Todo el conjunto que forman las palabras de las controversias políticas, a pesar de que cada uno posee un significado definitivo en el diccionario tienen, en el uso, significados que varían según la filiación política del que las emplea y que sólo coinciden en su capacidad para producir violentas emociones. La palabra "libertad" significó, en su origen, principalmente, la ausencia de dominación extranjera; más adelante, vino a querer decir las restricciones al poder real; después, en la época de los "derechos del hombre", equivalió a diferentes consideraciones en las que se creía que todo individuo debería quedar libre de la intervención gubernamental; y, por último, en las manos de Hegel, llegó a ser la "libertad verdadera" que se reducía a poco más que el gracioso permiso de obedecer a la policía. En nuestra época, la palabra "democracia" está experimentando una transformación similar: se utilizó para designar al gobierno que representaba a la mayoría, junto con alguna libertad personal escasa e indefinida; más adelante, llegó a significar las aspiraciones del partido político que representaba a los intereses de los pobres, en razón de que los pobres son, en todas partes, la mayoría. En la etapa siguiente, representó las aspiraciones de los dirigentes de ese partido. Los hombres que se han acostumbrado a oír una palabra determinada, con cierta emoción, durante mucho tiempo, propenden a sentir la misma emoción cuando oyen esa misma palabra, aunque su significado haya cambiado. Una parte de la educación debería estar dedicada, como se hace en la ciencia y en la filosofía científica, a enseñar a los jóvenes el empleo de las palabras, en su significado preciso, y no rodeadas de una vaga neblina emocional.
La experiencia en la práctica de despojar a las palabras de contenido emocional, sustituyéndolo por un significado lógico claro, mantendrá al hombre en una posición firme, cuando desee conservar la cabeza en medio de la inundación de la propaganda excitada. En 1917, Wilson proclamó el gran principio de la autodeterminación, según el cual toda nación tenía derecho a regir sus propios destinos; pero, desgraciadamente, se olvidó de añadir a ese principio la definición de la palabra "nación". ¿Era Irlanda una nación? Claro que sí. ¿Era Ulster una nación? Los protestantes decían que sí y los católicos que no, y el diccionario no decía nada. Hasta hoy la cuestión sigue estando indecisa y las controversias con referencia a ella están sujetas a la influencia de la política de los Estados Unidos en la Gran Bretaña. En Petrogrado cierta casa aislada se proclamó nación, luchando justamente por su libertad y pidiendo al presidente Wilson la concesión de un parlamento independiente. En este caso, sin embargo, se consideró que se iba demasiado lejos. Si el presidente Wilson hubiese tenido una preparación en lógica exacta, habría añadido una nota a pie de página, advirtiendo que una nación debería contener un mínimo determinado de individuos para ser considerada como tal. Pero esto habría introducido arbitrariedad en su principio y le habría despojado de su fuerza retórica.
La experiencia en la práctica de despojar a las palabras de contenido emocional, sustituyéndolo por un significado lógico claro, mantendrá al hombre en una posición firme, cuando desee conservar la cabeza en medio de la inundación de la propaganda excitada. En 1917, Wilson proclamó el gran principio de la autodeterminación, según el cual toda nación tenía derecho a regir sus propios destinos; pero, desgraciadamente, se olvidó de añadir a ese principio la definición de la palabra "nación". ¿Era Irlanda una nación? Claro que sí. ¿Era Ulster una nación? Los protestantes decían que sí y los católicos que no, y el diccionario no decía nada. Hasta hoy la cuestión sigue estando indecisa y las controversias con referencia a ella están sujetas a la influencia de la política de los Estados Unidos en la Gran Bretaña. En Petrogrado cierta casa aislada se proclamó nación, luchando justamente por su libertad y pidiendo al presidente Wilson la concesión de un parlamento independiente. En este caso, sin embargo, se consideró que se iba demasiado lejos. Si el presidente Wilson hubiese tenido una preparación en lógica exacta, habría añadido una nota a pie de página, advirtiendo que una nación debería contener un mínimo determinado de individuos para ser considerada como tal. Pero esto habría introducido arbitrariedad en su principio y le habría despojado de su fuerza retórica.
Bertrand Russell, Retratos de memoria y otros ensayos

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