Mientras costeaban las riberas en busca de minas, algunos españoles desembarcaron en un país placentero, fértil y bastante populoso, y dirigieron a sus moradores las pláticas usuales, diciéndoles que llegaban en son de paz y de parte del rey de Castilla, que era el príncipe más grande de la tierra habitable y a quien el Papa, representante de Dios en la tierra, había dado la soberanía de todas las Indias. Añadieron que si los nativos querían ser tributarios del monarca castellano, se los trataría con benignidad, y les pidieron oro para preparar ciertas medicinas. También les aconsejaron que creyesen en el Dios único y en nuestra religión; y sazonaron todo esto con ciertas amenazas.
Contestaron los indígenas que los españoles podrían ser pacíficos, pero no lo parecían; que su rey, pues pedían para él, había de ser indigente y menesteroso; que debía ser hombre amante de la disensión quien daba propiedad a tercero de aquello que no le pertenecía, para ponerlo en litigio contra sus legítimos poseedores; que oro tenían poco y no lo estimaban en nada, siendo su único fin pasar la vida tranquila y felizmente; que no solían aceptar consejo sino de sus amigos; y que respecto a las amenazas, era falta de juicio ir con ellas a aquellos cuya naturaleza y recursos se desconocían.
Michel de Montaigne, Ensayos

No hay comentarios:
Publicar un comentario