Entro, en mi tema central, que tratará de lo que puede hacer la historia, y de lo que debe hacer, por el lector corriente. No me refiero a lo que pueda hacer la historia por los historiadores; me refiero a la historia considerada como una parte esencial del bagaje intelectual de un espíritu culto. No creemos que la poesía deba ser leída sólo por los poetas o que la música deba ser oída sólo por los compositores. Del mismo modo, la historia no debe ser conocida sólo por los historiadores. Pero se comprende que este tipo de historia, que debe contribuir a nutrir la vida mental de los que no son historiadores, tenga que poseer determinadas cualidades, que no son necesarias en obras de carácter más profesional y, contrariamente, que no necesitar reunir algunos de los requisitos que se exigirían a una monografía erudita. Lo que intentaré explicar -a pesar de que me doy cuenta de su gran dificultad- es lo que creo que, personalmente, he extraído de la lectura de la historia. En primer lugar, y lo que es más importante, algo así como una nueva dimensión para la vida individual, el sentido de ser una gota de agua en el seno de un gran río, en lugar de ser una entidad aislada y rigurosamente delimitada. El hombre cuyas preocupaciones estén limitadas por el corto instante que va desde su nacimiento a su muerte, sufre una visión miope y una estrechez de miras, que no tienen más remedio que rebajar la altura de sus esperanzas y sus deseos. Y, lo que sirve para los individuos, sirve también para la comunidad.
La historia nos hace conscientes de que no existe ninguna finalidad en los asuntos humanos; de que no hay una perfección estática ni una sabiduría inmejorable a la que se pueda aspirar. Por grande que sea la sabiduría que se pueda alcanzar, sólo será un grano de arena en comparación con lo que queda por alcanzar. Por muy queridas que nos sean las creencias que tenemos, incluso las que más importantes nos parezcan, no están destinadas a durara eternamente, y si nos imaginamos que esas creencias encarnan verdades eternas, es muy posible que el futuro se burle de nosotros. La certeza a machacamartillo es uno de los peores males de nuestro mundo actual y es algo de lo que debería curarnos la contemplación de la historia, no sólo, o principalmente, porque nos enseñe que también hubo hombres cuerdos en el pasado, sino porque nos enseña cuanto de lo que se creía cuerdo ha resultado locura; lo que sugiere que mucho de lo que consideramos cuerdo ahora no tendrá mejor destino.
No intento mantener que deberíamos abandonarnos a un escepticismo perezoso. Debemos sustentar nuestras creencias, y sustentarlas con vigor. No se consigue nada grande sin pasión; pero, en la médula de esa pasión, debería haber siempre una amplia concepción impersonal, que atempere los actos que nuestra pasión nos inspire.
La historia nos hace conscientes de que no existe ninguna finalidad en los asuntos humanos; de que no hay una perfección estática ni una sabiduría inmejorable a la que se pueda aspirar. Por grande que sea la sabiduría que se pueda alcanzar, sólo será un grano de arena en comparación con lo que queda por alcanzar. Por muy queridas que nos sean las creencias que tenemos, incluso las que más importantes nos parezcan, no están destinadas a durara eternamente, y si nos imaginamos que esas creencias encarnan verdades eternas, es muy posible que el futuro se burle de nosotros. La certeza a machacamartillo es uno de los peores males de nuestro mundo actual y es algo de lo que debería curarnos la contemplación de la historia, no sólo, o principalmente, porque nos enseñe que también hubo hombres cuerdos en el pasado, sino porque nos enseña cuanto de lo que se creía cuerdo ha resultado locura; lo que sugiere que mucho de lo que consideramos cuerdo ahora no tendrá mejor destino.
No intento mantener que deberíamos abandonarnos a un escepticismo perezoso. Debemos sustentar nuestras creencias, y sustentarlas con vigor. No se consigue nada grande sin pasión; pero, en la médula de esa pasión, debería haber siempre una amplia concepción impersonal, que atempere los actos que nuestra pasión nos inspire.
Bertrand Russel, Retratos de memoria y otros ensayos

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