domingo, 11 de septiembre de 2011

De la adolescencia en Samoa



Un factor importante en la educación samoana que conduce a actitudes distintas es el papel del trabajo y el juego en la vida de los niños. Los niños samoanos no aprenden a trabajar aprendiendo a jugar, no gozan de un período de falta de responsabilidad como el que gozan nuestros niños. Desde los cuatro o cinco años de edad ejecutan tareas definidas, graduadas de acuerdo con su fuerza e inteligencia, que no obstante tienen un sentido en la estructura de la sociedad entera. Esto no significa que dispongan de menos tiempo para el juego que los niños norteamericanos, encerrados en las escuelas todos los días. El tiempo que el niño samoano emplea en llevar recados, barrer la casa, traer agua y cuidar al más chico, era posiblemente menor que el que el que el escolar americano dedica a sus estudios.

La diferencia no reside en la proporción de tiempo durante el cual cumplen sus actividades o se hallan libres, sino más bien en la actitud. Con la profesionalización de la educación y la especialización de las tareas industriales, que han quitado al hogar individual su antigua variedad de actividades, sucede que a nuestros niños no se les hace sentir que el tiempo que dedican a una actividad fiscalizada esté funcionalmente relacionado con el mundo de la actividad adulta. Aunque esta falta de conexión es más aparente que real, resulta sin embargo suficientemente vívida como para ser un determinante poderoso de la actitud del niño. La joven samoana que cuida chiquillos, trae agua y barre el piso, o el muchachito que cava la tierra en busca de lombrices o recoge cocos, no enfrentan tal dificultad. La naturaleza necesaria de sus tareas es obvia. La práctica de adjudicar a un niño una tarea que puede realizar bien y no permitir nunca una intervención pueril e ineficaz en el aparato de los adultos, tal como la que nosotros permitimos a nuestros niños, que golpean sin objeto y destructivamente las máquinas de escribir de sus padres, origina una actitud diferente hacia el trabajo. Los niños norteamericanos pasan horas en las escuelas aprendiendo tareas cuya relación visible con las actividades del padre y la madre es a menudo absolutamente imposible de reconocer. Su participación en las actividades de los adultos se establece basada en juguetes, juegos de té, muñecas y automóviles de juguete.

Así pues, nuestros niños construyen un falso conjunto de categorías; trabajo, juego y escuela; trabajo para los adultos, juegos para el placer de los niños y la escuela como una molestia inexplicable con ciertas compensaciones. Estas falsas distinciones se prestan para producir toda clase de actitudes extrañas, una posición de apatía frente a una escuela que no guarda relación conocida con la vida, una falsa dicotomía entre el trabajo y el juego, que puede causar miedo al trabajo al creer que implica una responsabilidad tediosa, o un posterior desprecio hacia el juego, por considerarlo pueril.

La diversión incluye el baile, el canto, los deportes, el tejido de guirnaldas de flores, coqueterías, discreteos, todas las formas de actividad sexual. Pero evidentemente faltan las distinciones entre el trabajo como algo que uno debe hacer aunque le disguste y la diversión como algo que uno quiere hacer; entre el trabajo como ocupación principal de los adultos y la diversión como privilegio principal de los niños. La diversión de los niños se parece a la de los adultos, por su esencia, interés y la proporción que guarda con el trabajo.

La inteligibilidad de la vida de un niño entre nosotros se mide sólo en función de la conducta de otros niños. Si todos los demás van a la escuela, el chico que no va se siente discordante con ellos. Pero tan agudo es nuestro sentido de la diferencia entre los intereses de los niños y los de los adultos, que aquéllos no aprenden a juzgar su propia conducta en relación con la vida de éstos. Por tanto, a menudo se acostumbran a considerar la diversión como algo esencialmente poco serio, y cuando adultos pierden lastimosamente sus pocos momentos de ocio. Pero el niño samoano mide sus actos de trabajo o de diversión en relación en función de toda su comunidad; cada aspecto de la conducta es honrado en razón de su relación verificada con el único modelo que conoce: la vida de una aldea samoana. Nos pondremos con ahínco a idear modos de participación para los niños; y los medios de coordinar su vida escolar con el resto de la existencia les conferirán la misma dignidad que Samoa les ofrece a sus niños.

Margaret Mead, Adolescencia, sexo y cultura en Samoa

1 comentario:

Arnedo dijo...

Me ha resultado una entrada muy clara y muy bien explicada, muchas gracias.

Me quedo sobre todo con "un falso conjunto de categorías; trabajo, juego y escuela; trabajo para los adultos, juegos para el placer de los niños y la escuela como una molestia inexplicable con ciertas compensaciones"

Por mi parte, quería proponer la lectura del siguiente resumen de Weber:

http://josearnedo.blogspot.com/search/label/Weber

Un saludo.

Jose

Publicar un comentario