Creo que vale más decir que todo el mal viene de la mala manera de estudiar las ciencias, y que, dado el modo que se tiene de instruirnos, no es de maravillar que ni alumnos ni maestros se hagan diestros, aunque se hagan doctos. El cuidado y gasto de nuestros padres no tiende más que a llenarnos la cabeza de ciencia, pero poco de cordura y virtud. Si pasando dos hombres ante nosotros decimos de uno "Es un sabio", y de otro "Es un hombre bueno", todos los respetos y miradas irán al primero. Nos apresuramos a preguntar si éste o aquel saben griego o latín, y si escribe en verso o en prosa; pero de si es hombre de buen o mal juicio, que es lo principal, solemos olvidarnos de interrogarlo. Sólo nos esforzamos en llenar la memoria, dejando vacíos el entendimiento y la conciencia.
Dionisio se burlaba de los gramáticos que, absortos en saber los males de Ulises, ignoran los propios; de los músicos que atemperan sus flautas y no sus costumbres; de los oradores que procuran decir cosas justas y no hacerlas. Si nuestra alma no tiene temple mejor, si nuestro juicio no es más sano, preferible hubiera sido que nuestro preceptor pasara el tiempo jugando con nosotros a la pelota, con lo que nuestro cuerpo, al menos, hubiera ganado agilidad.

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