Mas si esta grandeza de ánimo, que se muestra en los trabajos y peligros, no está acompañada de la justicia y si se interesa por asuntos particulares en lugar de emplearse en servicio del bien común, no es virtud, sino vicio, pues no sólo no es propio esto de la virtud, sino de la ferocidad y barbarie, que se despoja de todos los sentimiento de humanidad. Y así definen exactamente los estoicos a la fortaleza cuando dicen que es una virtud que combate por la justicia. Por lo cual ninguno que ha adquirido reputación de hombre fuerte consigue semejante gloria por engaños y malicias, por cuanto nada puede haber honesto en faltando a la justicia. A este propósito dijo muy bien Platón, que así como a la ciencia que no está acompañada de justicia le cuadra mejor el nombre de astucia que el de sabiduría, del mismo modo el ánimo que se expone al peligro, si se mueve por sus propios intereses y no por el bien común, merece más bien el nombre de atrevido que de esforzado. Y así a los hombres magnánimos los queremos también buenos, sencillos, amigos de la verdad, nada engañosos y falsos, que son las principales cualidades de la justicia.
Pero la lástima es que en esta valentía y grandeza de ánimo suele con facilidad engendrarse una pertinacia inflexible y un inmoderado deseo de reinar. Porque al modo que dijo Platón que toda la educación de los lacedemonios se encaminaba a inspirar en sus corazones un ardentísimo deseo de vencer, asimismo el que llega a sobresalir en valentía de espíritu es el que más pretende ser el primero de entre los hombres, o mandarlos a todos. Y es sumamente difícil, queriendo aventajarse a los demás, guardar la igualdad, que es la base de la justicia. De aquí proviene que estos hombres no pueden sufrir el quedar vencidos en la disputa, ni sujetos a derecho alguno público o legítimo, y de aquí nace también el que se levanten en la república prodigalidades y facciones por extender algunos su poder y ser más superiores por fuerza que iguales por justicia a los demás ciudadanos. Pero cuanto es más difícil, tanto más ilustre y glorioso, porque no hay instante ni circunstancia en que no tenga su lugar y sus derechos la justicia. Por esto han de ser tenidos por hombres fuertes y magnánimos no los que hacen la injuria, sino los que nos defienden de ella. Los que poseen la sabia y verdadera grandeza de ánimo creen que la honestidad (que tan conforme es a nuestra naturaleza) consiste en las acciones virtuosas, no en la gloria de la reputación, y aspiran más bien a sobresalir entre los demás hombres que a parecer sobresalientes. Porque no debe contarse entre los de grande ánimo el que depende de la opinión del vulgo, las más veces errada. El amor de la gloria, en el que es dotado de ánimo generoso, suele inducir a algunas pretensiones injustas. Mas este punto es muy delicado, pues apenas se hallará quien después de haber emprendido muchos trabajos y peligros no aspire a la gloria como a una justa recompensa de sus buenas obras.
Pero la lástima es que en esta valentía y grandeza de ánimo suele con facilidad engendrarse una pertinacia inflexible y un inmoderado deseo de reinar. Porque al modo que dijo Platón que toda la educación de los lacedemonios se encaminaba a inspirar en sus corazones un ardentísimo deseo de vencer, asimismo el que llega a sobresalir en valentía de espíritu es el que más pretende ser el primero de entre los hombres, o mandarlos a todos. Y es sumamente difícil, queriendo aventajarse a los demás, guardar la igualdad, que es la base de la justicia. De aquí proviene que estos hombres no pueden sufrir el quedar vencidos en la disputa, ni sujetos a derecho alguno público o legítimo, y de aquí nace también el que se levanten en la república prodigalidades y facciones por extender algunos su poder y ser más superiores por fuerza que iguales por justicia a los demás ciudadanos. Pero cuanto es más difícil, tanto más ilustre y glorioso, porque no hay instante ni circunstancia en que no tenga su lugar y sus derechos la justicia. Por esto han de ser tenidos por hombres fuertes y magnánimos no los que hacen la injuria, sino los que nos defienden de ella. Los que poseen la sabia y verdadera grandeza de ánimo creen que la honestidad (que tan conforme es a nuestra naturaleza) consiste en las acciones virtuosas, no en la gloria de la reputación, y aspiran más bien a sobresalir entre los demás hombres que a parecer sobresalientes. Porque no debe contarse entre los de grande ánimo el que depende de la opinión del vulgo, las más veces errada. El amor de la gloria, en el que es dotado de ánimo generoso, suele inducir a algunas pretensiones injustas. Mas este punto es muy delicado, pues apenas se hallará quien después de haber emprendido muchos trabajos y peligros no aspire a la gloria como a una justa recompensa de sus buenas obras.
Cicerón, De los oficios

1 comentario:
Como estudiante de sociología, el título me resultó más que atractivo jaja. Voy a leerme algunas cositas... Un saludo! Darío. Justo escribí algo del gran Weber.
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