lunes, 22 de febrero de 2010

Sobre la libertad (II)


Cuando ha pasado una creencia al estado de hereditaria y se la recibe pasiva y no activamente, cuando ya no se encuentra obligado el espíritu, con igual fuerza que al principio, a concentrar todas sus facultades en las cuestiones que ella le sugiere, se tiene una tendencia creciente a no retener más que las fórmulas de la creencia o a concederle un asentimiento inerte e indiferente, como si el mero hecho de aceptarla como materia de fe dispensara de albergarla en la conciencia o de comprobarla mediante la experiencia personal, llegando por fin un momento en que casi desaparece toda relación entre la creencia y la vida interior del ser humano. Se ve, entonces, lo que es casi general hoy día, que la creencia religiosa queda constreñida al exterior del espíritu, enquistada, petrificada contra todas las influencias que se dirigen a las partes más elevadas de nuestra naturaleza, y manifiesta su poder impidiendo que toda nueva y viva convicción penetre en ella, sin hacer por la mente y el corazón otra cosa que montar la guardia a fin de mantenerlos vacíos.

Cuando se observa como profesa el cristianismo la mayoría de sus fieles, se llega a pensar que doctrinas capaces de producir la más profunda impresión en el alma pueden permanecer como creencias muertas, sin que jamás las comprendan la imaginación, los sentimientos o el entendimiento. Entiendo aquí por cristianismo lo que consideran como tal todas las iglesias y todas las sectas; las máximas y los preceptos contenidos en el Nuevo Testamento. Todos los cristianos profesos las consideran como sagradas y las aceptan como leyes. Sin embargo, es la pura verdad, no hay quizá un cristiano entre mil que dirija o que juzgue su conducta individual según estas leyes. La norma a que cada uno de ellos se atiene es la costumbre de su nación, de su clase o de su secta religiosa. Así, de un lado, hay una colección de máximas morales que la sabiduría divina, según él, ha querido transmitirle como regla de conducta; y de otro, un conjunto de juicios y de prácticas rutinarios que se compaginan bastante bien con algunas de esas máximas, menos bien con algunas otras, que se oponen directamente a otras, y que en suma constituyen un compromiso entre las creencias cristianas y los intereses y las incitaciones de la vida mundana. A las primeras debe el cristiano su culto; a los segundos, su obediencia verdadera.

En el sentido de la fe viva que determina la conducta a seguir, sólo creen en tales doctrinas hasta el punto que se acostumbra a obrar de acuerdo con ellas. Las doctrinas, en su integridad, sirven para acallar a los adversarios, y se comprende que sean propuestas (en tanto que sea posible) como los verdaderos motivos de todo aquello que hacen los hombres dignos de alabanza. Pero si alguien les recordase que tales máximas requieren una multitud de cosas que jamás piensan ejecutar, ese alguien no ganaría con ello más que el ser clasificado entre esa clase impopular de gentes que afectan ser mejores que los demás. No tienen las doctrinas nada que hacer con los creyentes ordinarios, ni poseen ningún poder sobre sus mentes. Tienen ellos un respeto habitual para el sonido de las palabras que las enuncian, pero carecen del sentimiento que penetra en el fondo de las cosas y que fuerza al espíritu a tomarlas en consideración; y obran conforme a fórmulas. Siempre que de conducta se trata, los hombres dirigen la mirada en derrededor suyo para saber hasta qué punto deben obedecer a Cristo. Un autor contemporáneo ha descrito muy bien el profundo sueño de la opinión establecida.
John Stuart Mill, Sobre la libertad

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