Pensando
de donde puede surgir que en los tiempos antiguos los pueblos fueran
más amantes de la libertad que en estos, creo que la causa es la misma
que hace hoy a los hombres menos fuertes, es decir la diversidad de la
educación nuestra respecto de la antigua. Porque nuestra religión nos
hace estimar menos los honores del mundo, y los Gentiles, que los
estimaban mucho, y habían cifrado en ellos el bien sumo, eran más
feroces en sus actos.
Ello
se puede considerar en muchas de las instituciones, empezando por la
magnificencia de sus sacrificios y la humildad de los nuestros, donde
hay alguna pompa delicada más que magnífica, pero ninguna acción feroz o
valiente. La religión antigua no beatificaba sino a los hombres lleno
de gloria mundana, como eran los capitanes de ejércitos y los jefes de
las repúblicas. Nuestra religión ha beatificado más a los hombres
humildes y contemplativos que a los activos. Además, ha puesto el bien
sumo en la humildad, en el envilecimiento y en el desprecio por las
cosas humanas, mientras la otra lo ponía en la grandeza de ánimo, en la
fortaleza del cuerpo y en todas las otras cosas aptas a hacer fortísimos
a los hombres. Y si nuestra religión quiere que tú tengas en ti mismo
fortaleza, quiere que seas apto para padecer más que para hacer algo
fuerte.
Este
modo de vivir parece entonces que hubiera vuelto débil al mundo,
dándolo como presa a los hombres malvados que lo pueden manejar
fácilmente viendo como, por ir al Paraíso, la generalidad de los hombres
piensa más en soportar sus golpes que en vengarlos. Y aunque parezca
que el mundo se ha afeminado y el cielo se ha desarmado, sin duda ello
nace más de la vileza de los hombres, que han interpretado nuestra
religión según el ocio y no según la virtud. Porque, si consideran que
ella nos permite la exaltación y la defensa de la patria, verían que
quiere que la amemos y la honremos, y que nos preparemos para ser tales
que la podamos defender. Esta educación y estas tan falsas
interpretaciones hacen entonces que en el mundo no se vean tantas
repúblicas como se veían antiguamente, y en consecuencia, tampoco se ve
como antes en los pueblos tanto amor a la libertad.
Niccolò Machiavelli, Discursos sobre la primera década de Tito Livio

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