jueves, 18 de febrero de 2010

El imperio de la belleza es mayor

De la misma forma que nos paseamos por la naturaleza con curiosidad y satisfacción, tratando de sorprender en cada cosa su belleza particular, como en flagrante delito; de la misma forma que, unas veces con sol y otras veces bajo un cielo de tormenta, nos esforzamos en ver un lugar concreto de la costa, con sus rocas, sus ensenadas, sus pinos y olivares, con su aspecto de perfección y de maestría; así también, digo, deberíamos pasearnos entre los hombres, explorando e interrogando, haciéndoles bien y mal para que se manifieste la belleza que les caracteriza, belleza que en uno está llena de sol, en otro es tormentosa y en un tercero se muestra a media luz y bajo un cielo lluvioso. ¿Es que no se puede gozar ante un hombre malo, como se goza ante un paisaje salvaje que tiene sus propias líneas atrevidas y sus efectos de luz, cuando ese mismo hombre, en cuanto se le toma por bueno y conforme a la ley, aparece a nuestra vista como un dibujo equivocado, como una caricatura, y nos hace sufrir como una mancha de la naturaleza? Bien es cierto que esto está prohibido, pues hasta hoy se ha pensado que lo único lícito es buscar la belleza en lo moralmente bueno, lo que explica suficientemente que se han descubierto tan pocas cosas y que haya habido que perseguir bellezas imaginarias, que no eran de carne y hueso. Del mismo modo que en los malos se dan cien tipos de felicidad, que los buenos no pueden sospechar, hay en ellos cien clases de belleza, muchas de las cuales todavía están por descubrir.

Friedrich Nietzsche, Aurora

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