valentía y la constancia han servido para el mismo efecto.

Uno y otro de estos dos medios me arrastrarían fácilmente, porque siento una maravillosa debilidad por la misericordia y la mansedumbre. Tanto, que creo que preferiría la compasión a la estimación, a pesar de ser la piedad pasión viciosa a juicio de los estoicos, quienes quieren que se socorra a los afligidos, mas no que se comparta su angustia. Cabe decir que entregar el ánimo a la conmiseración es efecto de una fácil sencillez y blandura, por lo que quienes se hallan más proclives a ello son las mujeres, los niños y el vulgo. Pero desdeñar lágrimas y llantos y conmoverse ante la santa imagen de la virtud, es propio de un alma fuerte e inflexible, posesora, en materia de obras y honor, de un vigor varonil y tenaz.

Michel de Montaigne, Ensayos