martes, 23 de febrero de 2010

Bienhechores y favorecidos


Aparentemente, los benefactores aman más a quienes favorecen con sus obras de lo que estos últimos aman a los que los han favorecido. Este hecho resulta algo paradójico. La mayor parte supone que su razón reside en que unos son deudores y los otros acreedores. Del mismo modo que cuando nos referimos a los préstamos, los deudores aspiran a que sus acreedores desaparezcan de la tierra, mientras que los acreedores cuidan por la salvaguardia de los deudores; también, quienes han hecho favores a otros desean que éstos vivan para recibir de ellos las recompensas; mientras quienes las han recibido no tienen mucho cuidado en corresponderlos. Epicarmo diría que quienes así opinan lo hacen sólo considerando lo malo, pero ese comportamiento parece estar conforme con la condición humana, puesto que la mayoría de los hombres son olvidadizos y más desean recibir buenas obras que hacerlas.

Asimismo, puede pensarse que la causa de esto reside en la naturaleza misma de las cosas y que no existe relación alguna con aquellos que prestan dinero. En éstos no hay afecciones, sino que pretenden la salvación de los otros con miras a cobrar la deuda; mientras que los benefactores quieren bien y aman a los que las recibieron, aunque de parte de ellos no reciban ningún provecho en el presente ni tampoco en tiempos venideros. Esto mismo parece ocurrir con los artistas; en efecto, todos aman su propia obra más de lo que ésta los amaría, si ella fuera algo animado. Y esto sucede de una manera más señalada en los poetas, que aman de un modo extraordinario sus composiciones con la misma afición que los padres aman a sus hijos. Tal parece ocurrir con los benefactores, porque el que recibe los favores es como si fuera una obra de ellos y así, el benefactor ama más a su obra que la obra a su hacedor. La causa de esto reside en que la existencia constituye el objeto de elección y de amor, porque ella consiste en el ejercicio de obrar; el vivir y el obrar es lo que preserva nuestra existencia (por ejemplo, el hecho de vivir y actuar). Y la obra, en cierta medida es el creador en acto y, por esto mismo, el creador ama su obra porque ama también la existencia.

Además de esto, para el benefactor, es noble todo lo que tiene que ver con su obra, de modo que se complace en las personas que resultar ser el objeto de su acción; mientras que para el favorecido, nada hay de noble en estas acciones, excepto la utilidad que le reporta y lo útil resulta ser siempre menos amable y placentero. La obra del que practica la actividad es algo permanente (ya que lo noble es lo duradero) mientras que la utilidad del que la recibe se desvanece con rapidez. Si la evocación de lo que es noble es grata, el recuerdo de lo útil no lo es; y si acaso suele serlo, no lo es en gran medida; lo contrario ocurre, en cambio, con la esperanza.

Asimismo, querer se aproxima en mucho a una actividad, mientras que ser querido se asemeja más a una pasividad; precisamente, en los hombres activos es donde más se manifiesta la amistad y las cosas referidas al amor. Por otro lado, la mayoría de los hombres muestran más aprecio hacia las cosas que han costado mucho trabajo obtener; del mismo modo que se aprecia más el dinero que se ha ganado que el que se hereda; porque recibir obras de otros no cuesta trabajo ni es penoso; mientras que hacerlas cuesta mucho.

Aristóteles, Ética a Nicómaco

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