Los filósofos afirmaban que toda la gloria del mundo no merecía que un hombre de entendimiento moviese ni un solo dedo para adquirirla.
El desdén de la gloria era uno de los principales dogmas de Epicuro. El precepto de su secta "Oculta tu vida" que prohíbe a los hombres ocuparse de los asuntos y oficios públicos, entraña necesario menosprecio de la gloria, la cual consiste en la aprobación que da el mundo a los actos que ponemos en evidencia. Quien nos manda ocultarnos y sólo atender a nosotros mismos, sin que seamos conocidos de nadie, más nos mandará que no seamos honrados ni glorificados. La virtud es vana y frívola si se sigue con afán de gloria.
Cuanta gloria pretendo de mi vida es haberla vivido tranquila, y no tranquila según la opinión de Metrodoro, Aristipo o Arcesilao, sino según la mía. Puesto que la filosofía no ha sabido encontrar un camino bueno y común a la tranquilidad, que cada uno la busque a su modo.
¿Qué se gana con aconsejar que no se exponga el que no es visto, ni se arriesgue sin tener testigos de su valor? Porque siempre se presentan mil oportunidades de obrar bien sin ser notados.
"No en la gloria, sino en sus buenos hechos, sitúa un alma realmente grande el honor que es fin principal de nuestra naturaleza" (Cicerón, de Of.)
Quien tiene su muerte por mal empleada si no es en ocasión notoria, en vez de ilustrar su muerte, oscurece adrede su vida, dejando escapar varias justas ocasiones para arriesgarse. Toda ocasión justa es bastante insigne y nuestra conciencia nos lo dice a voces a cada uno. El que sólo es bravo para que se sepa y para que cuando ello se sepa se le estime más; quien sólo obra bien a condición de que su virtud llegue al conocimiento humano, no es persona de quien se pueda sacar mucho servicio. Se ha de ser valiente por uno mismo y por la ventaja de tener el valor alojado en asiento firme y seguro contra los embates de la fortuna.
Nuestra alma no debe actuar para exhibirse, sino para satisfacernos en nuestro interior, allí donde sólo nuestros propios ojos nos miran. Ella debe protegernos del temor de la muerte, de los dolores, y hasta de la vergüenza. Este provecho es más digno de ser deseado y esperado que el honor y la gloria, lo cual no es otra cosa que un juicio favorable que se hace de nosotros. Lo más difícil e importante de todo, que es el juicio de nuestros actos e inclinaciones, lo dejamos a la voz del común y la turba, madre siempre de ignorancia, inconsistencia e injusticia. ¿Es razonable hacer depender la vida de un sabio del juicio de los tontos?
¿Hay cosa más necia que estimar, reunidos, a los que despreciamos por separado? (Cicerón, Tusc. qaest.)
No nos propongamos fin tan fluctuante y movedizo, busquemos la razón, y síganos en eso la aprobación pública si quiere, porque, pues depende de la fortuna, tanta razón hay que esperemos esa aprobación por este sendero como por otro. Aunque no siga yo el camino recto porque sea tal, lo seguiré porque la experiencia me prueba que comúnmente es, a fin de cuentas, el más feliz y útil.
No me preocupa tanto saber lo que soy para los demás como saber lo que soy para mí mismo. Quiero ser rico por lo mío, y no de prestado. Los extraños sólo ven los hechos y apariencias externas, y todos podemos poner buena cara estando por dentro llenos de fiebre y espanto. No se nos ve el corazón; se nos ve el rostro. Los actos virtuosos son harto nobles por sí mismos para buscar otra cosa que su propio valor, y muy especialmente para buscar su pago en la vanidad de los humanos juicios.
El desdén de la gloria era uno de los principales dogmas de Epicuro. El precepto de su secta "Oculta tu vida" que prohíbe a los hombres ocuparse de los asuntos y oficios públicos, entraña necesario menosprecio de la gloria, la cual consiste en la aprobación que da el mundo a los actos que ponemos en evidencia. Quien nos manda ocultarnos y sólo atender a nosotros mismos, sin que seamos conocidos de nadie, más nos mandará que no seamos honrados ni glorificados. La virtud es vana y frívola si se sigue con afán de gloria.
Cuanta gloria pretendo de mi vida es haberla vivido tranquila, y no tranquila según la opinión de Metrodoro, Aristipo o Arcesilao, sino según la mía. Puesto que la filosofía no ha sabido encontrar un camino bueno y común a la tranquilidad, que cada uno la busque a su modo.
¿Qué se gana con aconsejar que no se exponga el que no es visto, ni se arriesgue sin tener testigos de su valor? Porque siempre se presentan mil oportunidades de obrar bien sin ser notados.
"No en la gloria, sino en sus buenos hechos, sitúa un alma realmente grande el honor que es fin principal de nuestra naturaleza" (Cicerón, de Of.)
Quien tiene su muerte por mal empleada si no es en ocasión notoria, en vez de ilustrar su muerte, oscurece adrede su vida, dejando escapar varias justas ocasiones para arriesgarse. Toda ocasión justa es bastante insigne y nuestra conciencia nos lo dice a voces a cada uno. El que sólo es bravo para que se sepa y para que cuando ello se sepa se le estime más; quien sólo obra bien a condición de que su virtud llegue al conocimiento humano, no es persona de quien se pueda sacar mucho servicio. Se ha de ser valiente por uno mismo y por la ventaja de tener el valor alojado en asiento firme y seguro contra los embates de la fortuna.
Nuestra alma no debe actuar para exhibirse, sino para satisfacernos en nuestro interior, allí donde sólo nuestros propios ojos nos miran. Ella debe protegernos del temor de la muerte, de los dolores, y hasta de la vergüenza. Este provecho es más digno de ser deseado y esperado que el honor y la gloria, lo cual no es otra cosa que un juicio favorable que se hace de nosotros. Lo más difícil e importante de todo, que es el juicio de nuestros actos e inclinaciones, lo dejamos a la voz del común y la turba, madre siempre de ignorancia, inconsistencia e injusticia. ¿Es razonable hacer depender la vida de un sabio del juicio de los tontos?
¿Hay cosa más necia que estimar, reunidos, a los que despreciamos por separado? (Cicerón, Tusc. qaest.)
No nos propongamos fin tan fluctuante y movedizo, busquemos la razón, y síganos en eso la aprobación pública si quiere, porque, pues depende de la fortuna, tanta razón hay que esperemos esa aprobación por este sendero como por otro. Aunque no siga yo el camino recto porque sea tal, lo seguiré porque la experiencia me prueba que comúnmente es, a fin de cuentas, el más feliz y útil.
No me preocupa tanto saber lo que soy para los demás como saber lo que soy para mí mismo. Quiero ser rico por lo mío, y no de prestado. Los extraños sólo ven los hechos y apariencias externas, y todos podemos poner buena cara estando por dentro llenos de fiebre y espanto. No se nos ve el corazón; se nos ve el rostro. Los actos virtuosos son harto nobles por sí mismos para buscar otra cosa que su propio valor, y muy especialmente para buscar su pago en la vanidad de los humanos juicios.
Michel de Montaigne, Ensayos

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