No es verdadero vicio el que no daña y el que un juicio cabal no acusa, porque el vicio es tan feo y desventajoso, y de modo tan ostensible, que quizás aciertan quienes digan que lo produce principalmente la sandez y la ignorancia. En efecto, resulta difícil imaginar que se conozca el vicio sin odiarlo. La malicia absorbe lo más de su propio veneno y se emponzoña con él. El vicio deja -como una úlcera una cicatriz en la carne- un arrepentimiento en el alma, la cual siempre anda revolviéndoselo y ensangrentándose. La razón borra las demás tristezas y dolores, pero engendra el arrepentimiento, que es tanto más grave cuanto que nace en nuestro interior, de igual modo que el frío y el calor de las fiebres son más punzantes que los que provienen de afuera.
No hay bondad en que no se complazca una naturaleza bien nacida. Existe en obrar bien no sé que placer que a nosotros mismos nos satisface y un generoso orgullo suele acompañar a una conciencia limpia. Quizás un alma valerosamente viciosa sepa proveerse de seguridad, pero no de esa complacencia y satisfacción que digo. Este testimonio de la conciencia es grato, tal goce natural es gran beneficio y la única recompensa que nunca nos falla.
Fundar la remuneración de los actos virtuosos en la aprobación ajena es fundarse en base incierta y movediza, sobre todo en un siglo ignaro y corrompido. La buena estima del pueblo es injuriosa y por tanto, ¿en quién confiaremos para que vea lo loable? Dios me guarde de ser hombre de bien con arreglo a la descripción que de tales hombres oigo a diario. "Los que vicios fueron, costumbres son" (Séneca, Epíst., 39).
Algunos de mis amigos han querido a veces sermonearme y reprenderme, ya espontáneamente o requeridos por mí, que considero eso como cosa que, por su utilidad y dulzura, sobrepasa todos los demás oficios de la amistad. Les he acogido, pues, siempre con cortesía y con los brazos abiertos; pero a menudo he encontrado en sus reproches y loas tan falsa medida, que hubiera preferido obrar mal a someterme a sus apreciaciones. Los que vivimos privadamente y sólo a nosotros hacemos ver nuestra vida debemos crearnos un modelo interior al que acomodar nuestras acciones y según éste alabarnos o castigarnos. Tengo mis leyes y mi tribunal en que juzgarme, y a ellos apelo más que a otros. Podré restringir mis actos según el deseo ajeno, pero no los entiendo sino según el mío. Sólo uno mismo sabe si uno es cobarde y cruel o leal y devoto. Los demás no nos ven, y sólo nos adivinan por conjeturas inciertas, examinando más nuestro artificio que nuestra naturaleza. Por ello no debemos atenernos a su opinión, y sí a la nuestra. Todos pueden participar en la farsa y fingir ser honrados en el escenario, pero el toque está en que sean ordenados dentro de su pecho, donde todo está oculto y todo está permitido.
Afirma Aristóteles que los particulares sirven con más elevación y dificultad que los magistrados. A las ocasiones eminentes nos preparamos más por la gloria que por la conciencia. La virtud de Alejandro me parece harto menos vigorosa en su escenario que la de Sócrates en el suyo, más bajo y oscuro. Quien preguntaba al macedonio qué sabía hacer le oiría contestar "Subyugar el mundo". Pero Sócrates respondería "Llevar la vida humana conforme a su natural condición", ciencia en verdad mucho más general, importante y legítima.
Michel de Montaigne, Ensayos