viernes, 16 de julio de 2010

Consolación de la filosofía

La Filosofía no podía consentir que quedara solo en su camino el inocente; ¿iba a temer ser acusada?; ¿iba a temblar de espanto, como si hubiera de suceder lo nunca visto?

¿Crees que sea ésta la primera vez que una sociedad depravada pone a prueba la sabiduría? ¿Acaso entre los antiguos no he tenido que sostener duros combates contra los desatinados ataques de los necios? Viviendo Platón, ¿no triunfó su maestro Sócrates, gracias a mi asistencia, de una muerte injusta?

Y lo que condujo a éstos a la ruina fue el haber sido formados en nuestra doctrina, razón por la cual jamás se mostraron conformes con el gusto e inclinaciones de los malvados.

Aquel que sin perder el equilibrio de su espíritu sabe hollar con altivez los implacables decretos del destino, tanto en la adversidad como en la bienandanza puede contemplar impasible los vaivenes de la movible fortuna. Nada esperes, nada temas y dejarás impotente a tu más airado enemigo; pero si trepidas por el miedo o vacilas por una esperanza, ya has perdido tu firmeza, has vendido tu independencia, has abandonado tu escudo; y, desalojando tus posiciones, has atado a tu cuello una cadena que para siempre te arrastrará.

Boecio, Consolación de la filosofía

lunes, 5 de julio de 2010

Naturaleza de la virtud ética


Al ser la virtud de dos clases, una del entendimiento y otra de las costumbres, la primera se incrementa por la doctrina y la enseñanza, y por lo mismo le es necesario experiencia y tiempo; mientras que la segunda, en cambio, procede de la costumbre. Las virtudes no residen en nosotros por naturaleza ni por oposición a ella, sino a causa de estar dotados de una disposición natural para adquirirlas y perfeccionarlas luego por medio de la costumbre.

Adquirimos primero la potencia y luego su ejercicio. Esto es evidente en el caso de los sentidos; es decir, no adquirimos los sentidos por ver u oír muchas veces, sino que, por el contrario, tenerlos es causa del usar de ellos, y no el usar de ellos la causa de tenerlos.

En cambio, las virtudes se adquieren como resultado de los ejercicios y de las prácticas conducentes y es necesario obrar primero. Éste es el caso de las demás artes; es decir, lo que hay que hacer después de haber aprendido, lo aprendemos haciéndolo. Así nos hacemos constructores construyendo casas, y citaristas tocando la cítara. De un modo semejante, ejercitando la justicia nos hacemos justos; ejercitando la moderación, moderados; y ejercitando la virilidad, viriles. Esto viene confirmado por lo que ocurre en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos haciéndoles adquirir ciertos hábitos, y ésta es la voluntad de todo legislador; pero los legisladores que no lo hacen bien se equivocan gravemente y con eso se distinguen las buenas formas de gobierno de las malas.

Además, toda virtud se origina como consecuencia y por medio de las acciones; lo mismo que las artes; ya que tocando la cítara se hacen tanto los buenos como los malos citaristas y, de manera análoga, los constructores de casas concluyendo bien serán buenos constructores y construyendo mal serán malos. Si no fuera así no habría necesidad de maestros o aprendizajes, sino que todos, por razón de su nacimiento, serían buenos y malos en lo que les correspondiera obrar. Éste es el caso también de las virtudes: en la interacción con los demás hombres es que nos hacemos justos o injustos; en nuestra actuación en los peligros, habituándonos a sentir miedo o coraje, nos hacemos valientes o cobardes. Lo mismo ocurre con los apetitos y la ira: unos se vuelven moderados y mansos; otros, licenciosos e iracundos, de acuerdo con el comportamiento de cada uno.

Los hábitos surgen a partir de las acciones correspondientes. De ahí la necesidad de llevar a cabo determinado género de acciones, puesto que las diferentes acciones se corresponden con los diferentes hábitos. Así adquirir, ya sea un hábito u otro, desde los primeros años, es un asunto de muchísima importancia o, mejor, de una importancia total.

La presente investigación no persigue un fin teórico. Investigamos no para saber qué es la virtud, sino para ser buenos, ya que de otro modo ningún provecho extraeríamos de ella.

El vigor se origina por ingerir mucho alimento y tolerar muchos trabajos, y el hombre robusto y vigoroso es quien mejor puede hacer ambas cosas. De igual manera ocurre con la valentía: acostumbrados a tener en poco a los peligros y esperarlos, es que nos hacemos valientes; y una vez que lo somos, nos sentimos más capaces de hacer frente a las cosas temibles.

Con respecto a las virtudes, el conocimiento de ellas nada hace a su adquisición, ya que lo más importante o, mejor, lo que en verdad posee una importancia capital consiste en el ejercitarse muchas veces en las acciones justas y moderadas. Sin el ejercicio de estas acciones, por mucho que lo considere, ningún hombre se hará bueno. Muchos hombres se abstienen de hacer y, conformándose con sólo tratar las teorías, creen que son filósofos y que por esa vía serán virtuosos. A éstos les ocurre lo mismo que a los enfermos que escuchan con atención al médico, pero que luego no hacen nada de lo que les prescriben. Y así como éstos, que curándose de esta manera nunca tendrán su cuerpo sano, tampoco aquellos, filosofando de este modo, nunca tendrán el alma bien dispuesta.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

Los sentimientos y el efecto que los juicios ejercen en ellos


Se nos dice que nos dejemos llevar de nuestro corazón o de nuestros sentimientos. Pero resulta que los sentimientos no son algo definitivo ni originario, tras ellos se encuentran juicios y apreciaciones que nos son transmitidas en forma de sentimientos (preferencias, antipatías). La inspiración que surge de un sentimiento es nieta de un juicio (y muchas veces de un juicio falso), y, en cualquier caso, de un juicio que no es nuestro. Dejarnos llevar por nuestros sentimientos equivale a obedecer a nuestro abuelo, a nuestra abuela y a los abuelos de éstos, y no a esos dioses que habitan en nosotros y que son nuestra razón y nuestra experiencia.

Friedrich Nietzsche, Aurora