
Me parece que existen varios factores que constituyen la sabiduría. Entre todos ellos, elegiría, en primer lugar, cierto sentido de la proporción: la capacidad de tener en cuenta todos los factores importantes de un problema y de asignar a cada uno la importancia que merece. La búsqueda de conocimiento puede llegar a ser dañina, si no está entremezclada con la sabiduría; y la sabiduría, en el sentido de visión comprensiva, no se encuentra necesariamente en los especialistas.
Ha de existir también cierta conciencia de los fines de la vida humana. Quizás se pudiese ampliar la comprensividad que constituye la sabiduría, para incluir en ella, no sólo al intelecto, sino también al sentimiento. No es raro, de ninguna manera, encontrar hombres cuyos conocimientos son amplios, pero cuyos sentimientos son mezquinos. Semejantes hombres no poseen lo que yo llamo sabiduría.
La sabiduría es necesaria, no sólo en la vida pública, sino también, igualmente, en la vida privada. Es necesaria para elegir los objetivos que se han de seguir y para desembarazarnos de los prejuicios personales. Incluso un objetivo, que sería noble procurar si fuera realizable, puede ser perseguido sin ninguna sabiduría si, en sí, es imposible de conseguir.
Creo que la esencia de la sabiduría consiste en emanciparse, en la medida de lo posible, de la tiranía del aquí y del ahora. No podemos evitar el egoísmo de nuestros sentidos. El ver, el oír y el tocar están ligados a nuestros propios cuerpos y no pueden ser impersonales. Nuestras emociones, asimismo, arrancan de nosotros mismos. Un niño siente hambre, e incomodidad, y no le afecta nada aparte de sus propias condiciones físicas. Gradualmente, con los años, su horizonte se amplía y, en la medida en que sus pensamientos y sus sentimientos van haciéndose menos personales y menos relacionados con su inmediato estado físico, van consiguiendo adquirir sabiduría. Naturalmente, esto es una cuestión de aproximación. Nadie es capaz de concebir el mundo con plena imparcialidad. Pero es posible llegar a aproximarse, continuamente, a la imparcialidad: conociendo, por un lado, cosas algo alejadas en el tiempo o en el espacio, y concediendo, por otro, a tales cosas su debida importancia en nuestros sentimientos. Es esta aproximación hacia la imparcialidad lo que constituye el desarrollo de la sabiduría.
¿Puede ser enseñada la sabiduría, en este sentido? Y, si puede ser enseñada, ¿debería convertirse su enseñanza en uno de los objetivos de la educación? Yo contestaría a ambas preguntas afirmativamente. Los domingos, se nos dice que debemos amar al prójimo como a nosotros mismos. Los otros seis días de la semana, se nos exhorta a odiarle. Se puede creer que es justo odiar a los que hacen daño. Yo no lo creo así. El odio al mal es, en sí mismo, una especie de sometimiento al mal. La solución estriba en la comprensión, no en el odio. No estoy proponiendo la pasividad. Pero sí digo que la resistencia, si ha de ser eficaz para impedir la extensión del mal, debería estar compuesta por la mayor dosis posible de comprensión y por la menor dosis posible de fuerza, que sea compatible con la conservación de todo lo bueno que deseamos conservar.
Por lo general, se coacciona con el razonamiento de que el punto de vista que yo defiendo es incompatible con la energía que requiere la acción. No creo que la historia dé la razón a esas opiniones. La reina Isabel I de Inglaterra y Enrique IV de Francia vivieron en un mundo en el que casi todos fueron fanáticos, tanto en el bando protestante como en el católico. Ambos se mantuvieron libres de los errores de su época y ambos, por esa razón, se beneficiaron y no cayeron, ciertamente, en la ineficacia.
He dicho que, en parte, puede enseñarse la sabiduría. Me parece que esta enseñanza debería tener elementos intelectuales más amplios que la educación moral, o lo que se nos enseña como tal, a que estamos acostumbrados. No creo que el conocimiento técnico y la moral deban estar demasiado distantes. Es cierto que el tipo de conocimiento especializado que exigen las diversas técnicas, tiene muy poco que ver con la sabiduría. Pero éste debería ser completado, en la educación, con estudios más amplios, encaminados a situar ese conocimiento especializado en su lugar, dentro de la totalidad de las actividades humanas. Incluso los mejores técnicos deberían ser buenos ciudadanos; y, al decir "ciudadanos", me refiero a ciudadanos del mundo y no ciudadanos de esta o aquella secta o nación. A cada incremento de conocimiento y técnica, se hace más necesaria la sabiduría; pues cada uno de nuestros incrementos aumentan nuestra capacidad para llevar a cabo nuestros propósitos, y, por consiguiente, aumentan también nuestra capacidad para el mal, en el caso de que nuestros propósitos sean insensatos.
Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

1 comentario:
¡Realmente muy buen fragmento!
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