martes, 16 de febrero de 2010

De la amistad

En la amistad perfecta de la que hablo, los beneficios y ayudas que nutren las otras amistades no entran en cuenta, merced a la plena fusión de las voluntades. Porque así como la amistad que a mí mismo me tengo no aumenta con el socorro que me doy en caso necesario, según dicen los estoicos, y así como no reparo en ningún grado de servicio que me hago, así la unión de dos amigos como los que digo es verdaderamente perfecta, haciéndoles perder el sentimiento de los aludidos deberes, y odiar y rechazar entre ellos las palabras de división y diferencia, como beneficio, obligación, reconocimiento, ruego, gracia, y otras análogas.

Si, en la amistad de que hablo, uno pudiese dar algo al otro, aquél sería quien recibiera el beneficio que obligase a su compañero, porque buscando los dos, más que ninguna otra cosa, al beneficiarse mutuamente, el que presta de ello materia y ocasión es el que obra como liberal, ofreciendo al amigo la satisfacción de efectuar lo que más desee. Cuando el filósofo Diógenes estaba necesitado de dinero, afirmaba, no que lo pedía, sino que lo exigía a sus amigos. Y para mostrar ejemplo de esto citaré otro caso antiguo. El corintio Eudamidas tenía dos amigos: Carixeno y Areteo. Murió Eudamidas pobre, mientras sus amigos eran ricos, e hizo así su testamento: "Lego a Areteo el mantener a mi madre y cuidarla en su vejez; y a Carixeno, el casar a mi hija y darle la mayor dote que pueda. Y en caso de que uno de ellos faltase, lego estas dos obligaciones al que quede". Los que primero vieron el testamento se burlaron; pero, sabiendo los herederos aquella última voluntad, se regocijaron de ella, y habiendo Carixeno muerto cinco días después, sustituyóle, según el testamento, Areteo, quien mantuvo con mucha solicitud a la anciana que le encomendaban y distribuyó por igual su fortuna.

Michel de Montaigne, Ensayos

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