martes, 11 de enero de 2011

Del arte de platicar


Nuestras disputas debieran ser castigadas y prohibidas como delitos verbales, siempre regidas y mandadas por la cólera. ¿Qué vicio no despiertan? Primero entramos en enemistad contra las razones y después contra los hombres. Sólo aprendemos a discutir para contradecir, y, todos, contradiciendo y siendo contradichos, el fruto de la discusión consiste en perder y en aniquilar la verdad. Por ello Platón en su República prohíbe ese ejercicio a los espíritus ineptos y torpes. ¿Por qué discutir con quien no sabe ni comprende nada?

¿Cuál será el fin de esto? Uno va hacia oriente, otro hacia occidente; los dos se alejan de lo principal entre una multitud de peripecias, y al cabo de una hora de clamores ya no saben por donde andan. Uno está arriba, otro abajo, otro al lado; éste se aferra a una palabra o similitud; aquél no repara en lo que le alegan y se sigue a sí mismo y no al antagonista; y uno más, sintiéndose hábil, lo teme todo, todo lo rehúsa, mezcla y confunde las razones o calla, afectando que su crasa ignorancia es orgulloso desdén o prudencia neciamente modesta. Otro cuenta sus palabras y las disputa por razones; otro no usa más ventaja que la de sus pulmones y su voz; otro llega a conclusiones contra su mismo criterio; otro nos abruma con prefacios y con digresiones inútiles: y no falta quien se entrega a puras injurias y busca una camorra, para deshacerse del trato y plática del ingenio que le logra acorralar.

Muy diversamente a ese uso común, desconfío más de la inteligencia cuando la veo acompañada de grandeza y de favor popular. Hemos de ponernos en guardia siempre que a hombres así, en presencia de una embelesada multitud, los vemos interrumpir o cambiar la conversación, emplear una autoridad doctoral, rechazar las opiniones ajenas con un ademán, una sonrisa o el silencio. Recuerdo un hombre de gran fortuna, el cual, a propósito de cierto asunto liviano que en su mesa se trataba, comenzó de esta suerte: "Sólo un embustero o un ignorante puede disentir de...", etc. He aquí un buen modo de desarrollar un razonamiento filosófico a mano armada.

Michel de Montaigne, Ensayos

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