domingo, 30 de enero de 2011

De la razón


Existe la idea de que la racionalidad, si se la deja libre, mata las emociones más profundas. Esta creencia me parece que se debe a un concepto completamente equivocado de las funciones de la razón en la vida humana. No corresponde a la razón el engendrar emociones, y una parte de su función debiera ser el encontrar la manera de evitarlas cuando son un obstáculo al bienestar. Una parte de las funciones de la psicología racional es el encontrar procedimientos para disminuir el odio y la envidia. Pero es equivocado suponer que al disminuir estas pasiones disminuiremos al mismo tiempo la intensidad de las pasiones que la razón no condena. En el amor apasionado, en el cariño paternal, en la amistad, en la benevolencia, en la devoción por el arte y por la ciencia, la razón no quiere quitar nada. El hombre racional, cuando siente una o todas estas emociones, se alegra de sentirlas y no hace nada para disminuir su intensidad. Mucha gente irracional siente tan sólo las pasiones más insignificantes.

Bertrand Russell, La conquista de la felicidad

miércoles, 26 de enero de 2011

Máximas (III)


En nada hay menos sinceridad que en el modo de pedir y dar consejos. El que los pide afecta una respetuosa deferencia a los sentimientos de su amigo, aunque no piense sino en hacerle aprobar los suyos y garante de su conducta: y el que los da paga la confianza que se le manifiesta con un celo ardiente y desinteresado, aunque no busque ordinariamente sino su propio interés o gloria.

La envidia se destruye por la verdadera amistad, y la coquetería por el verdadero amor.

Hay en los celos mas amor propio que amor.

La debilidad es mas opuesta a la virtud que el vicio.

El trabajo del cuerpo libera de las penas del ánimo, y es el que hace a los pobres felices.

Bastan pocas cosas para hacer feliz al sabio: a un necio nada le satisface. Esta es la razon por que casi todos los hombres son miserables.

François de La Rochefoucald, Reflexiones o sentencias y máximas morales.

viernes, 14 de enero de 2011

Máximas (II)


En vano nos fatigamos buscando fuera de nosotros el reposo que no hallamos dentro de nosotros mismos.

Es más vergonzoso desconfiar de los amigos que ser traicionado por ellos.

Gustan los viejos de dar buenos consejos, para consolarse de no estar ya en estado de dar malos ejemplos.

Si resistimos á nuestras pasiones, mas es por su debilidad que por nuestra fuerza.

La mayor parte de la gente juzga de los hombres por la aceptacion que tienen, o por su fortuna.

El perfecto valor consiste en hacer sin testigos lo que se hiciera delante de todo el mundo.

François de La Rochefoucald, Reflexiones o sentencias y máximas morales.

jueves, 13 de enero de 2011

Máximas


Tienen las pasiones una injusticia y un interes propio que hace peligroso el seguirlas, y por el cual debemos desconfiar de ellas aun cuando parezcan mas racionales.

La clemencia, de que tanto alarde se hace, se practica ya por vanidad, ya por pereza, muchas veces por miedo, y casi siempre por todas estas cosas juntas.

La moderación es como la sobriedad: bien quisieramos comer mas, pero tememos que nos haga daño.

Tenemos mas fuerza que voluntad: y sucede que, para excusarnos con nosotros mismos, nos imaginamos imposibles las cosas.

Si no tuvieramos defectos, no nos complaceríamos tanto en notar los de los otros.

El interés habla todos los idiomas y representa todos los papeles; hasta el del desinteresado.

François de La Rochefoucauld, Reflexiones o sentencias y máximas morales

miércoles, 12 de enero de 2011

De la experiencia


Entre las opiniones de la filosofía abrazo mejor las más sólidas, esto es, las más nuestras y humanas. Mis discursos, de acuerdo con mis costumbres, son bajos y humildes, y opino que la filosofía incurre en puerilidad cuando se engríe para predicarnos, y cuando piensa que la voluptuosidad es cosa brutal e indigna.

Generalmente siempre he visto marchar de singular acuerdo las opiniones supercelestes y las malas costumbres soterradas. Los que aspiran a salirse de sí mismos y escapar al hombre que son, incurren en locura, y en vez de transformarse en ángeles se transforman en bestias. Así, intentando remontarse se rebajan. Tanto me espantan esos soberbios y trascendentes humores como los lugares altos e inaccesibles. En nuestras ciencias ningunas veo tan terrenas como las que pretenden elevarse. En la vida de Alejandro no descubro cosa alguna tan humilde y baja como sus fantasías a propósito de su inmortalización. Filotas, cuando Alejandro le describió que el oráculo le colocaba entre los dioses, respondióle donosamente: "Por lo que te respecta, me huelgo; pero dignos son de lástima los hombres que hayan de vivir y obedecer a otro hombre que rebasa la humana medida y no se conforma con ella".

Es perfección absoluta, y semejante a la divina, saber gozar lealmente de nuestro propio ser. Buscamos otras condiciones porque no entendemos las nuestras, y nos salimos de nosotros mismos por ignorar lo que nos compete hacer. Aunque andemos con zancos, siempre andaremos con nuestras piernas, y en el más elevado trono del mundo siempre sobre nuestro culo nos sentamos. A mi entender las más hermosas vidas son las que se ajustan al modelo humano y común, con buen orden y sin milagros ni extravagancias.

Michel de Montaigne, Ensayos

martes, 11 de enero de 2011

Del arte de platicar


Nuestras disputas debieran ser castigadas y prohibidas como delitos verbales, siempre regidas y mandadas por la cólera. ¿Qué vicio no despiertan? Primero entramos en enemistad contra las razones y después contra los hombres. Sólo aprendemos a discutir para contradecir, y, todos, contradiciendo y siendo contradichos, el fruto de la discusión consiste en perder y en aniquilar la verdad. Por ello Platón en su República prohíbe ese ejercicio a los espíritus ineptos y torpes. ¿Por qué discutir con quien no sabe ni comprende nada?

¿Cuál será el fin de esto? Uno va hacia oriente, otro hacia occidente; los dos se alejan de lo principal entre una multitud de peripecias, y al cabo de una hora de clamores ya no saben por donde andan. Uno está arriba, otro abajo, otro al lado; éste se aferra a una palabra o similitud; aquél no repara en lo que le alegan y se sigue a sí mismo y no al antagonista; y uno más, sintiéndose hábil, lo teme todo, todo lo rehúsa, mezcla y confunde las razones o calla, afectando que su crasa ignorancia es orgulloso desdén o prudencia neciamente modesta. Otro cuenta sus palabras y las disputa por razones; otro no usa más ventaja que la de sus pulmones y su voz; otro llega a conclusiones contra su mismo criterio; otro nos abruma con prefacios y con digresiones inútiles: y no falta quien se entrega a puras injurias y busca una camorra, para deshacerse del trato y plática del ingenio que le logra acorralar.

Muy diversamente a ese uso común, desconfío más de la inteligencia cuando la veo acompañada de grandeza y de favor popular. Hemos de ponernos en guardia siempre que a hombres así, en presencia de una embelesada multitud, los vemos interrumpir o cambiar la conversación, emplear una autoridad doctoral, rechazar las opiniones ajenas con un ademán, una sonrisa o el silencio. Recuerdo un hombre de gran fortuna, el cual, a propósito de cierto asunto liviano que en su mesa se trataba, comenzó de esta suerte: "Sólo un embustero o un ignorante puede disentir de...", etc. He aquí un buen modo de desarrollar un razonamiento filosófico a mano armada.

Michel de Montaigne, Ensayos

domingo, 9 de enero de 2011

De los nativos de América


Mientras costeaban las riberas en busca de minas, algunos españoles desembarcaron en un país placentero, fértil y bastante populoso, y dirigieron a sus moradores las pláticas usuales, diciéndoles que llegaban en son de paz y de parte del rey de Castilla, que era el príncipe más grande de la tierra habitable y a quien el Papa, representante de Dios en la tierra, había dado la soberanía de todas las Indias. Añadieron que si los nativos querían ser tributarios del monarca castellano, se los trataría con benignidad, y les pidieron oro para preparar ciertas medicinas. También les aconsejaron que creyesen en el Dios único y en nuestra religión; y sazonaron todo esto con ciertas amenazas.

Contestaron los indígenas que los españoles podrían ser pacíficos, pero no lo parecían; que su rey, pues pedían para él, había de ser indigente y menesteroso; que debía ser hombre amante de la disensión quien daba propiedad a tercero de aquello que no le pertenecía, para ponerlo en litigio contra sus legítimos poseedores; que oro tenían poco y no lo estimaban en nada, siendo su único fin pasar la vida tranquila y felizmente; que no solían aceptar consejo sino de sus amigos; y que respecto a las amenazas, era falta de juicio ir con ellas a aquellos cuya naturaleza y recursos se desconocían.

Michel de Montaigne, Ensayos

sábado, 8 de enero de 2011

Del arrepentimiento


No es verdadero vicio el que no daña y el que un juicio cabal no acusa, porque el vicio es tan feo y desventajoso, y de modo tan ostensible, que quizás aciertan quienes digan que lo produce principalmente la sandez y la ignorancia. En efecto, resulta difícil imaginar que se conozca el vicio sin odiarlo. La malicia absorbe lo más de su propio veneno y se emponzoña con él. El vicio deja -como una úlcera una cicatriz en la carne- un arrepentimiento en el alma, la cual siempre anda revolviéndoselo y ensangrentándose. La razón borra las demás tristezas y dolores, pero engendra el arrepentimiento, que es tanto más grave cuanto que nace en nuestro interior, de igual modo que el frío y el calor de las fiebres son más punzantes que los que provienen de afuera.

No hay bondad en que no se complazca una naturaleza bien nacida. Existe en obrar bien no sé que placer que a nosotros mismos nos satisface y un generoso orgullo suele acompañar a una conciencia limpia. Quizás un alma valerosamente viciosa sepa proveerse de seguridad, pero no de esa complacencia y satisfacción que digo. Este testimonio de la conciencia es grato, tal goce natural es gran beneficio y la única recompensa que nunca nos falla.

Fundar la remuneración de los actos virtuosos en la aprobación ajena es fundarse en base incierta y movediza, sobre todo en un siglo ignaro y corrompido. La buena estima del pueblo es injuriosa y por tanto, ¿en quién confiaremos para que vea lo loable? Dios me guarde de ser hombre de bien con arreglo a la descripción que de tales hombres oigo a diario. "Los que vicios fueron, costumbres son" (Séneca, Epíst., 39).

Algunos de mis amigos han querido a veces sermonearme y reprenderme, ya espontáneamente o requeridos por mí, que considero eso como cosa que, por su utilidad y dulzura, sobrepasa todos los demás oficios de la amistad. Les he acogido, pues, siempre con cortesía y con los brazos abiertos; pero a menudo he encontrado en sus reproches y loas tan falsa medida, que hubiera preferido obrar mal a someterme a sus apreciaciones. Los que vivimos privadamente y sólo a nosotros hacemos ver nuestra vida debemos crearnos un modelo interior al que acomodar nuestras acciones y según éste alabarnos o castigarnos. Tengo mis leyes y mi tribunal en que juzgarme, y a ellos apelo más que a otros. Podré restringir mis actos según el deseo ajeno, pero no los entiendo sino según el mío. Sólo uno mismo sabe si uno es cobarde y cruel o leal y devoto. Los demás no nos ven, y sólo nos adivinan por conjeturas inciertas, examinando más nuestro artificio que nuestra naturaleza. Por ello no debemos atenernos a su opinión, y sí a la nuestra. Todos pueden participar en la farsa y fingir ser honrados en el escenario, pero el toque está en que sean ordenados dentro de su pecho, donde todo está oculto y todo está permitido.

Afirma Aristóteles que los particulares sirven con más elevación y dificultad que los magistrados. A las ocasiones eminentes nos preparamos más por la gloria que por la conciencia. La virtud de Alejandro me parece harto menos vigorosa en su escenario que la de Sócrates en el suyo, más bajo y oscuro. Quien preguntaba al macedonio qué sabía hacer le oiría contestar "Subyugar el mundo". Pero Sócrates respondería "Llevar la vida humana conforme a su natural condición", ciencia en verdad mucho más general, importante y legítima.

Michel de Montaigne, Ensayos