miércoles, 17 de marzo de 2010

De las tres transformaciones


Voy a hablaros de las tres transformaciones del espíritu: de cómo el espíritu se transforma en camello, el camello en león y finalmente el león en niño.

Muchas cargas soporta el espíritu cuando está poseído de reverencia, el espíritu vigoroso y sufrido. Su fortaleza pide que se le cargue con los pesos más formidables.

"¿Qué es lo más pesado?", se pregunta el espíritu sufrido. Y se arrodilla, como el camello, en espera de que le carguen.

"¿Qué es lo más pesado, oh héroes?", se pregunta el espíritu sufrido para cargar con ello, y que le regocije su fortaleza.

Lo más pesado, ¿no es arrodillarse, para humillar la soberbia? ¿Hacer que la locura resplandezca, para burlarse de la propia sabiduría?

¿O bien separarse de los suyos, cuando todos celebran la victoria? ¿O escalar las elevadas montañas, para tentar al tentador?

¿O acaso alimentarse de las bellotas y los yerbajos del conocimiento, y padecer hambre en el alma por amor a la verdad? ¿O acaso el estar enfermo y mandar a paseo a quienes intentan consolarnos, para trabar amistad con los sordos, con aquellos que jamás oyen lo que uno desea?

¿O tal vez zambullirse bajo el agua sucia, cuando es ésta el agua de la verdad, sin apartar de sí las frías ranas y los calientes sapos? ¿O tal vez amar a quienes nos desprecian, y tender la mano a cuantos fantasmas se proponen asustarnos?

Todas esas pesadísimas cargas toma sobre sí el espíritu sufrido; a semejanza del camello, que camina cargado por el desierto, así marcha él hacia su desierto. Pero en lo más solitario de ese desierto se opera la segunda transformación: en león se transforma el espíritu, que quiere conquistar su propia libertad, y ser señor de su propio desierto.

Aquí busca a su último señor: quiere ser amigo de su señor y su Dios, a fin de luchar victorioso contra el dragón.

¿Cuál es ese gran dragón a quien el espíritu no quiere seguir llamando señor o Dios? Ese gran dragón no es otro que el "tú debes". Frente al mismo, e espíritu del león dice: yo quiero.

El "tú debes" le sale al paso como un animal escamoso y refulgente en oro, y en cada una de sus escamas brilla con letras doradas el "tú debes".

Milenarios valores brillan en esas escamas, y el más prepotente de todos los dragones habló así:

"Todos los valores de las cosas brillan en mí. Todos los valores han sido ya creados. Yo soy todos los valores. Por ello, ¡no debe seguir habiendo un yo quiero!". Así habló aquel dragón.

Hermanos míos, ¿para qué es necesario en el espíritu un león así? ¿No basta acaso con el animal sufrido, que es respetuoso, y a todo renuncia?

Crear valores nuevos no es cosa que esté tampoco al alcance del león. Pero sí lo está propiciarse libertad para creaciones nuevas.

Para crearse libertad, y oponer un sagrado no al deber -para eso hace falta el león.

Crearse el derecho a valores nuevos, ésa es la más tremenda conquista para el espíritu sufrido y reverente. En verdad, para él eso equivale a una rapiña, a algo propio de animales de presa.

Como su cosa más santa, el espíritu amó en su tiempo al tú debes. Hasta en lo más santo tiene ahora que encontrar ilusión y capricho, para robar el quedar libre de su amor: para ese robo es necesario el león.

Mas ahora decidme, hermanos míos: ¿qué es capaz de hacer el niño, que ni siquiera el león haya podido hacer? ¿Para qué, pues, habría de convertirse en niño el león carnicero?

Sí, hermanos míos, para el juego divino del crear se necesita un santo decir "sí": el espíritu lucha ahora por su voluntad propia, el que se retiró del mundo conquista ahora su mundo.

Tres transformaciones del espíritu os he mencionado: os he mostrado cómo el espíritu se transforma en camello, luego el camello en león, y finalmente el león en niño.

Así habló Zarathustra.

Friedrich Nietzche, Así habló Zaratustra

sábado, 13 de marzo de 2010

Fascismo

Podemos pensar lo que queramos del señor Thyssen, o de Krupp, o de Henry Ford. Pero habrá que admitir que estas personas saben defender sus negocios; ignoramos sus condiciones para la música o para la natación, pero nadie puede razonablemente poner en duda su habilidad comercial. Y bien: todas estas personas apoyaron al fascismo y hasta lo financiaron; lo que significa que, a pesar de los esplendorosos rótulos contra el capitalismo, veían en esta banda de forajidos una barrera contra el comunismo, una nueva y más sutil forma de aprovechar el descontento de las masas en favor de sus propios usufructuarios.

Mientras el nazismo no fue una amenaza contra algunos imperios, contó con el apoyo de banqueros y estadistas no alemanes. Es lícito, pues, sostener que, lejos de ser un movimiento anticapitalista, el fascismo se inició como la manifestación más brutal y cínica del régimen en bancarrota.

El fascismo empleó un lenguaje anticapitalista y vociferó que luchaba contra los países plutócratas, como si no hubiera plutócratas en todas partes o como si el señor Thyssen fuera un profesor de esgrima o un ensayista. Desvió la esencia del problema, haciendo creer al pueblo que capitalismo y judaísmo eran la misma cosa y que, por lo tanto, matar judíos era una operación equivalente a suprimir la banca privada. Aprovechó la confusión vulgar de revolución con violencia, la reforzó e hizo olvidar que las más nítidas contrarrevoluciones han sido bárbaras y violentas (la represión de la Comuna, la represión del movimiento chino).

No veo sobre qué base puede supònerse que Henry Ford haya dejado de ser antisemita y antisocialista. Y en tanto pesen en los Estados Unidos hombres como Ford subsistirán los peores peligros para el pueblo norteamericano, para el mundo entero y, en particular, para nuestros países -apéndices económicos. No veo tampoco de qué manera individuos como Ford han de favorecer una real democracia en nuestros países.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

Expansión del universo

Supongamos que un ictiólogo quiere estudiar los peces del mar. Con ese fin, arroja su red al agua y extrae una cantidad de peces diferentes; repite la operación muchas veces, inspecciona su pesca, la clasifica; procediendo en la forma usual en la ciencia, generaliza sus resultados en forma de leyes:

-No hay pez que tenga menos de cinco centímetros de largo.

Esta afirmación es correcta en lo que se refiere a su pesca y supondrá que seguirán siéndolo cada vez que se repita la operación. El reino de los peces es el mundo físico, el ictiólogo es el hombre de ciencia, la red el aparato cognoscente.

Dos espectadores observan al pescador sin decir nada, hasta que ha formulado su ley. Entonces uno hace el siguiente comentario:

-Usted afirma en su ley que no hay peces que tengan menos de cinco centímetros. Creo que esa conclusión es una mera consecuencia de la red que emplea para pescar; el cuadro de la red no es apto para pescar peces más cortos, pero de ahí usted no puede concluir que no hay peces más cortos.

El ictiólogo ha escuchado esta manifestación con desprecio, porque pertenece a la nueva clase de hombres de ciencia: opina que la ciencia debe ocuparse únicamente de lo que se puede observar. Responde:

- Cualquier cosa que no sea pescable con mi red está ipso facto fuera del conocimiento ictiológico y no me interesa. En otras palabras: llamo pez a lo que es capaz de pescar mi red, y no cabe duda de que a esa clase de seres le viene muy bien mi ley. Los "peces" a los que usted hace referencia son peces metafísicos. No me competen.

Hasta este momento, el físico de laboratorio no verá con alarma estas manifestaciones. Por el contrario, mirará con simpatía su opinión de que la ciencia debe ser construida con el solo uso de los entes observables. Pero, desde este momento, tendrá excelentes motivos de indignación, pues entra en escena el segundo espectador:

- He oído su conversación con el otro espectador y me apresuro a manifestarle mi simpatía. Creo, en efecto, ocioso discutir sobre peces no pescables, sobre todo si se trata de ictiología y no de metafísica. Ahora bien: usted establece sus leyes mediante el tradicional método de examinar la pesca. ¿Puedo sugerirle un método más efectivo?

- No tengo inconveniente, aunque dudo de que exista -responde el ictiólogo, con desconfianza.

- ¿No le parece que podría haber establecido la primera ley con sólo examinar la red? ¿No ha observado que el cuadro tiene justamente cinco centímetros? En esas condiciones, usted puede afirmar a priori y de una vez por todas que jamás tendrá peces de menos de cinco centímetros.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

Divulgación


Alguien me pide una explicación de la teoría de Einstein. Con mucho entusiasmo, le hablo de tensores y geodésicas tetradimensionales.
-No he entendido una sola palabra -me dice, estupefacto.
Reflexiono unos instantes y luego, con menos entusiasmo, le doy una explicación menos técnica, conservando algunas geodésicas, pero haciendo intervenir aviadores y disparos de revólver.
-Ya entiendo casi todo -me dice mi amigo, con bastante alegría-. Pero hay algo que todavía no entiendo: esas geodésicas, esas coordenadas...
Deprimido, me sumo en una larga concentración mental y termino por abandonar para siempre las geodésicas y las coordenadas; con verdadera ferocidad, me dedico exclusivamente a aviadores que fuman mientras viajan con la velocidad de la luz, jefes de estación que disparan un revólver con la mano derecha y verifican tiempos con un cronómetro que tienen en la mano izquierda, trenes y campanas.
-¡Ahora sí, ahora entiendo la relatividad! -exclama mi amigo con alegría.
-Sí -le respondo amargamente-, pero ahora no es más la relatividad.

Ernesto Sabato, Uno y el universo

lunes, 8 de marzo de 2010

Filósofo

El filósofo es el amante de la sabiduría, es decir, de la verdad. Todos los filósofos han sido siempre ejemplo de este doble carácter. En la antigüedad no existió uno sólo que no fuera modelo de virtud para los hombres y maestro de verdades morales. Puede que algunos hayan tenido conceptos erróneos en lo que hace a la física; pero ésta es tan poco necesaria para conducirse en la vida que los filósofos no han tenido necesidad de ella. Se requirió el paso de muchos siglos para que el hombre pudiera acceder a algunas leyes de la naturaleza, mientras que un sabio sólo necesitó un día para conocer los deberes del hombre.

El filósofo no tiene nada de fanático, ni se erige tampoco como profeta, jamás se considera inspirado por los dioses. Los que se anunciaron como hijos de los dioses fueron los padres de la calumnia.

¿Qué sino, bastante bochornoso para los pueblos occidentales, nos obliga a tener que ir hasta Extremo Oriente para encontrar un sabio simple, sin pompa, sin afectación, que instruía a los hombres sobre cómo tener una vida feliz, seiscientos años antes de nuestra era, en una época en que en todo el norte se desconocía el uso de las letras, y en el que los griegos recién comenzaban a distinguirse por la sabiduría? Estoy hablando de Confucio, quien, destacándose entre los antiguos legisladores, jamás intentó engañar a los hombres. ¿Qué principio de acción más noble que éste ha cobrado vida en nuestra tierra?

"Dirige el estado al igual que se dirige una familia; no hay otra forma de gobernar bien a la familia que dándole ejemplo"

"La virtud debe ser común al campesino y al monarca."

"Esfuérzate por prevenir los crímenes, disminuye así la necesidad de castigarlos."

"Bajo los reyes buenos Yao y Xu los chinos fueron buenos; bajo los reyes malos Kie y Chu, fueron malos."

"Sé con el otro como contigo mismo."

"Ama a los hombres en general, pero ama más aún a las buenas personas. Deja pasar las injurias, pero jamás los favores."

"Me he topado con hombres incapaces de saber, pero nunca con hombres incapaces de virtud."

En verdad no hubo nunca un legislador que enunciara verdades tan provechosas para el género humano.

Más tarde, hubo muchísimos filósofos griegos que enseñaron una moral igualmente pura. Si sólo se hubieran dedicado a sus absurdos sistemas físicos, sus nombres no se pronunciarían más que para burlarse de ellos. Si en la actualidad todavía se los juzga dignos de respeto es porque fueron justos y porque enseñaron a los hombres a serlo.

No se pueden leer ciertos párrafos de Platón, y sobre todo el magnífico exordio de los reyes de Zeleuco, sin percibir en el corazón el amor a las acciones virtuosas y generosas.

¿Quién de nosotros se privaría, como Juliano, Antonino, Marco Aurelio, de todos los refinamientos de nuestra mórbida y afeminada vida? ¿Quién querría imponerse su mesura? ¿Quién contendría como ellos sus pasiones? Entre nosotros tenemos devotos; ¿pero donde encontrar a los sabios? ¿Donde encontrar almas firmes, justas y tolerantes?

Voltaire, Diccionario filosófico

Entusiasmo


Esta palabra griega quiere decir conmoción de las entrañas, revuelta interior. ¿Inventaron los griegos esta palabra para expresar las agitaciones que se experimentan en los nervios, la dilatación y la contracción de los intestinos, las violentas convulsiones del corazón, el flujo atolondrado de los espíritus de fuego, que suben desde las entrañas al cerebro, cuando uno está profundamente afectado?

¿Qué entendemos por entusiasmo? ¿Cuantos matices de nuestras emociones?

Consentimiento, sensibilidad, turbación, inquietud, sobrecogimiento, pasión, arrebato, demencia, furor, rabia; esos son todos los estados que puede atravesar el alma humana.

Lo extraño es encontrar la razón unida al entusiasmo; la razón consiste en ver siempre las cosas como son. El que ve objetos dobles en la embriaguez, es porque carece de razón.

El entusiasmo es exactamente igual que el vino, puede provocar tantas perturbaciones en los vasos sanguíneos, y tan violentas vibraciones en los nervios, que la razón llega a derrumbarse completamente. También puede ocurrir que sólo cause pequeñas sacudidas que sólo proporcionan al cerebro pequeños momentos de mayor actividad. Es lo que ocurre en los grandes arrebatos de elocuencia, y sobre todo en la poesía sublime. El entusiasmo razonable es patrimonio de los grandes poetas.

Ese entusiasmo razonable es la perfección de su arte; es lo que hizo creer en tiempos antiguos que estaban inspirados por los dioses, y es lo que nunca se ha dicho de los demás artistas.

Voltaire, Diccionario Filosófico

Fanatismo


El fanatismo es a la superstición lo que el delirio a la fiebre y lo que la rabia a la cólera. El que sufre éxtasis y visiones, el que no puede distinguir entre sueños y realidad y toma las imaginaciones por profecías está mal de la cabeza; el que confirma su locura con un crimen es un fanático.

El más abominable ejemplo de fanatismo es el de los burgueses de París que fueron a asesinar, a degollar, a arrojar por las ventanas y a descuartizar, en la noche de San Bartolomé, a aquellos vecinos que no iban a misa.

No hay más cura para esta enfermedad epidémica que el espíritu filosófico, que, estando cada vez más difundido, suaviza, finalmente, las costumbres de los hombres y previene el acceso del mal; pues en cuanto este mal avanza no queda otra salida que retirarse a un lugar apartado y esperar a que el aire se purifique.

Sólo ha existido una religión en el mundo que no se ha denigrado por el fanatismo, es la de los letrados de China. Las sectas de los filósofos no sólo estaban libres de este mal, sino que ellas mismas eran su propio remedio; pues el resultado de la práctica filosófica es que el alma recupera su tranquilidad, y el fanatismo es incompatible con esa tranquilidad.

Voltaire, Diccionario filosófico

jueves, 4 de marzo de 2010

Carácter

Se advierte a un criador: "hay demasiados peces en ese vivero y no prosperarán; hay demasiados animales en tus prados, la hierba es escasa y morirán de hambre". Pero hete aquí que tras esta exhortación los esturiones se comen a la mitad de las carpas, y los lobos a la mitad de las ovejas; el resto engorda. ¿Hay que alabarlo, entonces, por su tipo de economía? Este campesino eres tú mismo; una de tus pasiones ha devorado a las otras y piensas que te has superado. No vaya a ser que resultemos nosotros como aquel general que, ya anciano, contando noventa años, un día, descubrió a unos jóvenes oficiales haciendo escándalo con unas mujeres, e hirviendo en cólera les dijo: "Señores, ¿es ése el ejemplo que yo les doy?".

Voltaire, Diccionario filosófico

De la gloria


Los filósofos afirmaban que toda la gloria del mundo no merecía que un hombre de entendimiento moviese ni un solo dedo para adquirirla.

El desdén de la gloria era uno de los principales dogmas de Epicuro. El precepto de su secta "Oculta tu vida" que prohíbe a los hombres ocuparse de los asuntos y oficios públicos, entraña necesario menosprecio de la gloria, la cual consiste en la aprobación que da el mundo a los actos que ponemos en evidencia. Quien nos manda ocultarnos y sólo atender a nosotros mismos, sin que seamos conocidos de nadie, más nos mandará que no seamos honrados ni glorificados. La virtud es vana y frívola si se sigue con afán de gloria.

Cuanta gloria pretendo de mi vida es haberla vivido tranquila, y no tranquila según la opinión de Metrodoro, Aristipo o Arcesilao, sino según la mía. Puesto que la filosofía no ha sabido encontrar un camino bueno y común a la tranquilidad, que cada uno la busque a su modo.

¿Qué se gana con aconsejar que no se exponga el que no es visto, ni se arriesgue sin tener testigos de su valor? Porque siempre se presentan mil oportunidades de obrar bien sin ser notados.

"No en la gloria, sino en sus buenos hechos, sitúa un alma realmente grande el honor que es fin principal de nuestra naturaleza" (Cicerón, de Of.)

Quien tiene su muerte por mal empleada si no es en ocasión notoria, en vez de ilustrar su muerte, oscurece adrede su vida, dejando escapar varias justas ocasiones para arriesgarse. Toda ocasión justa es bastante insigne y nuestra conciencia nos lo dice a voces a cada uno. El que sólo es bravo para que se sepa y para que cuando ello se sepa se le estime más; quien sólo obra bien a condición de que su virtud llegue al conocimiento humano, no es persona de quien se pueda sacar mucho servicio. Se ha de ser valiente por uno mismo y por la ventaja de tener el valor alojado en asiento firme y seguro contra los embates de la fortuna.

Nuestra alma no debe actuar para exhibirse, sino para satisfacernos en nuestro interior, allí donde sólo nuestros propios ojos nos miran. Ella debe protegernos del temor de la muerte, de los dolores, y hasta de la vergüenza. Este provecho es más digno de ser deseado y esperado que el honor y la gloria, lo cual no es otra cosa que un juicio favorable que se hace de nosotros. Lo más difícil e importante de todo, que es el juicio de nuestros actos e inclinaciones, lo dejamos a la voz del común y la turba, madre siempre de ignorancia, inconsistencia e injusticia. ¿Es razonable hacer depender la vida de un sabio del juicio de los tontos?

¿Hay cosa más necia que estimar, reunidos, a los que despreciamos por separado? (Cicerón, Tusc. qaest.)

No nos propongamos fin tan fluctuante y movedizo, busquemos la razón, y síganos en eso la aprobación pública si quiere, porque, pues depende de la fortuna, tanta razón hay que esperemos esa aprobación por este sendero como por otro. Aunque no siga yo el camino recto porque sea tal, lo seguiré porque la experiencia me prueba que comúnmente es, a fin de cuentas, el más feliz y útil.

No me preocupa tanto saber lo que soy para los demás como saber lo que soy para mí mismo. Quiero ser rico por lo mío, y no de prestado. Los extraños sólo ven los hechos y apariencias externas, y todos podemos poner buena cara estando por dentro llenos de fiebre y espanto. No se nos ve el corazón; se nos ve el rostro. Los actos virtuosos son harto nobles por sí mismos para buscar otra cosa que su propio valor, y muy especialmente para buscar su pago en la vanidad de los humanos juicios.

Michel de Montaigne, Ensayos

lunes, 1 de marzo de 2010

El camino de la felicidad


Durante más de dos mil años, los más serios de los moralistas han tenido la costumbre de desacreditar la felicidad como algo degradante y sin valor. Los estoicos, durante siglos, atacaron a Epicuro, que predicaba la felicidad; decían que su filosofía era una filosofía de cerdos, y demostraban su virtud superior inventando mentiras escandalosas sobre él. Uno de ellos, Cleanto, quiso perseguir a Aristarco por defender el sistema astronómico de Copérnico; otro, Marco Aurelio, persiguió a los cristianos; uno de los más famosos, Séneca, apoyó las abominaciones de Nerón, amasó una inmensa fortuna y prestó dinero a Boadicea a un tanto por ciento tan exorbitante de interés que la obligó a lanzarse a la rebelión. Esto por lo que se refiere a la antigüedad. Saltándonos los dos mil años siguientes, llegamos a los profesores alemanes que inventaron las desastrosas teorías que han llevado a Alemania a la bancarrota y al resto del mundo a su peligroso estado actual; todos esos sabios despreciaron la felicidad, como hizo su imitador británico, Carlyle, que no se cansó nunca de decirnos que debemos renunciar a la felicidad en aras de la beatitud. Encontraba beatitud en casos bastante extraños: en las matanzas irlandesas de Cromwell, en la sed de sangre de Federico el Grande y en la brutalidad jamaicana del gobernador Eyre. De hecho, la hostilidad hacia la felicidad es, por lo general, hostilidad hacia la felicidad de los demás, y constituye un pretexto elegante para odiar a la raza humana. Incluso cuando un hombre sacrifica sinceramente su propia felicidad en aras de algo que considera más noble, propende a envidiar a los que gozan de un menor grado de nobleza , y esta envidia hace, con demasiada frecuencia, a los que se creen santos, crueles y destructores.

La gente que profesa teorías referentes a cómo se debería vivir tiende a olvidar las limitaciones de la naturaleza. Si su modo de vida implica una restricción constante del instinto, en aras de algún objetivo supremo que usted mismo se ha propuesto, es posible que el objetivo se vaya haciendo cada vez más fastidioso, debido a los esfuerzos que exige; el instinto, al que se le niegan sus satisfacciones normales, buscará otras, probablemente negativas; el placer, si usted no se permite ninguno en absoluto, se disociará de la corriente principal de su vida y se hará algo báquico y frívolo. Semejante placer no proporciona ninguna felicidad, sino sólo una desesperación más profunda.

Entre los moralistas, es un lugar común que no se puede alcanzar la felicidad si se la persigue. Eso es verdad únicamente cuando se la persigue injustamente. Los tahúres en Montecarlo persiguen el dinero y la mayoría de ellos lo que consiguen es perderlo; pero hay otros modos de buscar dinero que, a menudo, tienen éxito. Lo mismo sucede con la felicidad. Si se la persigue por medio de la bebida, es porque uno se olvida de los desagradables efectos de la postembriaguez. Epicuro la buscaba viviendo en medio de una sociedad simpática y comiendo únicamente pan seco, acompañado, los días de fiesta, con un poco de queso. En su caso, este método resultó bien; pero hay que tener en cuenta que era un valetudinario y que la mayoría de las personas necesitarían algo más sustancioso. Para la mayoría de la gente, la búsqueda de la felicidad, a no ser que se complemente de diversas maneras, es demasiado abstracta y teórica para ser adecuada como norma personal de vida. Pero creo que, cualquiera que sea la norma personal de vida que se pueda elegir, no debería ser incompatible, excepto en algún raro caso de heroísmo, con la felicidad.

Hay muchísimas personas en las que se dan las condiciones materiales para la felicidad, como, por ejemplo, salud y medios económicos suficientes, y que, sin embargo, son profundamente desgraciados. Esto es especialmente cierto en América. En casos semejantes, parece que la responsabilidad debería recaer en alguna teoría incorrecta acerca de cómo vivir. En cierto sentido, podemos decir que cualquier teoría que se refiera a cómo se debe vivir es equivocada. Nos imaginamos más alejados de los animales de lo que lo estamos en realidad. Los animales viven de acuerdo con sus instintos y son felices, en la medida que las condiciones externas son favorables. Las necesidades están basadas en el instinto. En las sociedades civilizadas, especialmente en las sociedades de habla inglesa, esto se olvida con facilidad. La gente se propone algún objetivo supremo, y reprime todos los instintos que no se encaminen a él. Un hombre de negocios puede estar tan ávido por llegar a ser rico, que sacrifique a este fin su salud y sus afectos personales. Cuando por fin llega a ser rico, el único placer de que puede gozar es el de incitar a otras personas para que imiten su noble ejemplo. Muchas señoras ricas, aunque no hayan sido dotadas por la naturaleza con la facultad de gozar espontáneamente de la literatura o el arte, deciden ser tenidas por cultas y malgastan horas, mortalmente aburridas, para aprender lo que hay que decir acerca de los últimos libros de moda. No se les ocurre pensar que los libros se escriben para proporcionar placer, y no para ofrecer oportunidades a un esnobismo fastidioso.

Si usted observa a los hombres y a las mujeres que, en torno suyo, merecen el nombre de felices, comprobará que todos ellos presentan ciertas características comunes. La más importante de ellas es una actividad que, la mayoría de las veces, proporciona un placer por sí misma y que, además, va creando gradualmente algo cuyo nacimiento y desarrollo resulta agradable de ver. Las mujeres que experimentan un placer instintivo con sus niños (placer que no experimentan muchas mujeres, especialmente las educadas intelectualmente) pueden obtener este tipo de satisfacción formando una familia. Los artistas, escritores y hombres de ciencia consiguen ser felices de esta forma, si están satisfechos de su obra respectiva. Pero, además de éstas, existen muchas otras variantes, más humildes, de esta clase de placer. Muchos hombres que pasan su vida laboriosa en la City, consagran sus fines de semana a un trabajo abrumador, voluntario y no remunerado en sus jardines y, a la llegada de la primavera, experimentan todas las alegrías de los creadores de la belleza.

Es imposible ser feliz sin tener ninguna actividad; pero, asimismo, es imposible ser feliz si la actividad es excesiva o repelente. La actividad resulta agradable cuando está encaminada, con toda evidencia, al fin que se desea y no es contraria, en sí, al instinto. Un perro perseguirá a los conejos al extremo del agotamiento, y será feliz durante todo el tiempo; pero, si se le pone en un molino sin fin y, después de media hora, se le da una buena comida, no será feliz hasta que consiga la comida, pues, hasta tanto, no habrá estado dedicado a una actividad natural. Uno de los defectos den nuestro tiempo es que, en la compleja sociedad moderna, pocas de las actividades que es necesario hacer poseen la naturalidad de la caza. Como consecuencia, la mayoría de las personas, en las comunidades técnicamente avanzadas, tienen que buscar su felicidad al margen del trabajo con el que se ganan la vida. Y, si su trabajo es agotador, sus placeres tenderán a ser pasivos. Contemplar un partido de fútbol o ir al cine produce después poca satisfacción y no fomenta, de ninguna manera, los instintos creadores. La satisfacción de los jugadores, que son activos, es de una especie completamente diferente.

El deseo de ser respetado por sus vecinos y el temor a su repulsa lleva a los hombres y a las mujeres a estilos de conducta que no están dictados por impulsos espontáneos. La persona que es siempre "correcta" es siempre aburrida o casi siempre. Destroza el corazón ver cómo las madres enseñan a sus hijos a refrenan su alegría de vivir y a convertirse en títeres formalitos, por temor a que se piense que pertenecen a una clase social inferior a la que sus padres aspiran.

La persecución del éxito social, en forma de prestigio o de poder o de ambos, es el obstáculo más importante para la felicidad en una sociedad de competencia. No niego que el éxito constituya un ingrediente de la felicidad -para algunos, un ingrediente de gran importancia. Pero, por sí solo, no es suficiente para satisfacer a la mayoría de la gente. Se puede ser rico y admirado; pero, si no se tienen amigos, ni intereses, ni placeres superfluos espontáneos, se es un miserable. Vivir para el éxito social es una de las formas de vivir para una teoría, y vivir para una teoría es algo fastidiosos y deprimente.

El tema global de la felicidad ha sido tratado, en mi opinión, con demasiada solemnidad. Se ha creído que los hombres no pueden ser felices sin una teoría de la vida o de la religión. Es posible que los que han llegado a ser desgraciados por culpa de una mala teoría necesiten una mejor, que les ayude a reponerse, lo mismo que se necesita un tónico cuando se está enfermo. Pero, en circunstancias normales, un hombre puede estar sano, sin necesidad de tónicos, y ser feliz, sin necesidad de teorías. Lo realmente importante son las cosas sencillas. Si un hombre es feliz con su mujer y sus hijos, tiene éxito en el trabajo y encuentra un placer en el cambio del día a la noche, de la primavera al otoño, será feliz, sea cual fuere su filosofía. Si, por el contrario, considera a su mujer como odiosa, insoportable el ruido que hacen sus hijos y su trabajo como una pesadilla; si, durante el día, anhela la noche, y por la noche suspira por la luz del día; entonces lo que necesita no es una nueva filosofía, sino un nuevo régimen, una dieta diferente o más ejercicio o lo que le sea preciso. El hombre es un animal y su felicidad depende de su fisiología más de lo que le gusta creer. La conclusión es humilde, pero no tengo más remedio que creer en ella. Muchos hombres de negocios desgraciados incrementarían más su felicidad, estoy convencido de ello, caminando seis millas todos los días, que por medio del cambio de filosofía más radical que se pueda concebir. De paso, digamos que esta era la opinión de Jefferson que, a ese respecto, lamentaba la existencia de los caballos. Si hubiera podido prever el automóvil, se hubiera quedado sin habla.

Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos